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18/10/2026

Una cuestión de número

Hoy me ha llamado la atención este dato que desconocía. 
Según explican los paleoantropólogos, una de las diferencias remarcables entre la especie neanderthal y nosotros los sapiens es la capacidad y predisposición a la sociabilidad. Los primeros solían vivir en grupos que salvo raras circunstancias superaban lo que llamamos "familia extendida" y que supone algún grado de parentesco. Esos grupos rara vez superaba los 30, a lo sumo 40 individuos. Vivian con un grado de cooperación, poco organizado, pero suficientemente efectivo. 
Cuando coincidían con otro grupo, se toleraban, pero tendían a evitarse. No solían intercambiar posesiones de forma sistemática y, por lo tanto, desconocían el concepto de mercado. Se especula (en estudio) que el corto tiempo en que convivieron con el Homo sapiens, posiblemente sí empezaron a mercadear. Posiblemente, y no ofrece dudas, también hubo emparejamientos, si bien está por descubrir hasta qué punto eran más o menos frecuentes. También se está estudiando con mucho interés para conocer cuál era el fruto de esas uniones sexuales; si las hembras más productivas (hijos) tras los contactos, eran las neanderthales o las sapiens.

generada con IA


Los grupos sociales de los sapiens superaban las familias extendidas y ya estaba implantado el concepto de tribu con varias familias, un líder y superando los 100 individuos (mayoritariamente más). No se evitaban aunque ya entonces se podían producir "hazañas bélicas" Mercadeaban incluso antes de la época recolectora. Piezas de caza, utensilios y abalorios.


リカルド Rikarudo                                     

15/10/2026

Enfermedades, espiritus y dioses



Antes de que la enfermedad tuviera una explicación bacteriana, genética o neuroquímica, tuvo un lugar en el universo de los significados. El ser humano no se limitó a sufrir: necesitó comprender por qué sufría. La fiebre, las convulsiones, los sueños aterradores, las voces, la pérdida de la razón o una conducta incomprensible no eran acontecimientos aislados de la vida cotidiana. Ocurrían en un mundo poblado de intenciones, antepasados, animales poderosos y fenómenos naturales cuya causa no siempre resultaba visible. Cuando un acontecimiento no podía explicarse por sus causas inmediatas, podía incorporarse a una explicación más amplia sobre las relaciones entre los seres humanos y el mundo.

No sabemos con exactitud qué pensaban los primeros seres humanos acerca de la enfermedad. Una pintura rupestre, una sepultura o una figura ritual pueden ofrecernos indicios, pero no nos permiten reconstruir directamente las creencias de quienes las realizaron. Debemos evitar la tentación de imaginar una humanidad primitiva uniforme, como si todas las sociedades hubieran compartido una misma religión o una idéntica concepción de la enfermedad. Sin embargo, podemos plantear una hipótesis razonable: allí donde el mundo se interpreta como una trama de relaciones entre seres visibles e invisibles, el sufrimiento también puede adquirir un significado relacional.

Una enfermedad podía entenderse como consecuencia de una transgresión, una pérdida de protección, una agresión espiritual o una ruptura del vínculo con los antepasados. Para nosotros, estas explicaciones pertenecen a categorías distintas de las causas biológicas; para quienes vivían dentro de esos universos culturales, podían formar parte de una misma realidad. El enfermo podía padecer una alteración corporal y, al mismo tiempo, encontrarse atrapado en un conflicto religioso, familiar o comunitario. La enfermedad no era solamente algo que sucedía dentro del cuerpo: podía ser algo que había sucedido entre el individuo y el mundo.

Aquí aparece una diferencia fundamental entre la pregunta médica y la pregunta ritual. La primera intenta averiguar qué mecanismo produce un síntoma; la segunda puede preguntar por qué ha ocurrido precisamente ahora, a quién afecta y qué relación debe restablecerse. La medicina busca causas; las culturas buscan también significados. No son operaciones equivalentes, y una explicación simbólica no sustituye a una explicación biológica, pero ambas pueden intervenir en la manera en que una persona vive su enfermedad.

El ser humano posee una extraordinaria capacidad para detectar regularidades, atribuir intenciones y relacionar acontecimientos. Esa capacidad resulta útil para anticipar peligros, comprender las acciones ajenas y aprender de la experiencia. Pero también puede conducirnos a establecer conexiones causales que no existen. Cuando una desgracia resulta incomprensible, atribuirla a una intención puede hacerla más soportable: si alguien ha provocado el mal, quizá sea posible identificarlo, negociar con él o neutralizarlo. El azar, en cambio, no escucha plegarias ni acepta reparaciones. El significado puede aliviar la incertidumbre, aunque también puede generar culpa, miedo y persecución.

La posesión constituye uno de los modelos históricos más importantes para interpretar las experiencias extraordinarias. Una voz que parece proceder de otro lugar, una alteración de la identidad, una conducta involuntaria o un estado inhabitual de conciencia pueden entenderse, en determinadas culturas, como la acción de un agente exterior. Pero la posesión no es una enfermedad universal que adopta siempre la misma forma. Es una categoría cultural capaz de abarcar experiencias muy diferentes, desde estados rituales aceptados por la comunidad hasta fenómenos involuntarios que producen un sufrimiento intenso. Su significado depende del contexto, del grado de control, de la interpretación compartida y de las consecuencias para la vida de quien la experimenta.

Una experiencia extraordinaria puede encontrar un lugar dentro de un ritual y convertirse en fuente de reconocimiento; fuera de ese marco, la misma conducta puede suscitar temor o rechazo. Esto no significa que la cultura invente por completo la experiencia, ni que todas las interpretaciones sean igualmente válidas. Significa que interviene en la forma de nombrarla, en la respuesta que recibe el individuo y en las posibilidades de integración o exclusión que se abren después. La experiencia pertenece a la persona, pero su significado se negocia con los demás.

En este punto aparece la figura del especialista ritual: el sanador, el adivino, el sacerdote o el chamán, aunque estas denominaciones no deban confundirse ni proyectarse indiscriminadamente sobre la prehistoria. Allí donde una comunidad reconoce fuerzas invisibles, alguien puede asumir la tarea de interpretar señales, realizar ceremonias o restablecer relaciones. El sufrimiento se convierte entonces en un acontecimiento que exige una intervención social organizada. El individuo no queda necesariamente solo ante lo que le ocurre: la comunidad dispone de palabras, gestos y procedimientos para responder.

El ritual puede proporcionar una secuencia de acciones cuando nadie sabe qué hacer, reunir a las personas alrededor de una experiencia que amenaza con aislar al enfermo y transformar una desgracia sin forma en una historia compartida. Puede ofrecer consuelo, pertenencia y expectativas de recuperación. Pero no debemos confundir la eficacia simbólica con la demostración de una causa sobrenatural, ni suponer que todo ritual cura. Las expectativas, la atención, la sugestión y el apoyo colectivo pueden influir en la experiencia del sufrimiento, aunque sus efectos dependan de cada situación y no sustituyan los tratamientos necesarios.

La misma cultura que ofrece protección puede convertirse en una fuente de daño. Si la enfermedad se interpreta como castigo, el enfermo puede ser culpabilizado; si se considera una señal de impureza, puede quedar excluido; si se atribuye a una fuerza hostil, puede convertirse en objeto de intervenciones violentas. La explicación distribuye responsabilidades y determina quién merece cuidado, quién inspira temor y quién debe ser apartado. El sufrimiento puede adquirir sentido, pero ese sentido también puede convertirse en una condena.

Por eso no debemos describir la historia como una marcha lineal desde la superstición hasta la ciencia. Las interpretaciones religiosas, médicas, familiares y psicológicas han coexistido, se han enfrentado y se han transformado mutuamente. Incluso hoy, una persona puede acudir al médico y comprender simultáneamente su sufrimiento dentro de un marco espiritual. La modernidad no ha eliminado la necesidad humana de significado; ha multiplicado los lenguajes con los que intentamos proporcionárselo.

Para la paleopsiquiatría resulta útil distinguir tres planos. El primero es la experiencia: lo que sucede en el cuerpo y en la conciencia. El segundo es la interpretación: el lenguaje cultural con el que esa experiencia se vuelve inteligible. El tercero es la respuesta social: lo que los demás hacen con quien la padece. Estos planos se influyen entre sí, pero no son idénticos. Una experiencia puede persistir aunque cambie su explicación; una creencia puede modificarse sin que desaparezca el síntoma; una comunidad puede pasar de venerar a perseguir a una persona sin que su vivencia haya cambiado sustancialmente.

Esta distinción nos protege de dos errores. El primero consiste en considerar las explicaciones antiguas simples fantasías sin consecuencias reales. El segundo, en convertir cualquier experiencia interpretada como espiritual en una enfermedad que hoy podríamos diagnosticar. La paleopsiquiatría no necesita transformar a los dioses en síntomas ni los síntomas en mensajes divinos. Su tarea es reconstruir, hasta donde sea posible, los mundos en los que el sufrimiento adquiría una forma comprensible.

Quizá el cambio fundamental no fue que el ser humano empezara a sufrir de una manera completamente nueva, sino que aprendió a situar su sufrimiento dentro de universos compartidos de significado. El dolor podía convertirse en castigo, prueba, posesión, destino o señal. Cada interpretación abría determinadas posibilidades de respuesta y cerraba otras. La cultura penetraba así en la experiencia, no porque inventara necesariamente su sustrato biológico, sino porque organizaba la manera de vivirlo y de actuar sobre él.

La historia de la psiquiatría es también, en parte, una historia de la autoridad para interpretar el sufrimiento. ¿Quién tiene derecho a decir qué le sucede al enfermo: el sacerdote, el sanador, la familia, el médico o el propio individuo? ¿Qué ocurre cuando la explicación del que sufre entra en conflicto con la de su comunidad? ¿Cuándo una experiencia extraordinaria se convierte en una enfermedad y quién establece esa frontera?

No existe una respuesta única para todas las épocas. Pero podemos sostener que el sufrimiento humano nunca ha sido exclusivamente un acontecimiento privado: siempre ha ocurrido dentro de mundos culturales que lo nombran, lo explican y deciden qué hacer con él.

Los dioses y los espíritus no fueron únicamente explicaciones de lo desconocido; también fueron formas de organizar la relación entre el sufrimiento, la responsabilidad y la comunidad. Cuando una sociedad establece quién está protegido, quién es peligroso y quién se aparta de lo que considera aceptable, comienza a dibujar una frontera decisiva: la que separa la normalidad de la desviación. Y esa frontera, lejos de ser inmutable, tiene su propia historia.

07/10/2026

Respuesta o no.



Tengo un nuevo amigo. Y es que en eso se convierte un libro cuando llega a mis manos. Le preparo un lugar en mi bolso o mochila para cuando me desplazo y me acompaña a todas partes. Eso hace que sea muy partidario de los e-books, pero en los libros de Arsuaga, un instinto, me inclina a tenerlos en formato papel, por aquello de que los que heredaron mis genes, quizás también, quieran los libros.
No suelo leer novelas a excepción de alguna con contenido histórico. Soy de esos que se incomodan viendo que los premios literarios siempre son para los relatos. Nunca, que yo sepa, son para los ensayos y las divulgaciones. No me gusta que vivamos tanto, que alimentemos tanto nuestro cerebro, de fantasías.
Leo los libros muy lentamente; extremadamente lento diría yo. Y como quiera que casi siempre es ensayo o divulgación científica, a veces leo tres al mismo tiempo.
A veces me atribuyen una cierta obsesión por el espacio. No es que estén equivocados; no. Pero lo que ocurre que para mí, el espacio es una parte indisociable de la Tierra, nuestro planeta. Entonces, para mi curiosidad, es lo mismo la evolución de las especies, que la  geología histórica, que la formación del cosmos. Es un todo, un paquete, del cual obtengo mucha satisfacción y la felicidad que me produce aprender algo cada día.

20/04/2026

Fósiles humanos en Asia

¿Qué nos cuentan los fósiles humanos hallados en Asia en el último siglo?

Reconstrucción facial forense de Homo erectus pekinensis Cícero Moraes. , CC BY-SA
Autoría de Rafael Jordana Butticaz, Universidad de Navarra

Al hablar de los fósiles del género Homo, restos de nuestros antecesores, es habitual recordar que los más antiguos están en África: África del Sur, Etiopía, con el valle del río Omo, o Tanzania, entre otros. Una parte fundamental de fósiles de homínidos proceden de este continente y en él se siguen descubriendo otros nuevos. Hay también yacimientos importantes en Europa (El Sidrón, Atapuerca, Dmanisi, valle de Neander, monte Carmelo, Petralona, etc.), aunque cada vez adquieren más importancia Asia y, en especial, el sudeste asiático.

Un reguero de “eslabones perdidos”

Fue en Java, en 1891, donde el anatomista francés Eugène Dubois creyó encontrar el “eslabón perdido”, al descubrir algunos dientes sueltos, un fragmento craneal y un fémur en las excavaciones en el río Solo, cerca de Trinil. Dubois publicó en 1894 el hallazgo de lo que bautizó como Pithecanthropus erectus (“mono-hombre erguido”), conocido popularmente como “hombre de Java”. Desde 1963, cuando comenzó mi interés en el tema, he visto anunciar muchos supuestos “eslabones perdidos”.

A comienzos del siglo XX, el geólogo y paleontólogo alemán Gustav Heinrich Ralph von Koenigswald obtuvo nuevos fósiles de Trinil y de localidades como Sangiran, a unos 75 km, donde halló un cráneo atribuido a Pithecanthropus.

Entre 1921 y 1937, el paleontólogo austriaco Otto Zdansky excavó la Colina del Hueso del Dragón o Longgushan–en Zhoukoudian, cerca de Pekín, China– y encontró un diente, que estudió el anatomista Davison Black.

Con financiación internacional, Black dirigió más excavaciones en la zona y a la especie a la que pertenecían los fósiles la denominó Sinanthropus pekinensis. Posteriormente, cuando se estableció la identidad o cercanía con los hallados en Trinil, terminaron llamándose Homo erectus pekinensis.

Réplica de un cráneo del hombre de Pekín en el Museo Paleozoológico de China. Wikimedia Commons., CC BY

En las excavaciones encontraron un buen número de fósiles, pero se perdieron en su traslado a Estados Unidos. Solo se conservaron los moldes que habían tenido la precaución de realizar. Estos moldes han permitido corroborar la existencia de ese fósil, al compararlos con los pocos encontrados en el mismo lugar después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1949 y 1979.

Siguen apareciendo nuevas especies

En tiempos recientes, nuevos descubrimientos en el sudeste asiático han cobrado especial relevancia. En 2004, el paleoantropólogo Peter Brown y colaboradores describieron el Homo floresiensis, hallado en la cueva de Liang Bua (isla de Flores, Indonesia), una especie extinguida hace unos 50 000 años. Se ha propuesto que su antepasado podría ser H. erectus, ya presente en la región, y que su reducido tamaño corporal sería resultado del típico proceso de enanismo insular.

Reconstrucción facial forense del LB1 de la especie Homo floresiensis. Cicero Moraes / Wikimedia Commons., CC BY

Por otro lado, en 2009, el equipo de la paleoantropóloga australiana Debbie Argue publicó un análisis en el que parece que el Homo floresiensis puede estar relacionado con el Homo habilis, hallado en África, lo que supondría la admisión de una primera salida desde África de esta especie. Esto lo vincularía también con el Homo georgicus, de la localidad de Dmanisi –en Georgia, entre entre Europa Oriental y Asia Occidental–, que tiene un volumen cerebral algo mayor que H. floresiensis, pero no el doble, como lo tiene el H. erectus.

En al año 2019, el investigador francés Florent Detroit y sus colaboradores describieron formalmente el Homo luzonensis, con los escasos fósiles encontrados en la cueva del Callao (Filipinas) a lo largo de los años 2007-2010. Este podría estar relacionado con H. sapiens o con H. floresiensis, pero de un modo incierto.

El homínido de Denísova

Todas estas investigaciones cambian súbitamente con los hallazgos en las cuevas de Denísova, en el macizo de Altai (Siberia, Rusia). Junto a artefactos atribuidos a neandertales, se encontró una falange de una niña de la que el biólogo sueco-estonio Svante Pääbo pudo extraer el ADN mitocondrial. Este hallazgo dio lugar al homínido de Denísova; confirmado cuando se encontró una niña híbrida, de madre neandertal y padre denisovano, en el año 2018.

Mientras, en la localidad de Yunxian (China central), se descubrieron tres cráneos, entre 1989 y 2022, con una antigüedad estimada en 2026 de 1,77 millones de años. Pueden ser asociados a Homo erectus, pero con una capacidad craneana de 1143 centímetros cúbicos. Este fósil es más pequeño que los cráneos de Homo longi –en chino, “hombre dragón”–, que en estos momentos se considera un denisovano.

El cráneo virtual resultante de los estudios realizados revela una mezcla de rasgos considerados primitivos o ancestrales y derivados o novedosos. Su capacidad endocraneal es mayor que la de H. erectus. El análisis comparativo de cráneo y mandíbula muestra similitudes con H. erectus y H. heidelbergensis, pero también con H. longi –que incluye fósiles de Dali, Jinniushan, Xujiayao y Hualongdong, Xiahe y Penghu– y con H. sapiens.

Todos estos hallazgos recientes permiten considerar cinco grupos de fósiles de este periodo en Asia: Homo erectus asiático, Homo heidelbergensis, neandertales, Homo sapiens y Homo longi. La mezcla de rasgos indicaría hacia un ancestro común de las líneas evolutivas H. longi – H. sapiens (con apomorfías o novedades evolutivas) y H. erectus– H. heidelbergensis, con una antiguedad de 1,77 millones de años.

En busca de un ancestro común

Entre 2014 y 2015, se encontraron fósiles datados en unos 300 000 años en Hualongdong (HLD), provincia de Anhui, sur de China: un cráneo con 14 dientes. Mientras que el cráneo, las extremidades y la mandíbula muestran predominantemente rasgos primitivos compartidos con los primeros ejemplares de Homo, los huesos faciales muestran afinidades más cercanas a los humanos modernos.

Parece que hay dos explicaciones posibles. Por una parte, el flujo genético con una forma más arcaica, como H. erectus, ya presente en la zona. Por otro, una población de Homo estrechamente relacionada con H. sapiens y distinta de H. erectus, los neandertales y denisovanos.

No obstante, el antropólogo estadounidense Alan Rogers y colaboradores, en un artículo de 2020, postulan que, cientos de miles de años antes, los ancestros de los neandertales y los denisovanos se cruzaron con sus propios predecesores euroasiáticos: miembros de una población “superarcaica” que se separó de otros humanos hace aproximadamente 2 millones de años.

Baste este comentario para mostrar cómo la historia de la evolución humana tiene un interesante comienzo en Asia, se traslada a África y vuelve a buscar soluciones –o complicaciones– otra vez en Asia.The Conversation

Autor del artículo: Rafael Jordana Butticaz, Catedrático emérito, Universidad de Navarra. Publicado originalmente en The Conversation. Licencia Creative Commons.

08/05/2024

Legado Neandertal

Quiénes fueron realmente los neandertales y cuál fue su legado

La Cueva del Arco, situada en el paraje de Los Almadenes en la localidad de Cieza (Murcia), se ha convertido en sitio de referencia para el estudio del mundo neandertal del sureste peninsular. Fran Ramírez/Wikimedia Commons, CC BY
Ignacio Martín Lerma, Universidad de Murcia

A pesar de su adaptación exitosa a diversos entornos durante cientos de miles de años, los neandertales desaparecieron de la faz de la Tierra. La razón exacta sigue siendo un tema de debate entre los científicos, aunque todo apunta a que fue en la península ibérica donde se produjo su extinción. Algunos estudios sugieren que podrían haber sido absorbidos o desplazados por poblaciones de Homo sapiens que migraron a la península desde el norte de África durante el Paleolítico superior. Otros investigadores añaden a esto los desafíos ambientales a los que tuvieron que enfrentarse.

Interior del yacimiento de la Sima de las Palomas (Murcia), con la torre de andamiaje que se construyó para su intervención. Elena Ortuño/Wikimedia Commons, CC BY

Lo que es incuestionable es la rica y amplia herencia arqueológica que dejaron por casi toda Europa, y la península ibérica es un territorio clave para su estudio. Destacan decenas de yacimientos con ocupaciones, así como restos fósiles descubiertos en lugares como la cueva de El Sidrón (Asturias) o la Sima de las Palomas (Murcia), que han contribuido significativamente al conocimiento que hoy tenemos sobre los neandertales.

Enterrar a los nuestros

Dar sepultura a nuestros difuntos no es una práctica única de los humanos modernos. Nuestros antepasados prehistóricos también lo hacían, algo que revela una clara capacidad cognitiva. En la actualidad, ha adquirido gran popularidad el yacimiento de Cova Foradada (Valencia), que podría ser el enterramiento neandertal más antiguo de la península ibérica.

Habitualmente, los restos humanos de esta época se encuentran muy fragmentados, en cambio, en este lugar, fueron depositados con sumo cuidado sobre su parte derecha, lo que ha permitido que perduren hasta el momento presente, casi completos, tanto su cráneo como su mano, con lo que aportan una valiosa información de carácter anatómico.

Musteriense, un avance tecnológico

Durante su existencia, a lo largo del Paleolítico medio, se desarrolló la cultura Musteriense, caracterizada por el trabajo de la piedra para producir puntas de lanza o herramientas como los denticulados, similares al actual cuchillo de sierra.

Ocupación neandertal en Europa (azul), Sudeste asiático (naranja), Uzbekistán (verde) y las montañas Altai (violeta), según se infiere por los restos óseos encontrados. Nicolas Perrault III, CC BY

Gracias al estudio de esta industria lítica, podemos conocer datos muy interesantes de la vida cotidiana de nuestros antepasados. Por ejemplo, yacimientos como la Cueva del Arco (Murcia) están permitiendo conocer cómo organizaban espacialmente su hábitat, o Cueva Antón (Murcia), donde hemos podido extraer datos que atestiguan, gracias al estudio microscópico de las huellas de uso encontradas en las herramientas, en qué épocas trabajaban más la piel o la madera.

Cómo cocinar cangrejos

Por otra parte, para profundizar en determinadas cuestiones, por ejemplo de tipo culinario, ha ayudado mucho la arqueología experimental. Esta disciplina aporta técnicas que permiten ratificar cuestiones tan llamativas como conocer de una manera sistemática, por primera vez en la historia, el consumo de crustáceos marinos, tal y como ocurre en Figueira Brava (Portugal).

Los resultados experimentales indican que los cangrejos se asaban, lo que debilitaba el caparazón y facilitaba su apertura. Aunque también es posible desarticular manualmente las patas, la mayoría de las veces se debió necesitar el uso de un pequeño martillo de piedra. Las cicatrices de impacto y las fracturas longitudinales atestiguan el uso de este tipo de herramientas para acceder a las partes más carnosas de estos animales.

El arte, una prueba de su desarrollo cognitivo

Aunque tradicionalmente se pensaba que los neandertales carecían de expresiones artísticas complejas, los objetos de adorno y el arte son pruebas de que nuestros antecesores poseían mente simbólica.

Existen ejemplos de arte rupestre neandertal en La Pasiega (Cantabria), Maltravieso (Cáceres) y Ardales (Málaga). En las paredes de las tres hay símbolos y unas manos datadas antes de que los humanos modernos llegasen a Europa, hace unos 45.000 años.

Lo mismo ocurre con unas conchas con el umbo perforado, encontradas en la Cueva de los Aviones (Murcia), que muy probablemente sirvieron como adorno personal. Aunque el significado exacto de estos elementos simbólicos sigue siendo objeto de debate, su existencia sugiere una capacidad cognitiva más compleja de lo que se pensaba anteriormente y desafía las concepciones tradicionales sobre su naturaleza y comportamiento.

La cueva de los Aviones, bajo el Fuerte de Navidad, en la bahía de Cartagena (España), yacimiento neandertal donde se encontraron los adornos hechos con conchas. Wikimedia Commons, CC BY

Todas estas evidencias sugieren que los neandertales estuvieron presentes en Europa y, en concreto, en la península ibérica, durante un importante período de tiempo, aunque su desaparición sigue originando muchas incógnitas.

Lo que sí tenemos claro a día de hoy es el gran legado que nos han dejado. Arte, tradición y cultura material se mezclan con un componente mucho más importante y personal, el ADN neandertal que toda persona europea y asiática porta en su genoma.The Conversation

Ignacio Martín Lerma, Profesor Titular de Prehistoria, Universidad de Murcia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

25/04/2024

Sobrevivir a una glaciación

¿Podríamos sobrevivir a una glaciación como hicieron nuestros antepasados prehistóricos?

Anna Om/Shutterstock

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Cristina de Juana Ortín, UNIR - Universidad Internacional de La Rioja

La última glaciación constatada que tuvo lugar en nuestro planeta recibe el nombre científico de Würm, pero es más conocida entre el público como Edad de Hielo. Se calcula que comenzó hace unos 110 000 años y terminó alrededor del 9 700 a.e.c. Empezó entonces el Holoceno, que es el periodo de clima templado actual.

Nos encontramos en una fase interglaciar, pero existe interés en comprender si sobreviviríamos a una glaciación. Se trata de una curiosidad que va más allá de lo hipotético: varios estudios, el último de ellos publicado este mismo año, advierten de que la principal corriente oceánica que regula el clima podría estar colapsando. Como resultado, Europa podría vivir una pequeña edad de hielo en las próximas décadas.

¿Sobreviviríamos a algo así? La respuesta la podemos encontrar en los últimos adelantos tecnológicos, pero también en los estudios prehistóricos.



Mirar el clima del pasado para planificar nuestro futuro

Muchos estudios actuales nos permiten anticipar desafíos en escenarios climáticos diferentes. El conocimiento nos facilita adoptar estrategias adecuadas y los estudios paleoclimáticos son una valiosa fuente de información.

Las glaciaciones estuvieron asociadas a cambios en las precipitaciones y distribución de los ecosistemas. Conocer estas relaciones permite la planificación de estrategias y la gestión de recursos.

En torno al 25 000 a.e.c. se dio el “máximo frío glacial”, pero las poblaciones humanas no desaparecieron. Los estudios genéticos demuestran que los humanos sobrevivieron a la glaciación.

Uno de los aspectos más relevantes para la supervivencia es la adaptabilidad. Durante la última glaciación, tuvimos la capacidad para sobrevivir a condiciones climáticas extremas porque nos adaptamos.

Adaptarse para sobrevivir

Una vez establecido el cambio climático, este se hizo regular y predecible. Cuando eso ocurre, los seres vivos desarrollan alteraciones para adaptarse y manejar esos cambios. Estas pueden ser fisiológicas, genéticas o conductuales.

Un ejemplo es el relacionado con las fosas nasales de neandertales y sapiens. Sus narices eran capaces de calentar y humedecer el aire y les permitían captar un volumen suficiente.

Entonces el aire contaba con unos niveles de oxígeno menores que los actuales. Cada especie tuvo su propia evolución anatómica, pero ambas se adaptaron. Sobrevivieron gracias a las adaptaciones que les dotaron de gran fortaleza física, aunque también modificaron sus estrategias de supervivencia. La alimentación, los útiles y las vivienda fueron adaptadas a las necesidades.

Cambios en el comportamiento y la tecnología

El consumo de fauna se hizo imprescindible debido a la necesidad de grasa para generar calor interno.

El aprovechamiento de la caza fue intensivo. Los restos de grandes animales les permitieron incluso vivir fuera de las cuevas.

No solo ocuparon los lugares de hábitat tradicionales, como cuevas y abrigos: se permitieron establecer lugares de hábitat al aire libre. Así lo han demostrado los hallazgos de cabañas en las zonas más frías de Europa central.

Su tecnología se hizo cada vez más compleja. La elaboración de los útiles se basó en el objetivo de conseguir carne y tuétano.

El tuétano es la masa presente en el interior de huesos, sobre todo en los más largos y gruesos (tibia, fémur). Está compuesto en un 90 % de grasa y es rico en omega 3, minerales y vitaminas. Todo esto lo convierte en un valioso alimento.

El tuétano también es un importante combustible para lámparas. El tipo de grasa que compone el tuétano no produce humo al ser prendida. Esto permitía a nuestros antepasados contar con luz y calor en interiores, con la ventaja de no ensuciar ni el aire ni las paredes.

Neandertales y sapiens compartieron la misma tecnología. Las diferencias en los modos de caza solo podemos apreciarlas en el tamaño de las especies cazadas.

La importancia de moverse y cooperar

Dentro de estas estrategias también encontramos los desplazamientos. La vida nómada se fundamentaba en la búsqueda de unos mejores recursos. Se debían cubrir todas las actividades de mantenimiento del grupo y, al mismo tiempo, garantizar la caza, recolección y la disponibilidad de agua dulce.

En esos desplazamientos, gracias al hielo glaciar, se colonizaron lugares deshabitados hasta entonces. Nos referimos, entre otros, al paso por el estrecho de Bering que conecta Siberia con Alaska.

Los desplazamientos, a su vez, hicieron posible el mestizaje. La necesidad de adaptación fue relevante en el flujo de genes entre humanos arcaicos.

Pero, sobre todo, fueron la cooperación y la ayuda entre humanos las que permitieron la supervivencia. La integración, el cuidado y el trabajo en equipo se convirtieron en la principal ventaja ante la adversidad.

¿Y qué pasa hoy?

A todo lo anterior habría que añadir los avances tecnológicos actuales. Hoy en día tenemos ventajas significativas en comparación con nuestros antepasados. Para empezar, contamos con infraestructuras más sólidas y eficientes para proporcionar calefacción en entornos fríos. También existen sistemas de almacenamiento y de distribución de alimentos muy sofisticados, y disponemos de tecnologías para la comunicación. Esta es imprescindible para facilitar la coordinación y el intercambio de información.

La investigación en genética y biotecnología aporta herramientas para mejorar la resistencia y adaptabilidad. Los cultivos y ganado podrían ser preparados mediante estas herramientas para crear subespecies más resistentes al frío. En un contexto adecuado se podría garantizar una fuente confiable de nutrientes.

La conciencia medioambiental también puede resultar esclarecedora. Debe permitirnos adoptar prácticas sostenibles y la transición hacia fuentes de energía limpia.

A pesar de las predicciones, siempre se podrán dar desafíos únicos: será fundamental combinar innovación, cooperación global y gestión de recursos naturales. Solo podremos sobrevivir como una sociedad que sea integradora y que trabaje en equipo.

En resumen, basándonos en la prehistoria, podemos concluir que estamos mejor equipados y preparados que nuestros ancestros que vivieron hace más de 25 000 años. Gracias a ellos y a la comprensión de nuestro pasado hoy poseemos valiosas lecciones para afrontar el futuro de nuestra especie.The Conversation

Cristina de Juana Ortín, Personal docente e investigador, miembro del grupo de investigación ART-QUEO, UNIR - Universidad Internacional de La Rioja

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

30/11/2023

Codi d'Hamurabi

L'
Estela d'Hammurabi és una pedra basàltica negra de dos metres d'alçada, on hi ha escrit el Codi d'Hammurabi, un dels compendis legals més antics i coneguts, i un dels exemplars millor conservats d'aquest tipus de documents creats en l'antiga Mesopotàmia. El codi, escrit en accadi, inclou 282 disposicions legals sobre el comerç, els impostos, el matrimoni, el divorci, el robatori, l'esclavitud i els deutes. Moltes d'aquestes lleis s'assemblen, -tant pel que fa al contingut com a la redacció-, a les que trobem al Deuteronomi i que Jahvè transmeté a Moisès.

Es basa en l'aplicació de la llei del Talió («ull per ull i dent per dent»), i és també un dels exemples més primerencs del principi de presumpció d'innocència, ja que suggereix que l'acusat o l'acusador tenen l'oportunitat d'aportar proves. Va ser escrit el 1750 aC pel rei de Babilònia Hammurabi i s'hi unificaren els codis existents a les ciutats de l'imperi babilònic. Actualment, es conserva al Museu del Louvre de París.
Deia coses com aquestes:
  • La jerarquització de la societat. Existeixen tres grups, els homes lliures o awilum, els muškenum (els qui s'especula podrien ser serfs o subalterns, semilliures) i els esclaus o wardum.
  • Els preus. Els honoraris dels metges varien segons s'atengui un home lliure o a un esclau.
  • Els salaris. Varien segons la naturalesa dels treballs realitzats.
  • La responsabilitat professional. Un arquitecte que hagi construït una casa que es desplomi sobre els seus ocupants i els hagi causat la mort és condemnat a la pena de mort.
  • El funcionament judicial. La justícia la imparteixen els tribunals i es pot apel·lar al rei; les fallades s'han de plasmar per escrit. Es basa en la baremació dels testimonis orals i inclou sancions per a les falses acusacions.
  • Les penes. Apareix inscrita una escala de penes segons els delictes i crims comesos. La base d'aquesta escala és la llei del Talió.
Ja veieu. Fins i tot fa 3.800 anys, ja es contemplava la possibilitat de penar els que feien falses acusacions.
Aquests són els nivells d'impunitat que fa temps que exerceix algun jutge intentant acusar de terroristes a qui no ho són.

Això sí; ni una paraula sobre amnisties



08/12/2022

L'avi d'Europa

 Los de Banyoles, siempre dando la nota. No lo pueden evitar.
Y por supuesto rompiendo moldes y dando al traste con hipótesis paleontológicas que ahora quedan en esa zona gris de la incertidumbre.

Terres misterioses, les que envolten el llac. I ara ens sorprenen amb això:
L'avi d'Europa vivia al Pla de l'Estany.

2 min. 19 seg.


06/11/2022

La conexión con los otros

 


Duración 17' y 27"

Ignacio Martinez Mendizabal

Especialista en el campo de la Evolución Humana, su línea principal de investigación es la Bioacústica Evolutiva y el Origen del Lenguaje. Pertenece desde 1984 al Equipo Investigador de los Yacimientos Pleistocenos de la Sierra de Atapuerca, que fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica del año 1997. Es socio de Honor de la UNESCO desde año 2012.

Desde que, en 1859, Darwin publicó su célebre obra “El Origen de las Especies por medio de la Selección Natural”, un rasgo del comportamiento humano ha constituido un auténtico desafío para la Biología Evolutiva. Nuestra especie es capaz de formar grupos muy numerosos de individuos que cooperan estrechamente entre sí, hasta el punto de sacrificar sus intereses individuales en aras del bien común. ¿Cómo es posible que la Selección Natural, que prima el comportamiento egoísta, haya dado lugar al altruismo humano? Para dar respuesta a esta pregunta, Darwin enunció lo que hoy en día se conoce como “Selección de grupo” y expresó su convencimiento de que lo que une a los grupos humanos no era el compartir genes, sino valores e ideales. Además, también pensaba que el amor a los demás había jugado un importantísimo papel en la cohesión de los grupos humanos a lo largo de su historia evolutiva. Las ideas de Biología evolutiva, como las propuestas por Darwin, deben ser contrastadas a la luz del registro fósil de la evolución humana…pero ¿acaso fosiliza el amor, o los valores? En una pequeña cavidad de la Sierra de Atapuerca se encuentran algunas de las claves para responder a nuestras preguntas. Profesor Titular del Área de Antropología Física de la Universidad de Alcalá. Director de la Cátedra de Investigación (HM-Hospitales – Universidad de Alcalá) de Otoacústica Evolutiva y Paleoantropología. Co-Director del Centro de Investigación (Universidad de Buenos Aires) Francisco Javier Múñiz para el Estudio de la Evolución Humana y de los Ecosistemas.