Ahora sí que ha llegado el Otoño.
Tengo, para saberlo, la mejor vara de medir: Mi cuerpo.
Es como si súbitamente se produjera una transformación o mertamorfosis.
Cuando el día anterior experimentaba un despertar cómodo y relajado, al día siguiente, solo en abrir los ojos y mover el cuerpo, la experiencia es dolorosa. Y uno sabe, que eso ha llegado para quedarse. Precisa de paciencia, cuidado, levantarse lentamente, hacer ciertos movimientos y estiramientos sin forzar y ¡hala! Ya puedes ir al baño.
Durante el día mi neuropatía diabética que me afecta básicamente al cuádriceps de la pierna derecha, de golpe se acrecienta y extiende a toda la pierna. Entonces, llega el momento de practicar (por coj***s) el andar consciente que consiste en dar el paso taloneando muy bien y empujando con los dedos del pie para realizar el movimiento hacia delante. Eso obliga a andar un poco más lento de lo normal y si no se hace, debido a la dolencia descrita, sufre la rodilla.
Sentarse es posible, siempre y cuando no permanezcas en la silla (el peor invento de la humanidad*) mucho rato. De obligado cumplimiento, levantarse y hacer unos estiramientos y torsiones, si no quieres que las lumbares empiecen a cantarte la Traviata de Verdi.
Las articulaciones de las manos, de golpe, se empeñan en querer ser protagonistas y su movilidad tiene ruido de fondo en forma de incomodidad y torpeza. Alguien está sacudiendo el teclado mientras escribo.
Un guisante en la garganta, no se mueve por mucho que uno se esfuerce en toser. ¿Preludio de una bronquitis? —¡Chi lo sa!
Un guisante en la garganta, no se mueve por mucho que uno se esfuerce en toser. ¿Preludio de una bronquitis? —¡Chi lo sa!
No necesito mirar por la ventana y ver el cambio de coloración de los árboles. Eso si; los mosquitos se han ido sin decir adiós.
*A ver si me acuerdo de hablar de ello. (en el WordPress seguramente)

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