15/10/2026
27/09/2026
La ensalada de hoy
Esto no puede ser más fácil: en un bol mezcla el zumo de una lima con tres o cuatro cucharadas de aceite de oliva suave, sal y pimienta negra; añade maíz de lata, alubias rojas cocidas, unas cebollitas encurtidas cortadas por la mitad y una cantidad generosa de cilantro fresco apenas picado; si quieres que pique, ponle también unas rodajas de jalapeño en conserva. Mezcla bien y sírvelo con dados de pan tostado frito. A esta ensalada también puedes sumarle un aguacate o un tomate cortado en daditos, y puedes reemplazar las cebollitas por cebolla morada picada.
22/09/2026
Ensalada de tomate, espárragos blancos, caballa y pesto
Y ahí tienes un plato ligero, que según la cantidad, bien te puede servir tanto de desayuno como de cena. Y sin encender el fuego para nada.
Esta fue la cena de ayer de Noxeus y un servidor de vosté.
18/05/2026
Sobre medir el sufrimiento
¿Se puede medir el sufrimiento humano? Una pregunta incómoda para la medicina
En la práctica clínica contemporánea pocos conceptos resultan tan decisivos y, a la vez, tan elusivos como el de sufrimiento. A pesar de su centralidad en la medicina, particularmente en los ámbitos de la enfermedad grave, la cronicidad y el final de la vida, la literatura muestra una notable pobreza en su clasificación. Esta carencia no es meramente académica: tiene consecuencias directas en la toma de decisiones clínicas, éticas y jurídicas.
En España, la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia introduce un elemento de singular relevancia. En los dos supuestos habilitantes para solicitarla, figura como criterio la existencia de un “sufrimiento intolerable”. Esta formulación, aparentemente clara, encierra dificultades de primer orden: ¿cómo se mide el sufrimiento? ¿Qué tipo de sufrimiento se está considerando? ¿Bajo qué criterios puede calificarse como intolerable o irreversible?
El primer problema es conceptual. Como ya señalara el médico estadounidense Eric J. Cassell, el padecimiento no se identifica exclusivamente con el dolor físico ni se limita a él, sino que constituye una amenaza percibida para la integridad de la persona en su conjunto. De ahí se deriva una afirmación capital: no sufren los cuerpos, sino las personas. Esa idea obliga a renunciar a cualquier intento de reducir el sufrimiento a parámetros exclusivamente biológicos y a reconocer su carácter radicalmente impersonal.
Sin embargo, esta ampliación conceptual introduce una segunda dificultad: es una experiencia subjetiva. A diferencia de otros parámetros clínicos (un dato analítico o una prueba de imagen), no se puede cuantificar directamente. Solo puede ser referido por quien lo experimenta. Y lo que constituye una fuente de sufrimiento para una persona puede no serlo para otra. Esta subjetividad hace que su valoración clínica sea indirecta y mediada por la interpretación.
Las tres dimensiones del sufrimiento
Ante esta complejidad, resulta imprescindible avanzar hacia una clasificación, aunque sea de carácter operativo. Desde una perspectiva médica integradora cabe distinguir, al menos, tres dimensiones relevantes del sufrimiento:
- Orgánico. Este es derivado de alteraciones físicas y medibles: dolor, falta de aire, fatiga crónica, etc. Posee una base biológica identificable y, en principio, susceptible de intervención terapéutica. Sin embargo, la relación entre lesión y sufrimiento es compleja: el dolor no siempre genera un sufrimiento proporcional, y no todo sufrimiento se debe a un daño orgánico.
- Emocional o psicológico. Vinculado a estados afectivos como la ansiedad, la depresión, el miedo y la culpa. Este tipo de padecimiento puede coexistir con una enfermedad orgánica o presentarse de forma relativamente autónoma. Su relevancia es indiscutible en contextos como el diagnóstico de enfermedad grave y la pérdida de autonomía.
- Existencial o espiritual. Este es, probablemente, el más difícil de estudiar. Se refiere a la percepción de pérdida de sentido, de identidad o de dignidad. Aparece de forma paradigmática en situaciones de enfermedad avanzada, dependencia o vulnerabilidad extrema. Nos recuerda que el ser humano es, en esencia, un Homo patiens.
A estas dimensiones cabe añadir otras complementarias. Por ejemplo, el sufrimiento social, derivado del aislamiento o la pérdida de rol. O el moral, asociado a conflictos de valores. En conjunto, estas formas configuran una experiencia multidimensional que no puede fragmentarse sin empobrecer su comprensión.
El sufrimiento invisible
Conviene subrayar, además, que el sufrimiento no se limita a los escenarios clínicos clásicos. Está presente en múltiples situaciones humanas, muchas de ellas invisibles o insuficientemente reconocidas.
Un ejemplo relevante es el suicidio. En España, según datos oficiales, en 2024 se registraron 3 953 defunciones por esa causa. La cifra, por sí sola, revela que el sufrimiento, especialmente el de naturaleza psíquica, constituye un fenómeno mucho más amplio, profundo y extendido de lo que a menudo se reconoce en el debate público.
El padecimiento que conduce al suicidio no siempre es visible ni fácilmente objetivable, pero su realidad es incuestionable.
¿Tratable o irreversible?
Otro problema es la dificultad para diferenciar entre el sufrimiento tratable y el considerado irreversible.
Desde un punto de vista clínico, la irreversibilidad suele asociarse con la evolución de una enfermedad o con la ausencia de alternativas terapéuticas eficaces. Sin embargo, cuando el sufrimiento es de naturaleza psicológica o existencial, esta categoría se vuelve extraordinariamente incierta. La historia clínica muestra que las experiencias de sufrimiento intenso pueden modificarse con el tiempo, mediante intervención terapéutica, acompañamiento o cambios vitales.
Finalmente, merece atención específica el sufrimiento asociado a la enfermedad mental. Se trata de una modalidad singular, caracterizado por su intensidad y, en ocasiones, por su dificultad para ser comunicado. Con frecuencia, además, es objeto de sospecha o de infravaloración social, lo que añade una carga adicional al propio padecimiento.
En definitiva, el sufrimiento humano no es una magnitud fácilmente medible, sino una experiencia compleja, multidimensional y profundamente personal. La medicina debe resistir la tentación de simplificarlo. El derecho, cuando lo utiliza como criterio decisivo, debe hacerlo con plena conciencia de sus límites. Porque allí donde intentamos medir, el sufrimiento nos recuerda que comprender sigue siendo, en último término, la tarea esencial.![]()
José María Domínguez Roldán, es Profesor de Bioética de la Facultad de Ciencias de la Salud y de la Vida, Universidad CEU Fernando III Publicado originalmente en The Conversation.
15/04/2026
Velas e inciensos
Velas e incienso, cuando el supuesto “bienestar” contamina la casa
Encender una vela aromática o quemar incienso suele asociarse al bienestar, la calma o la espiritualidad. Sin embargo, desde el punto de vista de la química atmosférica, ambos gestos implican algo mucho menos idílico: introducir una fuente de combustión dentro del hogar. Y esto no es recomendable, por varias razones.
Pasamos cerca del 90 % de nuestro tiempo en espacios cerrados, donde los contaminantes no se dispersan fácilmente y pueden alcanzar concentraciones superiores a las del exterior, incluso cuando el aire “parece” limpio.
Qué ocurre realmente cuando encendemos una vela
Cuando encendemos una vela, la mecha no es el combustible. Su función es transportar la cera fundida hasta la llama. Lo que realmente se quema es la cera, que en la mayoría de las velas comerciales es parafina, un derivado del petróleo –aunque también puede ser cera vegetal o de abeja–.
Este proceso de combustión nunca es completamente limpio. Además de dióxido de carbono y vapor de agua, se liberan partículas de muy pequeño tamaño (PM2,5 y ultrafinas) y una mezcla compleja de contaminantes gaseosos, como monóxido de carbono, formaldehído, acetaldehído y compuestos orgánicos volátiles (VOCs).
En interiores poco ventilados, las concentraciones de estas partículas y gases pueden aumentar rápidamente, hasta alcanzar valores comparables a los de entornos urbanos con mala calidad del aire, especialmente, cuando la combustión es inestable o la mecha es demasiado larga.
El incienso, una fuente de emisiones
El incienso suele percibirse como una alternativa “natural” a las velas perfumadas. Sin embargo, la evidencia científica indica que su impacto sobre la calidad del aire interior es, en general, mayor y más preocupante.
Durante su combustión, el incienso emite grandes cantidades de partículas finas y ultrafinas, además de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y numerosos VOCs aromáticos.
Un resultado especialmente relevante es que aproximadamente un 4,5 % de la masa del incienso se convierte en partículas que podemos respirar. Esto es aproximadamente cuatro veces más que un cigarrillo. Así, el incienso es una de las principales fuentes de contaminación del aire interior en hogares de no fumadores.
No todas las partículas son iguales: el potencial oxidativo
Durante años, el riesgo para la salud se evaluó principalmente en función de la masa de partículas presentes en el aire. Hoy sabemos que esto es insuficiente. Un parámetro clave es el potencial oxidativo, que describe la capacidad de las partículas para dañar nuestros tejidos pulmonares.
Las partículas procedentes del incienso presentan de forma consistente un potencial oxidativo elevado, comparable o, incluso, superior al de partículas asociadas al tráfico urbano.
Las velas también emiten partículas con actividad oxidativa, especialmente cuando son de parafina, están perfumadas o arden de forma inestable. No obstante, su potencial oxidativo medio suele ser inferior al del incienso, que genera aerosoles más reactivos y con mayor capacidad de inducir estrés oxidativo respiratorio.
El papel de las fragancias: el aroma complica la química
El tipo de cera influye en las emisiones, pero no es el único factor. Las fragancias, tanto naturales como sintéticas, introducen nuevos compuestos en el cóctel de la mezcla emitida.
Durante la combustión, muchos perfumes liberan VOCs reactivos que pueden transformarse en otros contaminantes, como aldehídos –compuestos orgánicos volátiles irritantes formados por oxidación– y aerosoles orgánicos secundarios –partículas microscópicas que se generan en el aire a partir de reacciones químicas–, lo que incrementa tanto la cantidad como la reactividad de los contaminantes presentes en el aire interior.
Así, una vela comercializada como “natural” puede dejar de serlo, desde el punto de vista de la química del aire, si está intensamente perfumada.
Evidencias sobre efectos en la salud
La exposición continuada a los contaminantes emitidos por velas e incienso se ha asociado con irritación de las vías respiratorias, empeoramiento del asma y disminución de la función pulmonar, especialmente, en niños y personas con patologías respiratorias previas.
En regiones donde el uso de incienso es diario y prolongado, diversos estudios epidemiológicos han encontrado asociaciones con enfermedades respiratorias crónicas e, incluso, cáncer de pulmón, lo que refuerza la preocupación por este tipo de exposición doméstica.
¿Qué es peor para la salud: una vela o el incienso?
Si se comparan ambos en condiciones similares de uso, la evidencia converge: el incienso emite mucha más cantidad de partículas con mayor potencial oxidativo, libera una mezcla gaseosa más compleja y reactiva y cuenta con mayor respaldo epidemiológico de efectos adversos.
Esto no significa que las velas sean inocuas, sino que, en términos generales, el incienso representa la fuente más agresiva de contaminación del aire interior entre las dos.
Respirar mejor empieza con gestos pequeños.
En casa, solemos juzgar el aire por el olor o por lo que vemos. Si no huele mal y no hay humo a la vista, damos por hecho que es limpio. Sin embargo, la contaminación más relevante en interiores es invisible y se acumula poco a poco, sin avisar.
La química nos recuerda algo esencial: el bienestar no se quema ni se huele, se respira.
Por eso, reducir la exposición no pasa por prohibiciones radicales, sino por gestos informados y sostenibles. Usar velas y ambientadores de combustión de forma ocasional, limitar su duración, mantener las mechas cortas y la llama estable, ventilar bien durante y después de su uso, priorizar velas sin perfume y evitar el uso habitual de incienso en interiores son decisiones sencillas que marcan la diferencia.
Pequeños cambios cotidianos pueden reducir de forma significativa la cantidad de contaminantes que inhalamos. Porque cuidar el aire interior no consiste en renunciar al confort, sino en entender qué estamos respirando y cuándo merece la pena hacerlo.![]()
María Teresa Baeza Romero, es Catedrática de Universidad. Dpto. Química-Física. Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Ciudad Real. Inamol., Universidad de Castilla-La Mancha - Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
04/04/2026
Tres reglas de oro para la salud neuronal
Descansar, disfrutar y compartir:Tres reglas de oro para la salud neuronal y la prevención de enfermedades.
“Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte” (Santiago Ramón y Cajal)
Es de noche en el bosque neuronal, la glándula pineal ha entendido muy bien el mensaje de la oscuridad que se ha captado por la ventana de la retina y ha enviado como emisario a la melatonina para que el sistema de encendido y apagado temporal del estado de consciencia y del ciclo circadiano del sueño se active.
En unos minutos más, el cerebro modificará su patrón electrofisiológico, dejando la actividad del estado despierto. Este se caracteriza por un patrón de ondas eléctricas Beta, que predominan en el lóbulo frontal. Dará paso entonces al sueño de ondas lentas, de predominio posterior. Por periodos específicos, se sorprenderá con los ensueños más sofisticados y propios de un best seller o de una película premiada por la academia. Una obra que puede tener entre sus principales protagonistas al propio portador de ese cerebro.
Este sueño paradójico, denominado así por tratarse de un sueño profundo con una importante actividad cerebral, alcanza sus etapas más profundas y sus periodos de mayor actividad neuronal durante la madrugada. En esas fases, el cerebro se resetea. Elige la información trascendente para conservarla en la memoria, y se deshace de la información irrelevante para enviarla al olvido, como si fuera una carpeta de spam.
“Mariposas del alma”
Por si fuera poco, en esta etapa, las “mariposas del alma” limpian sus alas. La metáfora es de Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel en 1906, quien describió a esas neuronas “aladas” como las células responsables de la identidad humana.
Las “mariposas del alma” necesitan recuperarse de su pulular por diferentes redes, circuitos y trayectos. Y es en esta etapa de descanso cuando diferentes mecanismos celulares y moleculares recogen la basura de los traspatios neuronales. Se evita así que las sustancias de desecho atrapen las conexiones, como si fuesen telarañas que habitan en ciertos rincones del cerebro.
También se consigue que no se depositen compuestos inflamatorios, tóxicos, o de proteínas deformes. Es el caso de la proteína tau o de la beta-amiloide, que aparecen cuando existe alzhéimer e interfieren, al acumularse, con la función cognitiva y emocional.
El sistema glinfático, recientemente descubierto, es en parte responsable de las tareas de lavado de las neuronas durante el periodo de sueño. Un sistema de “riego hidráulico”, que utiliza el mismo líquido del cerebro para mantenerlo funcional.
Así pues, descansar y dormir juegan un papel fundamental en el cerebro saludable. No solo porque permiten la recuperación de la sensibilidad y la reactividad de los sistemas neuronales, sino porque en este periodo fisiológico concurren una serie de eventos que resultan fundamentales para la salud mental y general de las personas.
Durante este espacio temporal, el cerebro recupera sus umbrales de funcionamiento óptimo. ¿Cómo lo consigue? Consolida la memoria, reorganiza la actividad eléctrica cerebral y permite que la fase de sueño paradójico, también conocida como de movimientos oculares rápidos (REM, por sus siglas en inglés), genere un descanso reparador, que resulta indispensable para el control emocional.
Mientras dormimos, se afinan también los sistemas neurohormonales y se promueve la estabilidad del sistema inmune. También tienen lugar los procesos de saneamiento y limpieza de las proteínas anormales antes referidas.
El descanso y la vida
La vida cotidiana involucra múltiples funciones asociadas a nuestro reloj biológico. Por ello, el descanso se vincula con la salud mental de forma relevante.
Por ejemplo, uno de los síntomas más tempranos de depresión es el insomnio, a veces en forma de sueño fragmentado. Las alteraciones emocionales en el adulto mayor pueden ser la antesala de muchos procesos degenerativos que aparecerán con toda su expresión clínica en etapas posteriores.
El esparcimiento y el ocio saludable son fundamentales para el equilibrio emocional y para mantener la capacidad intelectual. Sus beneficios inciden también en aquellos procesos cognitivos que construyen la identidad de las personas: consciencia, orientación, memoria, lenguaje, capacidad de abstracción, capacidad analítica, capacidad de predicción y funciones ejecutivas, entre otras.
Adicionalmente, se puede asociar al disfrute y a la activación de las vías cerebrales del placer y la recompensa, lo que le agrega el componente lúdico a los periodos de descanso más allá de la salud mental y salud física. Es decir, descansar también resulta de interés por la posibilidad hedónica.
El verdadero valor del esparcimiento y de la pausa, en contraste con el ritmo acelerado de la vida actual y la presencia de inercias cotidianas estresantes, es que permite una recuperación funcional en el individuo, extensiva a su comunidad gracias a la socialización y a la empatía. Una cualidad que nos otorga estabilidad y mayor capacidad para resolver conflictos.
El descanso constituye una oportunidad para conectarse con modalidades sensoriales diversas. Estas contribuyen a mantener la paz y la tranquilidad sin sobresaltos. Nuevos olores, paisajes naturales, música, el sonido de las olas, el concierto de la naturaleza, el silencio y lecturas diferentes a nuestros hábitos de búsqueda ordinaria.
Solitud necesaria
También es necesario procurar los espacios introspectivos de solitud. Equivale a delimitar la conexión excesiva, la hiperconectividad y la invasión digital en nuestro entorno
Un enfoque que permite concentrarnos en lo más relevante de la comunicación interpersonal y acrecentar la capacidad de socializar con personas importantes de nuestra esfera afectiva. Atajamos así interferencias de otras redes, como internet o la Inteligencia Artificial.
Existen momentos en que también es necesario dejar fluir los pensamientos, y renunciar a categorizar todo el cúmulo de información que nos rodea. El reciclaje de la metacognición, entendida como la capacidad de pensar o discernir sobre nuestros propios pensamientos, puede derivar en un sobrepensar. Esto desemboca en un hiperpensamiento obsesivo, que obstaculiza el verdadero descanso.
La pausa representa, literalmente, una desconexión selectiva y a la vez una prescripción terapéutica. Al cambiar nuestros ritmos de habituación, podemos aprender a modificar nuestras inercias repetitivas y estresantes, que se identifican con entornos poco saludables.
Resiliencia neuronal y cómo conseguirla
El primer concepto de resiliencia fue postulado por la teoría evolucionista de Darwin. Según esta, la especie que sobrevive es la que tiene mayor capacidad de adaptarse.
Posteriormente, se identificó como una estrategia de recuperación del comportamiento tras situaciones o experiencias críticas. Actualmente se aplica también al escenario fisiológico, cuando las células del sistema nervioso pueden recuperarse después de haber sufrido una lesión. Recientes descubrimientos plantean la novedosa posibilidad de que los tratamientos para los trastornos de estrés humano puedan basarse en inducir mecanismos de resiliencia neuronal.
Desde una perspectiva integral, la resiliencia significa un proceso de aprendizaje constante sustentado en experiencias previas y en la forma en la que las abordamos. A través de ella diseñamos una ruta de hábitos creativos y proactivos vinculados con la recuperación funcional. Concurre tanto en los microespacios biológicos como en los teatros de la vida personal y social. Hoy por hoy, representa la habilidad adaptativa como estrategia para sobrevivir y también para convivir.
Equilibrio emocional y cognitivo
Gracias al proceso reparador del descanso, podemos aspirar a mantener una mente saludable. Si preservamos la capacidad de conectarlo con otras estrategias, como la dieta, el ejercicio, la convivencia, la socialización, la conversación y la introspección reflexiva, hallaremos la ruta idónea para que la emoción y la cognición sean propositivas. De este modo, constituirán un hábito sistemático y diseñaremos nuestra propia medicina preventiva personalizada.![]()
27/03/2026
El cerebro que envejece
14/03/2026
El sueño y los relojes inteligentes
Veamos cómo funciona la "magia" detrás de esos gráficos de colores y cuáles son sus limitaciones:
{tocify} $title={Indice:}1. El Trío de Sensores Clave
Para 2026, la
tecnología ha refinado estos tres pilares, pero la base sigue siendo la misma:
- Acelerómetro (Movimiento): Es el más básico. Si no te
mueves durante 20 minutos, el reloj asume que estás dormido. Si te mueves mucho, estás en sueño ligero o despierto.
- Sensor PPG (Ritmo Cardíaco): Es esa luz verde (o roja/infrarroja
en modelos más nuevos como el Apple Watch Series 10 o el Oura Ring 4) que
parpadea bajo el reloj. Mide tu pulso y, lo más importante, la Variabilidad de la Frecuencia Cardíaca (VRC).
- Oxímetro (SpO2) y Temperatura: Ayudan a descartar problemas
respiratorios (como apnea) y a confirmar cambios en el metabolismo que
ocurren durante el ciclo circadiano.
2. ¿Cómo distinguen cada fase?
El reloj utiliza
algoritmos de Inteligencia Artificial que comparan tus datos con miles
de patrones de laboratorios del sueño. Así es como "adivinan" cada
etapa:
|
Fase
del Sueño |
Lo que el reloj
detecta |
|
Ligero |
Movimiento ocasional
y ritmo cardíaco estable pero no al mínimo. |
|
Profundo |
Inmovilidad total. El ritmo cardíaco y
la respiración caen a sus niveles más bajos y constantes. |
|
REM
(MOR) |
Aquí está el truco:
Tus músculos están paralizados (sin movimiento), pero tu ritmo cardíaco y
respiración se aceleran e irregularizan, casi como si estuvieras
despierto. Esa contradicción le dice al reloj: "está soñando". |
3. El "Punto Débil": ¿Qué tan fiables son?
Hay que ser honestos: estos relojes son un excelente rastreador de tendencias, pero no son un médico.
- El dilema de la inmovilidad: Si te quedas perfectamente quieto en
la cama leyendo o pensando en tus problemas, es muy probable que tu reloj
crea que estás en "sueño ligero".
- Precisión: Los estudios más recientes de
2025 y 2026 muestran que los mejores wearables (como Samsung Galaxy Watch o Apple) tienen una coincidencia de entre el 70% y 80% con los equipos médicos. Nada mal para
un gadget, pero lejos de la perfección.
Dato curioso: La mayoría de los
relojes actuales ya no solo te dicen cuánto dormiste, sino que usan tu
temperatura cutánea nocturna para predecir si te vas a enfermar antes de que
sientas el primer estornudo.
¿Y tu, qué tal duermes?
Por qué cuando nos hacemos mayores el sueño se vuelve más ligero y cómo repercute en la salud
Sin embargo, la evidencia científica sugiere que el problema no es una menor necesidad, sino una menor capacidad para generar un sueño profundo y continuo. El cerebro envejecido continúa necesitando descansar, pero le cuesta más hacerlo bien. Sigue “durmiendo”, pero lo hace de forma más superficial. Es como si el interruptor que mantiene el sueño estable perdiera firmeza con el paso del tiempo.
¿Qué ocurre en el cerebro para que el sueño se vuelva más ligero?
Uno de los principales factores del peor descanso con el avance de la edad es la pérdida de estabilidad del sistema que regula el sueño y la vigilia. En el cerebro joven, este sistema funciona como un interruptor firme: o estamos despiertos o estamos dormidos. Según cumplimos años, algunas neuronas encargadas de promover y mantener el sueño se van perdiendo, y otras que sostienen la vigilia también se debilitan. Como consecuencia, el cerebro cambia de estado con mayor facilidad, lo que favorece un sueño más ligero y fragmentado.
A esto se suma el envejecimiento del reloj biológico. El núcleo supraquiasmático, un grupo de neuronas que coordina los ritmos circadianos de todo el organismo, sigue funcionando, pero el día se vuelve más corto y se adelanta, y además su señal se vuelve menos intensa. Esto favorece que las personas mayores tiendan a dormirse y despertarse antes y explica por qué el sueño nocturno es menos consolidado y más sensible a estímulos externos, al tiempo que aumenta la somnolencia durante el día. El cerebro recibe una señal menos clara de cuándo debe dormir y cuándo mantenerse despierto.
Otro cambio importante afecta a la llamada presión de sueño, que se acumula a lo largo del día y nos empuja a dormir por la noche, y que depende en parte de una sustancia conocida como adenosina. En el envejecimiento, el cerebro sigue acumulando cansancio, pero responde peor a esa señal. Aunque la necesidad de dormir sigue existiendo, le cuesta más traducirse en un sueño profundo y continuo.
Además, dicho sueño profundo, fundamental para la recuperación cerebral, también se ve directamente afectado por los cambios estructurales del cerebro. Esta fase del sueño se genera sobre todo en regiones frontales, que con la edad pierden grosor y conexiones. Como resultado, las ondas cerebrales lentas que caracterizan el sueño profundo se vuelven más débiles y menos frecuentes –especialmente al inicio de la noche–, cuando antes eran más abundantes.
Durante el sueño, el cerebro también emite señales breves que ayudan a consolidar los recuerdos del día. Con el envejecimiento, esas señales disminuyen y se coordinan peor con el sueño profundo. Esto contribuye a que el aprendizaje y la memoria se vuelvan menos eficientes, incluso en personas mayores sanas.
Por último, el envejecimiento afecta a las conexiones que permiten que las distintas regiones del cerebro trabajen de forma sincronizada durante la noche. Aunque las neuronas que generan el sueño sigan presentes, sus señales se propagan peor. El resultado es un sueño menos profundo, más fragmentado y menos reparador.
Es importante destacar que, aunque el sueño del anciano sano es más frágil, estos cambios no implican necesariamente problemas cognitivos, sino que se consideran parte del envejecimiento fisiológico del cerebro.
No todo es biología
A estos cambios biológicos se suman factores no estrictamente cerebrales que influyen de forma decisiva en el sueño de la persona anciana y que, a menudo, interactúan con los mecanismos neurobiológicos ya descritos. La pérdida de rutinas diarias, como horarios laborales regulares, actividad física estructurada o exposición constante a la luz natural, debilita las señales externas que ayudan a sincronizar el reloj biológico, amplificando la fragmentación del sueño.
En esta época de la vida son más frecuentes los trastornos del sueño como el insomnio y la apnea obstructiva del sueño que van a fragmentarlo. Al mismo tiempo, una mayor carga de enfermedades crónicas, como el dolor persistente, las enfermedades cardiovasculares o respiratorias, y los trastornos del estado de ánimo, introducen despertares nocturnos adicionales y reduce la continuidad del descanso.
A ello se añade el uso frecuente de fármacos que, aunque necesarios, pueden alterar la arquitectura del sueño: desde hipnóticos y ansiolíticos que modifican el descanso profundo, hasta antidepresivos, betabloqueantes o diuréticos que interfieren con el inicio, la estabilidad o la continuidad del sueño.
En conjunto, estos factores actúan como moduladores que no explican por sí solos el envejecimiento del sueño, pero sí pueden intensificarlo y hacerlo clínicamente relevante cuando se superponen a un cerebro ya más vulnerable.
Cuando el sueño deja de ser “normal”: deterioro cognitivo y demencia
En los últimos años se ha acumulado una evidencia creciente sobre los efectos nocivos de la privación de sueño y de los trastornos del sueño en la salud cerebral. Dormir mal no solo se asocia a peor rendimiento cognitivo a corto plazo, sino también a un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia a largo plazo.
Este creciente interés ha puesto el foco en el sueño de las personas mayores, una etapa de la vida en la que el descanso cambia de forma casi universal. Sin embargo, uno de los mayores retos actuales es trazar una línea clara entre los cambios del sueño que forman parte del envejecimiento normal, sin consecuencias negativas físicas o mentales, y aquellos que pueden constituir una manifestación temprana de procesos neurodegenerativos aún subclínicos. Ante una persona que con la edad comienza a percibir empeoramiento de las características de su sueño (más despertares, más superficial, etc), no existen biomarcadores que permitan determinar si son cambios esperables normales con la edad o efectivamente se trata de una manifestación de procesos neurodegenerativos.
Aunque es normal que el sueño se vuelva más ligero con la edad, algunos cambios van más allá de lo esperable y pueden indicar un envejecimiento cerebral no saludable. Uno de los principales signos de alerta es una fragmentación marcada y progresiva del sueño, con múltiples despertares nocturnos prolongados y una sensación persistente de descanso no reparador, incluso cuando el tiempo total en cama es adecuado. A diferencia del envejecimiento normal, en estos casos el sueño pierde estabilidad y continuidad.
Otro signo relevante es la aparición o el empeoramiento rápido de somnolencia diurna excesiva, especialmente cuando interfiere con la actividad cotidiana o aparece de forma desproporcionada respecto a las horas dormidas. Este patrón sugiere una pérdida de la capacidad del sueño para cumplir su función restauradora.
Desde el punto de vista neurocognitivo, resulta especialmente preocupante la coexistencia de alteraciones del sueño con cambios cognitivos sutiles, como dificultades recientes de memoria, atención o aprendizaje, aunque todavía no cumplan criterios de deterioro cognitivo. La investigación indica que esta combinación puede reflejar procesos neurodegenerativos incipientes.
También se consideran señales de alarma los cambios cualitativos del sueño, más que su simple acortamiento: desaparición casi completa del sueño profundo, reducción clara del sueño REM o una inversión progresiva del ritmo sueño–vigilia, con mayor actividad nocturna y somnolencia diurna. Estos patrones no son típicos del envejecimiento sano.
Por último, merece atención la necesidad creciente de hipnóticos o sedantes para dormir, así como la pérdida brusca de eficacia de tratamientos que antes sí funcionaban. En estos casos, el problema no suele ser solo de insomnio, sino de una alteración subyacente de los mecanismos cerebrales del sueño. Todos estos signos no permiten por sí solos diagnosticar una enfermedad neurodegenerativa, pero sí señalan la conveniencia de evaluar el sueño como un posible marcador temprano de riesgo, especialmente cuando los cambios son recientes, progresivos y se asocian a alteraciones cognitivas.![]()
Elena Urrestarazu Bolumburu, es Consultor Clínico. Servicio de Neurofisiología Clínica. Unidad de Sueño., Universidad de Navarra. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.{alertInfo}
25/02/2026
Sobre la dieta mediterránea
Pautas para seguir una verdadera dieta mediterránea
Inscrita en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO desde 2013, la dieta mediterránea es una parte esencial de nuestra cultura que, además, produce efectos beneficiosos en la salud. Pero su poder protector no reside en los hábitos alimentarios actuales o en los productos manufacturados en la región mediterránea. En realidad, proviene del patrón dietético clásico cuyos efectos han sido validados por decenas de estudios científicos con la participación de miles de personas.
Entonces, ¿a qué podemos llamar dieta mediterránea?
Según la definición de la UNESCO, “comprende un conjunto de conocimientos, competencias prácticas, rituales, tradiciones y símbolos relacionados con los cultivos y cosechas agrícolas, la pesca y la cría de animales, y también con la forma de conservar, transformar, cocinar, compartir y consumir los alimentos”. Por lo tanto, constituye también un patrón social.
De todos modos, el componente fundamental de este patrimonio cultural es, como su nombre indica, la dieta propiamente dicha. Para saber cómo de mediterránea es nuestra alimentación, debemos tener en cuenta 14 puntos. A mayor puntuación, más se le parece.
En primer lugar, los alimentos recomendados que suman puntos son:
El aceite de oliva.
Las verduras y hortalizas.
Las frutas.
Las legumbres.
El pescado y el marisco.
Los frutos secos.
La carne blanca (pollo, pavo, conejo).
El tradicional sofrito para acompañar platos principales.
Y los productos a evitar, los que nos alejan de la dieta mediterránea, son:
Las carnes rojas y procesadas.
La mantequilla, margarina o nata.
Las bebidas carbonatadas, ya sean azucaradas o no.
La repostería comercial.
Beneficios probados para la salud
El primer estudio sobre la dieta mediterránea se publicó en 1970, pero tuvieron que pasar aún más de 20 años para que volviera a despertar interés. Desde entonces ha sido foco de intensa investigación en nutrición.
Uno de los principales trabajos es español y en él participaron más de 90 investigadores. Se trata del estudio PREDIMED, diseñado para evaluar los efectos de este patrón alimentario en personas mayores con alto riesgo de enfermedad cardiovascular. Las conclusiones fueron inapelables: la incidencia de eventos cardiovasculares era claramente menor en los grupos de dieta mediterránea.
Ahora, después de décadas de investigaciones, los resultados no dejan lugar a dudas: la dieta mediterránea es una firme aliada para nuestra salud. Seguirla reduce el riesgo de mortalidad y de sufrir tres de las enfermedades más frecuentes de nuestro tiempo: las dolencias cardiovasculares, el cáncer y la diabetes tipo 2. Además, también protege contra el deterioro cognitivo, la demencia y el alzhéimer.
Menús poco mediterráneos
A pesar de todas estas evidencias, la realidad es que nuestra alimentación actual se parece poco o nada a la dieta mediterránea. Además, solemos creer erróneamente que alimentos muy consumidos, como el cerdo, el jamón o el queso, forman parte de ella.
Si echamos un vistazo a los 14 puntos mencionados en el estudio PREDIMED, leemos que uno de ellos es: “¿consume usted preferentemente carne de pollo, pavo o conejo en vez de ternera, cerdo, hamburguesas o salchichas?”. Para obtener un punto, la respuesta debe ser sí. Además, una de las recomendaciones adicionales es no tomar más de una ración de jamón curado o de carne roja a la semana.
La principal razón para esta restricción es que tanto el jamón curado como cualquier otro embutido son carnes procesadas, y estas aumentan las probabilidades de sufrir cáncer colorrectal, el segundo cáncer más mortal del mundo. Otra razón es su alto contenido de sal, que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares y renales.
Además, en términos de salud, el cerdo se clasifica como carne roja, un riesgo adicional para contraer el citado cáncer colorrectal. Por si fuera poco, tomar mucha carne roja y procesada también aumenta las posibilidades de morir por problemas cardiovasculares.
En lo que se refiere a los quesos, los bajos en grasa no tienen límites estrictos en la dieta mediterránea, mientras que los curados o grasos (la gran mayoría) están restringidos a un máximo de una ración semanal. Esto se debe a su elevado contenido de sal y a que predominan las grasas saturadas, dos riesgos considerables para la salud.
¿Vino sí o vino no?
Uno de los aspectos más controvertidos de la dieta mediterránea es el vino. Aunque puntúa positivamente en el estudio PREDIMED, no se fomenta su consumo, sino que se limita la cantidad a quienes ya son consumidores habituales.
El vino, particularmente el tinto, goza de buena fama por la presencia de polifenoles procedentes de la uva. De hecho, en el propio estudio PREDIMED se observó que tomar más polifenoles puede disminuir el riesgo de mortalidad. Sin embargo, estos compuestos naturales también se encuentran en alimentos muy consumidos, como el aceite de oliva virgen, los frutos secos, las frutas y las verduras.
Además, el vino no deja de ser una bebida alcohólica y la conclusión de la Organización Mundial de la Salud al respecto es que beber alcohol puede causar más de 200 problemas de salud. De hecho, esta institución considera que no hay un nivel que no suponga un riesgo, por bajo que sea.
Lo positivo es que siempre estamos a tiempo de mejorar nuestra salud. No importa la edad a la que lo hagamos: cualquier momento es bueno para acercar nuestra alimentación a los 14 puntos de la dieta mediterránea. Cada paso que demos hacia un mayor cumplimiento de este patrón alimentario, por pequeño que sea, supone un beneficio en la prevención de enfermedades.![]()
Ana Belén Ropero Lara, es Profesora Titular de Nutrición y Bromatología - Directora del proyecto BADALI, web de Nutrición. Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández i Marta Beltrá García-Calvo, Profesora de Nutrición y Bromatología. Colaboradora del proyecto BADALI, web de Nutrición. Instituto de Bioingeniería, Universidad Miguel Hernández. Artículo publicado originalmente en The Conversation.(alert-success)
29/01/2026
La IA, es buena, pero tu puedes ser muy malo
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| Imagen generada por Nano Banana (IA) |
Existe una cierta propensión a destacar aspectos negativos de los avances de la inteligencia artificial (IA) generativa en nuestra sociedad.
02/10/2025
Transparente y en botella
Esta es una entra de opinión. No se trata de denuncia o declaración de hechos. Es una simple exposición de mis impresiones personales. Por esta razón no se mencionan marcas.
Factores que Influyen en el Sabor a Plástico
Otras Consideraciones
Y cuál es mi opinión:
Algo falla en la cadena de suministro. ¿Calidad del envase? ¿del embotellado? ¿del almacenaje?.
No lo sé, pero quizás, deberíamos poder saberlo.
21/09/2025
Diabetes y Metformina
Hemos tardado 60 años en descubrir que un tratamiento clave contra la diabetes no funciona como pensábamos. La metformina no solo actúa sobre el hígado e intestinos como creíamos hasta ahora, también actúa sobre el cerebro.
Los fármacos bien pueden ser la sustancia que más estudiamos antes de sacar al mercado: ensayos preclínicos y clínicos; experimentos in vitro, en animales y en personas… todo para asegurarnos de que el tratamiento es seguro y funciona. Pero a veces la pregunta es otra: por qué funciona. Porque la respuesta, puede ser tan compleja que tardemos décadas en desentrañarla del todo.
También en el cerebro. Algo así ha ocurrido con la metformina, un compuesto empleado desde hace más de seis décadas en el tratamiento de la diabetes: un nuevo estudio ha hallado que este fármaco actúa en nuestro cerebro y no solo en el hígado como antes creíamos.
El descubrimiento abre la puerta a posibles nuevas vías terapéuticas, más efectivas y precisas, en el tratamiento de la diabetes.
Rap1. El nuevo estudio se desarrolla en torno a la proteína Rap1, una proteína que suele hallarse en la región cerebral conocida como hipotálamo ventromedial (VMH). Según observó el equipo en su análisis, la metformina actúa en esta región: “apagando” la función de Rap1.
Ratones modificados. Para comprobarlo, el equipo administró una dieta alta en grasas, con la que emulaban los efectos de la diabetes tipo 2, a unos ratones modificados para que no contaran con la proteína Rap1 en su VMH. Después administraron varios tipos de fármacos contra la diabetes: metformina, insulina y agonistas del GLP-1 (péptido similar al glucagón 1). Al desaparecer esta proteína, la metformina dejaba de ser eficaz a la hora de reducir el azúcar en sangre mientras que los otros tratamientos seguían funcionando.
El equipo realizó otra prueba para demostrar el papel clave del cerebro en el funcionamiento de la metformina. Para ello inyectaron pequeñas cantidades del fármaco diréctamente en los cerebros de ratones con diabetes. Pudieron observar que, al hacerlo sus niveles de azúcar en sangre disminuían, incluso con dosis “miles de veces más pequeñas” de las que suelen administrarse por vía oral.
Acción combinada. El nuevo estudio sugiere que los mecanismos bioquímicos con los que la metformina actúa en nuestro cuerpo son más complejos de lo que creíamos. Hasta ahora sabíamos que el fármaco actuaba sobre el hígado y también contábamos con pruebas de que actúa también los intestinos.
Ahora no solo tenemos también pruebas de que actúa sobre el cerebro, sino que parece que en este contexto responde a dosis más pequeñas de las que se requiere para que actúe en las otras áreas del cuerpo. Los detalles del estudio han sido publicados en un artículo en la revista Science Advances.
Nuevos tratamientos. El equipo responsable guarda la esperanza de que el nuevo descubrimiento contribuyan al desarrollo de nuevos tratamientos contra la diabetes, fármacos que se enfoquen en este “sendero” del cerebro. Los efectos de este fármaco van más allá del control de la diabetes, recuerda el equipo: también se ha vinculado con un envejecimiento cerebral más lento. Eso sí, también puede presentar efectos adversos, aunque infrecuente, uno de los más graves es la acidosis láctica, una enfermedad grave y potencialmente mortal.
Visto y originalmente publicado en Xataka. Pablo Martinez-Juarez


