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| Imagen: Gemini Banana IA |
11/05/2026
14/12/2025
Los planes del Roman
El lanzamiento de Roman está previsto para mayo de 2027, pero el equipo prevé su lanzamiento para el otoño de 2026.
25/11/2025
Una revolución darwiniana de la neurociencia
Atención: Artículo largo; requiere más de 10 minutos de lectura.
Rafael Yuste: “Nos hallamos al comienzo de una revolución darwiniana de la neurociencia”
Director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia e ideador de la iniciativa BRAIN, Rafael Yuste (Madrid, 1963) es actualmente una de las figuras más respetadas de la neurociencia. Entre sus múltiples facetas está la de divulgador, como demuestra con maestría en su libro El cerebro, el teatro del mundo (Paidós, 2024). Además, lidera la defensa de los neuroderechos, es decir, la protección legal y ética de la privacidad de la mente humana frente a dispositivos que ya son capaces de descodificar y almacenar nuestros pensamientos más íntimos.
En su último libro no deja de manifestar asombro por ese pedazo de materia, apenas kilo y medio de masa gelatinosa, que llamamos cerebro. ¿Es de verdad algo tan excepcional en la naturaleza?
Se trata posiblemente del sistema biológico más complejo que existe. La biología es algo todavía misterioso, inexplicable: ¿cómo se desarrolla la vida y cómo se autofabrican los animales? Y de todo esto surge el sistema nervioso, una red de neuronas de cifras astronómicas que forman un trillón de conexiones, más que todo el internet de la Tierra. Que la mente surja de esa maraña, me parece una cosa absolutamente increíble. Es justo decir que es el pedazo de materia conocida más asombroso del cosmos.
¿Y en qué estado del conocimiento del cerebro nos encontramos? ¿Todavía tiene que llegar una revolución como la de Darwin en la evolución, o como la de Einstein en la física, para comprender de verdad cómo funciona?
Justamente nos hallamos al comienzo de una revolución darwiniana en la neurociencia. Llevamos más de 100 años, desde los tiempos de Santiago Ramón y Cajal, destripando cerebros y estudiándolos neurona a neurona. Hemos aprendido muchísimas cosas en el último siglo sobre cómo funcionan las neuronas individualmente, de qué están compuestas, qué tipo de proteínas tienen… Yo diría que hemos acumulado un conocimiento bastante grande a nivel molecular y celular. Pero la pieza que falta es saber qué ocurre cuando esas neuronas se conectan entre sí en redes neuronales.
No obstante, ya se adivina lo que puede ser una teoría general del cerebro. Gracias a ella, de repente, empiezan a encajar todas las piezas que estaban sueltas y podemos vislumbrar cómo funciona ese órgano, cuál es su objetivo y qué papel juega cada una de sus partes y cada una de sus neuronas. De ahí que estemos viviendo un momento tan excepcional en la historia de la neurociencia.
Kant señaló que la razón humana está destinada a afrontar preguntas que no puede ignorar, pero que tampoco puede responder. ¿Es el misterio de la conciencia una de esas preguntas que no se pueden contestar? ¿O no hay nada que se le pueda resistir a la ciencia?
Yo creo que la conciencia será entendible científicamente. Empieza a aparecer alguna teoría con visos de explicarla. Simplemente se trata de otra consecuencia del funcionamiento del sistema nervioso como redes neuronales.
Según mi hipótesis del “teatro del mundo”, el cerebro genera un modelo mental donde cada persona y cada elemento presente en nuestra vida existen también mentalmente, con un grupo de neuronas que los representan. Es bastante “de cajón” que uno de esos elementos sea la propia persona o el propio animal. Si entendemos así el funcionamiento del cerebro, la conciencia sería simplemente la existencia del personaje dentro del modelo del mundo que nos representa a nosotros mismos.
Otro tema de debate “caliente” que involucra actualmente a neurocientíficos y filósofos es el del libre albedrío. Algunos de sus colegas, como Robert Sapolsky, niegan incluso que exista. ¿Cuál es su postura al respecto?
Yo propondría que lo que llamamos libre albedrío o libertad de elección es la consecuencia de un montón de circuitos cerebrales que se involucran en ese tipo de decisiones. La mayor parte del procesamiento de la información es inconsciente; solo somos conscientes de una parte muy pequeña de lo que ocurre en nuestro cerebro. Cuando este toma una decisión, en realidad, somos nosotros los que hacemos esa elección y, de repente, se hace consciente.
Aunque en ese momento pensamos que hemos tomado la decisión libremente, desde cierto punto de vista ha sido determinada por todo el proceso que tenemos en la cabeza. Y, a la vez, no es algo impuesto desde fuera, porque lo hemos escogido nosotros. O sea, yo diría que nos hallamos más bien ante un problema de terminología: lo que llamamos en el lenguaje cotidiano “libre albedrío” es un asunto mucho más complejo que refleja todo un procesamiento, sobre todo en las áreas corticales frontales.
En el lenguaje ordinario, por ejemplo, utilizamos palabras que nos sirven como comodín para describir cosas que no entendemos bien. Luego, cuando las descifra la ciencia, nos damos cuenta de que esas palabras distan de ser exactas. Yo creo que al libre albedrío le ocurrirá algo parecido: en el futuro describiremos cómo tomamos las decisiones de una manera mucho más precisa y rigurosa y no habrá malentendidos.
Según su hipótesis del teatro, el cerebro solo representa una parte de la realidad con el fin de maximizar nuestras probabilidades de sobrevivir y reproducirnos. Por ejemplo, ha escrito: “Lo que percibimos no es lo que existe, sino lo que nuestro cerebro piensa que existe”. ¿No produce un poco de vértigo existencial?
Sí, parece muy paradójico porque nosotros vivimos creyendo que somos parte de una realidad que existe ahí fuera. Precisamente, fue Kant quien planteó la noción revolucionaria de que creamos la realidad en nuestra mente. En vez de decir que la mente humana refleja el mundo, el exterior, Kant propuso lo contrario: que el exterior refleja la mente. Gracias a la neurociencia moderna, sobre todo los estudios de la actividad cerebral espontánea, estamos encontrando cada vez más datos que confirman las hipótesis kantianas.
No solo los filósofos, sino también los neurobiólogos y los psicólogos nos hemos dado cuenta de que muchas percepciones sensoriales del día a día son difíciles de explicar, a no ser que estemos generando la realidad internamente.
Sería el caso de los sueños, las alucinaciones…
Esos son ejemplos muy dramáticos. La gente puede decir: “Bueno, ya, pero la mayor parte del tiempo no estamos soñando o alucinando”. Yo pongo el ejemplo del punto ciego de la retina. Hay una parte del ojo que no recibe información visual del exterior, pero cuando miramos algo, ese “agujero negro” se rellena con lo que hay a su alrededor. Muchas otras situaciones estudiadas por los neurobiólogos también demuestran cómo las percepciones auditivas, olfativas, táctiles o gustativas, así como la sensación de dolor, se generan internamente.
Usted afirma también que estamos finamente programados para identificar y reaccionar a los cambios, a las novedades. ¿Son de algún modo los algoritmos de las redes sociales un mecanismo sofisticado para manipular esa capacidad?
Sí, yo creo que hay algo de esto. Para mantener bien ajustado su modelo del mundo, para que este sea riguroso y encaje perfectamente con la realidad exterior, nuestro cerebro tiene que estar retocándolo continuamente. Porque si no lo hiciera, estaríamos abocados al fracaso evolutivo. A la evolución le interesa que nuestro modelo del mundo esté siempre al día. Y lo logramos, igual que sucede en ingeniería, con un algoritmo que ajusta los errores en nuestras predicciones de lo que va a ocurrir. Estamos haciendo predicciones continuamente.
Por eso somos hipersensibles al cambio, que puede definirse como algo que no hemos previsto. En este sentido, hay situaciones increíbles. Si exponemos a un paciente anestesiado a una estimulación sensorial (por ejemplo, auditiva) y medimos su actividad cerebral, cuando dicha estimulación cambia, comprobaremos que su cerebro lo ha detectado. Somos una especie volcada hacia la novedad. Y las redes sociales lo explotan utilizando probablemente los mismos mecanismos cerebrales que las personas usamos para ajustar el modelo del mundo.
Hace 10 años experimentó lo que usted ha llamado “momento Oppenheimer”, ¿podría explicarnos en qué consistió esa revelación?
Ocurrió cuando intentábamos probar experimentalmente en el laboratorio de Nueva York la hipótesis de que el cerebro es “el teatro del mundo”. En primer lugar, enseñamos un objeto a un ratón e identificamos el grupo de neuronas de su corteza visual que se activaba cuando lo observaba. Después, activamos las mismas neuronas sin mostrarle nada y el animal se empezó a comportar como si estuviese viendo ese objeto externo.
A mi entender, ha sido una de las demostraciones más nítidas de la hipótesis del teatro del mundo y de la idea kantiana de que la realidad exterior se construye internamente. Desde el punto de vista de la neurociencia, fue un día feliz, porque pusimos el ladrillito crítico en el edificio de una nueva teoría para comprender cómo funciona el cerebro. También lo fue desde el punto de vista clínico, ya que al activar esas neuronas en el cerebro del ratón, estábamos generando una alucinación, uno de los síntomas más notorios de la esquizofrenia. Es interesantísimo poder hacer eso, porque una vez que generas alucinaciones en el cerebro de un animal, puedes estudiarlas e intentar prevenirlas.
Sin embargo, esa noche no pude dormir porque también caí en la cuenta de las consecuencias técnicas y sociales del descubrimiento. Al generar percepciones falsas en el cerebro de animales, estábamos abriendo la puerta a la posibilidad de manipular el cerebro humano y manejar el comportamiento de las personas. O sea, me ocurrió un poco lo mismo que narra la película Oppenheimer, cuando este, al encender el reactor nuclear, se da cuenta de los potenciales efectos nefastos de la tecnología que habían creado. Y es una puerta que ya no se puede cerrar.
Desde entonces, estoy involucrado en lo que llamamos neuroderechos, que consiste en generar una serie de reglas jurídicas y éticas para prevenir la manipulación y descodificación de la actividad cerebral. El objetivo es que la neurotecnología se utilice para el bien común por razones científicas y médicas, siempre respetando los derechos humanos.
¿Y qué tipo de tecnología tiene mayor potencial de vulnerar esos neuroderechos? ¿Con qué dispositivos o intervenciones debemos estar más atentos?
Actualmente, el problema más urgente tiene que ver con la privacidad mental. La neurotecnología y la inteligencia artificial se han desarrollado con muchísima rapidez y, cuando ambas se conjugan, permiten descifrar aspectos muy personales de la actividad cerebral. Por ejemplo, las palabras que conjuramos en la mente, las imágenes, las emociones… Incluso, se han podido descifrar los gestos faciales.
Esto ya se aplica en la clínica, por buenas razones. Por ejemplo, la neurotecnología ha descodificado las palabras formadas en la mente de pacientes completamente paralizados, lo que ha permitido que se comuniquen con el exterior. Ahora se empiezan a vender dispositivos no implantables, como cascos o diademas, que pueden medir la actividad cerebral de una manera eléctrica, como lo hace un electroencefalograma, y traducir las palabras que las personas generan internamente en su mente. Es algo muy positivo y, al mismo tiempo, muy preocupante, porque las compañías que empiezan a vender estos dispositivos de neurotecnología portátil no están reguladas en absoluto.
La Fundación de Neuroderechos, que dirijo, llevó a cabo un estudio, publicado hace más de un año, sobre 30 compañías de neurotecnología comercial. Todas ellas acaparan los datos neuronales del consumidor y la mayoría los venden a terceras partes. Ahora estamos involucrados en una campaña global para prevenir esta hemorragia de datos neuronales, porque nos parece que la privacidad mental de las personas tiene que ser un derecho humano básico.
Ya hay seis lugares del mundo donde la actividad cerebral está protegida legalmente: Chile, el estado de Río Grande del Sur de Brasil y los estados de California, Colorado, Montana y Connecticut en Estados Unidos. ¿Cree que existe realmente concienciación pública y voluntad política para que se extienda el establecimiento de marcos jurídicos y el reconocimiento de estos nuevos derechos humanos?
De hecho, todas esas regulaciones han sido aprobadas por unanimidad y de manera transversal. Cuando la gente entiende lo que está en juego, es muy fácil convencer a los representantes de los ciudadanos, a los diputados, senadores o gobernadores para que se involucren. La cuestión es correr la voz, contar las cosas o aprovechar entrevistas como esta para explicar a la gente que es una situación urgente.
Por otra parte, hay quien piensa que ya existen regulaciones que nos amparan contra las amenazas derivadas de las neurotecnologías, como el derecho a la libertad de pensamiento, recogido en el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Esta postura defiende que no es necesario desarrollar nueva legislación y que, incluso, sería contraproducente. ¿Qué responde a esos reparos?
Creo que es una posición equivocada, basada en el desconocimiento. De hecho, nuestra fundación publicó hace cuatro años un análisis muy extenso sobre todos los tratados internacionales, incluyendo el que has mencionado, con el que demostramos que los neuroderechos no estaban bien protegidos.
Me parece muy arriesgado, incluso poco profesional, decir que todo está atado y bien atado, que las legislaciones son perfectas y no tienen que cambiar nunca. Es bastante lógico pensar que, a la vez que avanzan la ciencia y la tecnología, deben hacerlo las reglas sociales, incluyendo los tratados internacionales de derechos humanos.
Cantabria ha presentado un anteproyecto de salud digital que, entre otras cosas, protegerá neuroderechos y datos generados por el cerebro. ¿Puede convertirse España en la punta de lanza europea en este ámbito?
La idea es esa: que, por un efecto dominó, otros países europeos acaben tomando medidas parecidas. Es lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde actualmente unos diez estados están considerando leyes de datos para proteger la actividad cerebral de las personas.
Dice que el siglo XXI será el de la neurociencia. Afirma que, si descubrimos cómo funciona de verdad el cerebro, eso tendrá repercusiones revolucionarias en la cultura, la educación, la justicia… En el clima, a menudo apocalíptico, que impera, ¿se atreve a ser optimista con el futuro?
Sí, soy optimista. La ciencia y la medicina tienen una hoja de servicios impecable en el pasado. Y el pasado es la mejor predicción del futuro. En mitad de todo este fragor actual, los científicos y los médicos siguen trabajando día tras día, iluminando aspectos de nuestra propia identidad. Creo que el conocimiento es liberador, que despejaremos las telarañas mentales heredadas de los prejuicios de generaciones anteriores.
Yo trabajo con la ilusión de que estos nuevos conocimientos permitan no solo mejorarnos a nosotros mismos mentalmente, sino también como sociedad y como cultura. Puede compararse a lo que ocurrió en el Renacimiento, cuando el conocimiento de la biología, del cuerpo humano y del papel que juega el ser humano en el mundo alumbró una gran revolución en aspectos no solamente científicos, sino también artísticos, culturales, sociales y de organización de los sistemas políticos. Nos hallamos ante una posible nueva revolución comandada por la ciencia y la medicina.
Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a los derechos digitales.![]()
Pablo Colado, Redactor jefe / Editor de Salud y Medicina, The Conversation
Artículo publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
10/11/2025
La canica azul, cada vez lo es menos.
El presente artículo ha sido publicado originalmente en Cuaderno de Cultura Científica con licencia Creative Commons.{alertInfo}

El 7 de diciembre de 1972, a las 12:33 a. m, el colosal cohete Saturno V despegaba desde el actual Centro espacial Kennedy rumbo a la Luna. Se trataba de la última misión del programa Apolo y en ella viajaba la última tripulación que pisaría la Luna hasta nuestros días. Apenas cinco horas después del lanzamiento los astronautas Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt se encontraban ya a casi 30.000 kilómetros de nuestro planeta cuando decidieron mirar por la ventanilla y observar la Tierra desde la distancia. La fotografía que tomaron en aquel momento se conoce popularmente como «la canica azul» y pronto se convirtió en un icono de los movimientos medioambientales de los setenta inspirando la idea de que debemos cuidar nuestro único y frágil hogar en el inmenso cosmos.
Era la primera vez que un ser humano captaba una imagen de la Tierra de manera completa, nítida y sin sombras. La fotografía original, tomada por la tripulación desde el Módulo de Mando y Servicio (CSM), mostraba el Polo Sur en la parte superior de la imagen pero posteriormente fue girada para cumplir con las expectativas y convenciones de orientación con el norte en su lugar. También fue única al captar la Antártida y casi todo su casquete polar, así como la costa de África, tanto en el Atlántico como en el Índico e incluso el potente ciclón de Tamil Nadu que, apenas unos días antes, había provocado fuertes vientos e inundaciones en la India.
Pero, además de las características físicas y geográficas de la fotografía, más allá de su simbología y trascendencia o de las incontables tecnologías que fueron necesarias para poder tomar una fotografía así desde el espacio, la célebre «Blue Marble» fue posible gracias al albedo de nuestro planeta. Ya sea un pequeño punto azul pálido o una canica brillante en el oscuro vacío del espacio, nuestra querida Tierra es visible desde el espacio porque refleja la luz… aunque según los todos estudios y datos satelitales de las últimas décadas, cada vez menos.

El albedo es un concepto científico que expresa el porcentaje de luz solar que refleja una superficie. La nieve, por ejemplo, puede tener un albedo de hasta un 0,9, es decir puede reflejar hasta el 90 % de la luz solar que incide sobre ella. Por otro lado, «el océano abierto puede tener un albedo inferior a 0,1, lo que significa que absorbe más del 90 % de la luz solar incidente y reflejando menos del 10 %».
Un nuevo estudio, publicado hace unas semanas en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), vuelve a confirmar que nuestro planeta está perdiendo albedo y, desde hace décadas, es un cuerpo cada vez más y más oscuro. Los autores, encabezados por el investigador Norman Loeb, pertenecen al departamento de Ciencias de la radiación de NASA y han utilizado datos de tres satélites diferentes que miden «la luz solar incidente frente a la radiación de onda larga saliente, es decir, la cantidad de radiación reflejada de vuelta al espacio».
Los datos proceden del programa CERES, un acrónimo cuyas siglas se corresponden con «Sistema de Nubes y Energía Radiante de la Tierra» y que cuenta en la actualidad con una red de satélites que miden el balance de radiación terrestre (BRT). Desde el año 2000, CERES ha estado registrando cuánta luz solar absorbe nuestro planeta así como la cantidad de radiación infrarroja que escapa de vuelta al espacio. El equipo de Loeb utilizó estas mediciones para analizar el balance energético de nuestro planeta en los últimos 24 años (2001-2024) y, posteriormente, combinó estos datos con otras fuentes de información como cámaras espectrales de alta resolución, mapas de nieve y nubes, y modelos climáticos por computadora para llegar a una conclusión esperada: la Tierra lleva décadas oscureciéndose.
Un sistema desequilibrado en el Hemisferio Norte
El trabajo publicado no solo ha utilizado los datos satelitales del programa CERES para confirmar el paulatino oscurecimiento de la Tierra sino que además, y puede ser su mayor aportación, incluye un descubrimiento con importantes repercusiones: El Hemisferio Norte se está oscureciendo más rápido que el Sur.
Según las mediciones del estudio, el Hemisferio Norte «absorbe aproximadamente 0.34 vatios más de energía solar por metro cuadrado por década que el Hemisferio Sur», una diferencia que parece menos pero que, teniendo en cuenta toda la superficie del planeta, supone una «cantidad enorme», explica Loeb en Eos.org.
Hasta ahora se pensaba que la Tierra absorbía y reflejaba la energía procedente del Sol de manera balanceada y que no había una diferencia significativa entre ambos hemisferios, sin embargo este nuevo estudio descarta esa hipótesis y apunta a un desequilibrio notable entre hemisferios en el que el Norte está absorbiendo un plus energía y, por tanto, se oscurece más.
¿Por qué el Hemisferio Norte se oscurece más?
El trabajo publicado también expone los motivos de este desequilibrio e indica tres factores fundamentales. El primero, quizá el más obvio, es el deshielo. En el Hemisferio Norte la nieve y el hielo, especialmente en el Ártico, se están derritiendo a un ritmo más acelerado y eso reduce el albedo exponiendo la tierra y el océano que hay debajo.
El segundo aspecto a tener en cuenta son las regulaciones medioambientales que, en los últimos años, han logrado disminuir la contaminación en lugares como China, Estados Unidos y Europa, lo que significa que «hay menos aerosoles en el aire para reflejar la luz solar. En el Hemisferio Sur ocurre lo contrario».
Y en tercer lugar, los autores mencionan el vapor de agua. «Debido a que el Norte se está calentando más rápido, también retiene más vapor de agua, un gas de efecto invernadero que no refleja la luz solar sino que la absorbe. Esa es otra razón por la que el Hemisferio Norte está absorbiendo más calor».
Pero todavía quedan incógnitas que resolver en este panorama y factores de los cuales aún desconocemos su influencia, como por ejemplo la cobertura de nubes. Otro de los hallazgos interesantes de este estudio es que, en los últimos 20 años, la cobertura de nubes no ha cambiado significativamente a pesar de la asimetría Norte-Sur. «Debería verse más reflexión por parte de las nubes en el Hemisferio Norte (en comparación con el Sur), pero no la vemos», concluye Loeb.
En definitiva, el nuevo estudio publicado por NASA nos muestra que nuestro planeta está absorbiendo cada vez más radiación, reflejando menos luz y calentándose de manera acelerada, sin olvidar que el Hemisferio Norte lo hace más rápido que el Sur.
Si los astronautas del Apolo 17 mirasen en nuestros tiempos por la ventana de su módulo, la fotografía de nuestra «Canica Azul» sería hoy algo menos brillante y más oscura, un punto azul cada vez más pálido…
30/09/2025
El plan de dios
Esto sí, me parece lo más cercano a un libro sagrado. Libro que no precisó de guion ni guionista. El único en la existencia universal, que se ha escrito solo y que muy probablemente aún esté inacabado.
23/01/2025
Nosotros y nuestro nietos
Somos quienes somos, en parte, gracias a los ácidos nucleicos de nuestro genoma: adenina, timina, guanina, citosina y uracilo. Sin embargo, nuestro material genético no se compone solo de ellos, sino que va más allá. Llamamos “epigenética” a aquellas marcas que producen cambios en la expresión de los genes sin modificar la secuencia de nucleótidos. Estas marcas tienen una gran importancia en cómo se expresan los genes y, por tanto, sobre nuestra apariencia y propensión a sufrir enfermedades.
Estas “marcas epigenéticas” están influenciadas por el ambiente, pero también por la secuencia de ADN. Eso implica que pueden estar condicionadas por nuestra forma de vida, desde la alimentación hasta el estrés. Existe una corriente que promulga que la epigenética se transmite de padres a hijos, incluso que el medio ambiente que sufrieron las abuelas pueden afectar a las nietas. Otros llegan a sugerir que podemos heredar los traumas de nuestros progenitores.
Estas sorprendentes afirmaciones han despertado el interés de numerosos genetistas. Podrían sugerir la necesidad de revisar las leyes de la herencia tal y como las conocemos. Por ello, la ciencia ha tratado de responder durante las últimas décadas a la pregunta de si existe una “herencia epigenética”.
El error del lamarckismo
Por un lado, la idea de una “herencia epigenética” evoca las teorías del naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829). Según el lamarckismo, los individuos reciben influencia de las condiciones y el ambiente en el que viven y moldean las características de las especies. Estas son después transmitidas a la descendencia.
Esto puede entenderse con mayor facilidad mediante el ejemplo más famoso de esta teoría: el de que las jirafas, al estirarse para conseguir alimento de los árboles más altos, alargaban sus cuellos. Como podían acceder a más comida porque alcanzaban más alto, tenían más probabilidad de sobrevivir. Esta modificación se transmitía a los descendientes. Otro caso sería el del herrero que conseguía brazos fuertes por su trabajo: según el lamarckismo sus hijos también heredarían esta fortaleza muscular.
Pese a resultar tan intuitiva, la teoría de Lamarck fue refutada por la teoría de la evolución del británico Charles Darwin (1809-1882). Según ella, son mecanismos como la selección natural los que provocan que algunos individuos (las jirafas con cuellos más largos) sobrevivan más y dejen más descendientes, lo que a su vez provoca que esos genes se transmitan más.
¿Tenemos evidencias de la herencia epigenética?
Para responder a esta pregunta debemos primero diferenciar entre dos conceptos: la “herencia epigenética transgeneracional” y los “efectos epigenéticos intergeneracionales”.
Los efectos epigenéticos intergeneracionales se darían cuando un mismo evento afecta a varias generaciones de forma simultanea. Las condiciones para esto se dan en una embarazada que contiene al feto y a las células germinales (óvulos) de ese feto, que dará lugar a las nietas y nietos. Por tanto, en ese momento coinciden tres generaciones. Un efecto ambiental que cambie la epigenética afectaría a las tres, no por transmisión o herencia, sino por un efecto simultáneo directo que afectaría a la madre, la hija y los nietos.
La hambruna holandesa de los años 1944-1945 es un conocido caso de epigenética intergeneracional. Los fetos de las mujeres embarazadas durante ese periodo variaron su epigenética debido a las condiciones de hambruna de sus madres, lo que les volvió más susceptibles a enfermedades metabólicas durante su vida adulta.
Por otra parte, la herencia epigenética transgeneracional sería la transmisión de las marcas epigenéticas desde los progenitores a los descendientes a través de la línea germinal (óvulos y espermatozoides) de forma sistemática a través de varias generaciones, como sucede con los genes a lo largo de la evolución.
Esto último es algo para lo que no tenemos pruebas. Al menos, en mamíferos. En otros organismos, como insectos y plantas, sí parece haber una herencia epigenética transgeneracional más allá de tres generaciones.
Razones por las que la herencia epigenética no ha sido probada
Para poder asegurar que existe la herencia epigenética transgeneracional es necesario cumplir cinco requisitos:
Que la primera generación no expuesta a los mismos factores ambientales que sufrieron las abuelas haya heredado el rasgo fenotípico.
Que la primera generación no expuesta a los mismos factores ambientales que sufrieron las abuelas haya heredado las marcas epigenéticas.
Que las marcas epigenéticas hayan sido adquiridas por línea germinal, descartando que hayan sido adquiridas en los mismos sitios pero a posteriori.
Analizar las marcas en la células germinales para verificar que portan las marcas epigenéticas.
Verificar que los cambios en la expresión genética se mantienen en las diferentes generaciones.
Sorprendentemente, incluso los estudios que dicen haber encontrado herencia epigenética transgeneracional, no cumplen la mayoría de estos criterios. Muchas veces se ignora el doble borrado que ocurre durante la maduración de las células germinales y durante la fecundación, cuando se produce un “borrado epigenético” de casi la totalidad de marcas epigenéticas. Aunque alguna escape, son casos aislados y aleatorios en los que no se podría hablar de una herencia programada.
A pesar de todo esto, la existencia de la herencia epigenética sigue debatiéndose. Es tremendamente complicado demostrar su existencia, ya que existen multitud de variables de confusión que hasta la fecha han impedido su verificación. Sin embargo, hay más evidencias de su inexistencia, como el borrado epigenético y la ausencia de indicios más allá de tres generaciones.
El efecto intergeneracional es algo diferente, como se pudo ver con las embarazadas holandesas expuestas al hambre durante la Segunda Guerra Mundial. Las madres gestantes o en proceso de serlo deben cuidar de los factores ambientales que les rodean, puesto que afectarán a sus hijas, hijos y, probablemente, a sus nietas y nietos.![]()
Óscar González-Recio, Genetista. Investigador Científico del INIA-CSIC, Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA - CSIC)
Artículo publicado en The Conversation.
21/01/2025
Miniaturas rencorosas

Las ventajas evolutivas del reconocimiento son incontables y han resultado claves para desarrollar un mundo de identidad y pertenencia. Saludamos al vecino del 4ºB por la mañana, dejamos prestado un bolígrafo a nuestro compañero de trabajo, cenamos en Nochebuena con los miembros de nuestra familia y desconfiamos del hombre que nos sigue de noche por un callejón. Cualquier colectivo, desde las tribus paleolíticas hasta nuestras modernas sociedades se han cimentado sobre la distinción entre el igual y el extraño. Pero esta capacidad no es única del ser humano, de hecho es un factor clave de unión y protección en todas las escalas de la vida. Desde nuestras diminutas células T, capaces de detectar y neutralizar las amenazas procedentes de otras células tumorales o virus, hasta los intrincados nexos que se producen en una manada de lobos.
En las especies eusociales esta habilidad es aún más pronunciada, aunque las formas de identificar a los miembros de su grupo pueden llegar a ser muy variadas. Las hormigas utilizan «los olores para distinguir entre los miembros de su propio nido y los de otros nidos, ya que cada nido tiene su propio olor específico». En estudios anteriores se demostró que las hormigas se comportan de manera más agresiva con sus vecinas más cercanas, un comportamiento lógico puesto que esta cercanía supone una mayor amenaza por el control de los recursos en los alrededores del nido. Son especialmente propensas a abrir sus mandíbulas y morder, a rociar ácido o incluso a matar a sus competidoras. Por otro lado, estas maniobras tan agresivas son menos frecuentes contra los nidos que están más lejos del suyo. Esto representa un claro ejemplo de aprendizaje asociativo en el que los insectos sociales son capaces de asociar una señal de olor con una recompensa o una amenaza.
Es más, la agresividad de las hormigas en su objetivo de defender su hogar está directamente relacionada con la distancia a la que se encuentra el nido que podría suponer un peligro.

Sin embargo, un nuevo estudio publicado hace solo unos días en Current Biology ha dado un paso más y encontrado evidencias de aprendizaje no asociativo en la conducta de las hormigas. No solo detectan las señales características de un nido vecino (efecto del vecino desagradable) sino que son capaces de recordar individualmente a sus rivales más agresivos y adaptan su comportamiento específicamente a ese ejemplar.
Así lo ha demostrado un equipo de biólogos evolutivos de la Universidad alemana de Friburgo que enfrentaron repetidamente a un grupo de hormigas con competidoras de otro nido. Utilizaron hormigas negras de jardín (Lasius niger), muy frecuentes en Europa, América y Asia, que recogieron de diferentes nidos en los alrededores de su centro de investigación.
Las hormigas del grupo de control recordaron las experiencias negativas que tuvieron durante esos encuentros y cuando se encontraron con hormigas de un nido con las que previamente habían tenido encontronazos, recordaron esas experiencias negativas y se comportaron de manera más agresiva con esos adversarios. Por otro lado, esas mismas hormigas fueron menos agresivas con los miembros del nido rival con las que no habían mantenido ningún rifirrafe…

Es lo que en términos populares denominaríamos «me he quedado con tu cara y ya nos veremos la próxima vez». El estudio resulta interesante porque confirma que «el aprendizaje asociativo juega un papel crucial en el reconocimiento tanto de sus compañeras de nido como de sus rivales», pero además muestra que la agresión recibida por una hormiga «actúa como estímulo de aprendizaje no asociativo que la hormiga probable asocia con la etiqueta de olor de su enemigo individualmente». En sus conclusiones, los investigadores añaden que este tipo de aprendizaje y memoria a largo plazo podría ayudarnos a entender mejor las complejas variaciones que las hormigas muestran no solo con sus rivales sino con sus compañeras de nido.
Referencias y más información
Mélanie Bey et al. «Associative learning of non-nestmate cues improves enemy recognition in ants». Current Biology (2024). DOI: 10.1016/j.cub.2024.11.054
Albert Ludwigs «Ants hold grudges, study suggests» Phys.org
Nota de prensa de la Universidad de Freigurg
Sobre el autor: Javier «Irreductible» Peláez (Puertollano, 1974) es escritor y comunicador científico. Autor de 500 años de frío. La gran aventura del Ártico (Crítica, 2019) y Planeta Océano (Crítica 2022). Es uno de los fundadores de la plataforma Naukas.com, editor de ciencia en Yahoo España y Latinoamérica. Es guionista científico en los programas de televisión «El Cazador de Cerebros» y «Órbita Laika» de RTVE. Durante más de una década ha escrito en diferentes medios de comunicación (El País, El Español, National Geographic, Voz Populi). Es autor de los podcasts Catástrofe Ultravioleta y La Aldea Irreductible, y ha colaborado en diferentes proyectos radiofónicos y televisivos (Radio Nacional de España, Radio Televisión Canaria). Es ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital.
09/01/2025
Las ballenas ven en blanco y negro
En la Facultad de Medicina de la Universidad del País Vasco hemos analizando los ojos de tres rorcuales varados en diferentes playas de España entre 2019 y 2021. Y su estudio nos ha ayudado a saber cómo ven las ballenas.
Las tres ballenas que han servido para nuestra investigación tenían medidas similares, alrededor de 18 metros de largo, y pesaban 20 toneladas. Cada ojo era del tamaño de una pelota de balonmano (13 cm de diámetro) y pesaba un kilo.
Ojos para sobrevivir en las profundidades
Los rorcuales, pertenecientes a la familia Balaenoptera, son cetáceos conocidos por su velocidad y aerodinámica, lo que les ha valido el apodo de “galgos de los mares”.
Estos animales marinos carecen de dientes y se alimentan filtrando krill en las zonas superficiales del océano. Su adaptación al medio marino ha dotado a sus órganos, especialmente los ojos, de características únicas que les permiten sobrevivir en las profundidades.
Ballenas varadas
El primer ojo provenía de un rorcual común que varó en Sopelana (Vizcaya, País Vasco) tras la borrasca Helena en febrero de 2019. Tener acceso a sus ojos nos permitió realizar estudios anatómicos y moleculares, además de cultivar las neuronas ganglionares y las células gliales de la retina, conocidas como glía de Müller.
El segundo ojo, de un rorcual boreal, se obtuvo en la playa de Tapia de Casariego (Asturias) durante la borrasca Filomena en enero de 2021. Este material permitió confirmar los hallazgos previos e inmortalizar las células de Müller para investigaciones futuras.
El tercer ojo correspondía a un rorcual que varó en Tavernes (Valencia) en mayo de 2021. En este caso, el ojo de la ballena nos sirvió para corroborar nuevamente los estudios anatómicos y moleculares realizados con los otros ejemplares. Los resultados se publicaron en varias revistas científicas.
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Adaptaciones anatómicas del ojo
En los ojos de los rorcuales encontramos adaptaciones extraordinarias que les permiten resistir las altas presiones y la escasa luz de las profundidades marinas:
La córnea, que permite la entrada de luz al ojo, es hasta cuatro veces más gruesa que la humana. Este refuerzo, junto con la esclera, protege al órgano visual contra las presiones extremas en el hábitat marino profundo.
El cristalino en los rorculaes es esférico, para facilitar la visión bajo el mar, a diferencia de los mamíferos terrestres, que es lenticular.
La esclera, o parte blanca del ojo, es extremadamente gruesa en estos cetáceos: llega a medir hasta 4 centímetros, en contraste con el medio milímetro en humanos. Está formada por colágeno endurecido, lo que protege la retina como si estuviera dentro de un cofre.
El cuerpo cavernoso es un tejido que rodea el nervio óptico y contiene numerosos vasos sanguíneos y músculo liso. En la ballena, cuando se llena de sangre, impulsa el ojo hacia el exterior, permitiendo enfocar de un modo similar a como lo hace un telescopio.
Estos resultados han sido publicados en el capítulo ¿Cómo ven las ballenas? del libro Mamíferos marinos.
Características visuales: visión en blanco y negro
Nuestro análisis reveló que la retina de los rorcuales carece de conos, las células responsables de percibir colores y luz intensa. Por el contrario, está compuesta únicamente por bastones, que son sensibles a bajas intensidades lumínicas y funcionan en condiciones de poca luz.
Esto indica que las ballenas solo ven en blanco y negro, una adaptación al entorno oscuro del océano.
Además, las neuronas melanopsínicas, responsables de informar al cerebro sobre los ciclos de luz/oscuridad (denominados ritmos circadianos), están muy desarrolladas en las ballenas. Esto nos revela que tienen alta sensibilidad a la luz y pueden percibir las intensidades lumínicas variables en los distintos hemisferios, lo que les podría ayudar a orientarse.
Aunque los ojos de las ballenas son grandes, su densidad de neuronas ganglionares, encargadas de procesar la información visual y enviarla al cerebro, es muy baja. Esto significa que la cantidad de señales visuales que llegan al cerebro es limitada y da como resultando una visión reducida, como indicamos en el estudio publicado en Frontiers in Anatomy. Metafóricamente hablando, las ballenas podrían llevar el pin de baja visión.
Reconocimientos artísticos
Además de su valor científico, las imágenes obtenidas durante esta investigación han sido reconocidas por su belleza y han ganado varios premios nacionales e internacionales, entre ellos, el de Scientific American NeuroArt.
Estas fotografías se han expuesto en siete museos marítimos, de fotografía y galerías de arte nacionales e internacionales. En la actualidad está en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, donde permanecerá hasta finales de Mayo.
Las exposiciones han sido adaptadas a personas invidentes y con baja visión, incorporando fotografías texturizadas, audioguías y recorridos señalizados con cintas podotactiles. Además, hemos editado tres vídeos que cuentan la historia de la investigación desde el comienzo hasta la exposición: Elena y la ballena; ¿Cómo ven las ballenas? y Cómo adaptar una exposición fotográfica a personas que no ven.
El estudio de los ojos de estos tres rorcuales ha permitido conocer en profundidad las adaptaciones anatómicas y funcionales que posibilitan su vida en el medio marino. Estas investigaciones no solo arrojan luz sobre la biología de estos cetáceos: llevadas al museo, permiten destacar la importancia de preservar y estudiar la biodiversidad de nuestros océanos.![]()
Elena Vecino Cordero, Catedrática de Biología Celular (UPV/EHU), Licenciada en Bellas Artes, Life Member Clare Hall Cambridge (UK). Directora del Grupo Oftalmo-Biología Experimental (GOBE), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y Luis López Vecino, Profesor asociado del Grado en desarrollo de aplicaciones 3D interactivas y videojuegos, Universidad de Salamanca
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
14/12/2024
RAE; puesta al día
sigue viva.
¡¡Habemus actualización !!
La RAE añade este año al diccionario «escalabilidad», «ovnilogía», «telemarketing», «trivia» y otras palabras sobre ciencia y tecnología.Como en años anteriores, la Real Academia Española ha presentado una versión revisada de algunos de sus materiales, en este caso la Actualización 2024 de la versión 23.8 del Diccionario de la lengua española, con 4.074 novedades. Lo más divertido y que llama la atención, como es sabido, son las nuevas palabras y términos ya «aceptados» que se incluyen, aunque también hay actualizaciones de las definiciones ya existentes. De la selección de muestra que han publicado con unos cientos de términos, he encontrado todos estos relacionados con áreas favoritas en este blog, la ciencia, la tecnología y algún extra. Recuérdese que algunos son términos modificados, aunque la mayoría son nuevos. | Veamos algunas: criptonita, dana, desarrollador (ra), driver, engrama, escalabilidad, espóiler, estilometría, herpetofauna, impaginación, impaginar, indie, inducción, lobista ,macroencuesta, micela, microbioma, ovnilogía, parkour, poligénesis, script [aunque aplicado al cine, no a la programación], sérum, snorkel, sobrepastoreo, sociograma, subtexto, sulky, telemarketing [¡sin tilde!], teletrabajar, topografiar, trivia, yuyu, zona cero. Entre mis favoritas están trivia* y driver; la primera ni siquiera es muy técnica, pero la usamos mucho y no tenía buena traducción. La otra, traducible como «controlador» llevamos décadas usándola en inglés. También aparece, como el año pasado, criptonita, con una mención expresa a Supermán. Visto en Microsiervos. |
14/08/2024
Blanco, negro y un montón de grises
Según la ciencia, el sexo biológico no es binario
Los Juegos Olímpicos 2024 han llegado a su fin y no han estado exentos de polémicas. Entre ellas, la relacionada con la boxeadora argelina Imane Khelif se ha vuelto un caso mediático internacional. Khelif no superó las pruebas de género para el Mundial de 2023 y, desde entonces, se ha cuestionado la legitimidad de la atleta para participar en la competición femenina de boxeo en las últimas Olimpiadas.
¿Podría el oro ganado por la boxeadora confirmar la ventaja física intrínseca con respecto a las competidoras de sexo femenino si ella fuera intersexual? Y, sobre todo, ¿qué significa “intersexual”?
Qué significa intersexual
Según la Red Europea de Expertos Jurídicos en el Ámbito de la Igualdad de Género, la palabra intersexo es “un término paraguas para denominar una serie de variaciones en las características corporales de una persona que no se ajustan a las definiciones médicas estrictas de femenino o masculino”.
Dividir la humanidad en las dos categorías, “mujeres” y “hombres”, es sencillo. Sin embargo, la naturaleza ofrece un abanico de posibilidades que harían estremecer a los lobbies de las ahora populares fiestas de bebé (baby showers). Del XX al XY hay un trecho, y todo ese recorrido es la biología del intersexo.
El sexo cromosómico, gonadal y genital
El ADN dentro de las células está empaquetado en los cromosomas. Durante la fecundación, los gametos, es decir, el óvulo y el espermatozoide, se unen. Ambos llevan 23 cromosomas, de manera que el embrión contará con 46 cromosomas, de los cuales dos son los cromosomas sexuales.
Si el embrión recibe un cromosoma X de su madre y otro cromosoma X de su padre, su sexo cromosómico será XX, es decir, hembra. Si recibe un cromosoma X de su madre y un cromosoma Y de su padre, su sexo cromosómico será XY, es decir, macho.
En la semana 7 de la gestación, empieza el desarrollo de las gónadas, o sea, ovarios y testículos. Si el feto cuenta con un cromosoma Y, un gen llamado SRY será el director de una orquesta de eventos que determinarán la formación de los testículos. En ausencia del gen SRY, otros genes inducirán el desarrollo de los ovarios, aunque este acontecimiento todavía esté en investigación.
Más adelante en el desarrollo fetal, las hormonas secretadas por las gónadas inducirán la formación de los genitales internos y externos femeninos o masculinos, estableciendo el sexo genital.
No obstante, en cualquiera de estos procesos pueden producirse anomalías con respecto a lo que genéticamente, anatómicamente y fisiológicamente se considera femenino o masculino. En estos casos, se habla de intersexo o, más correctamente, de desarrollo sexual diferente (DSD). Si las anomalías ocurren en la formación de los gametos de los progenitores, los DSD son hereditarios; si se generan durante las primeras etapas de desarrollo del embrión, no lo son.
Cincuenta sombras de cromosomas
Entre el blanco (XX) y el negro (XY), hay una amplia escala de grises. El primer matiz es una sola X, que el embrión recibe de sus progenitores en lugar de dos cromosomas. Es el síndrome de Turner, donde las personas afectadas con fenotipo femenino y configuración cromosómica XO pueden sufrir de disfunción ovárica, ausencia de menstruación y otras condiciones que se consideran patologías.
Por otro lado, puede haber cromosomas X supernumerarios, como en el caso de la trisomía (XXX), que se llamaba antiguamente “síndrome de la superhembra”, tetrasomía (XXXX) y pentasomía (XXXXX) del X. Las personas con estas condiciones pueden presentar problemas de desarrollo cognitivo, cardiovasculares y musculoesqueléticos que empeoran al aumentar el número de X.
La escala de grises sigue con el embrión que recibe de sus progenitores dos cromosomas X y un cromosoma Y, presentando la configuración cromosómica XXY. Es el síndrome de Klinefelter, donde el cromosoma Y determina la formación de los testículos y los afectados presentan un fenotipo masculino. Sin embargo, el cromosoma X adicional afecta al desarrollo testicular y la producción de testosterona, con lo cual estas personas sufren infertilidad y agrandamiento de las glándulas mamarias.
Más raras son las variantes del síndrome de Klinefelter, donde copias supernumerarias del cromosoma X (XXXY, XXXXY) pueden llevar a patologías más graves.
El síndrome del supermacho
El X no es el único cromosoma sexual que puede estar duplicado. En el síndrome de Jacobs, antiguamente llamado “síndrome del supermacho”, se encuentra la configuración cromosómica XYY. Los afectados pueden presentar trastornos cognitivos y musculoesqueléticos, pero la mayoría, de fenotipo masculino, no tiene ningún síntoma.
Para acabar con los matices, ¿qué pasa si el embrión lleva solo uno o más cromosomas Y y no lleva ningún X? Nada, porque esta condición es incompatible con la supervivencia, ya que el cromosoma X contiene más de 1 000 genes necesarios para el desarrollo.
Las gónadas y los genitales: Hermafrodito y Salmacis
Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita, era el objeto del deseo de la ninfa Salmacis. Él la rechazó y ella se unió a él de manera que nunca jamás pudieran separarse: sus cuerpos se fusionaron. El mito griego no habla de las alteraciones de las gónadas, que se pueden verificar cuando algún gen implicado en el desarrollo fetal de ovarios o testículos no funciona. Sin embargo, existe una condición donde el mismo individuo puede presentar dos ovotestis, es decir gónadas con tejido testicular y ovárico a la vez, o incluso un ovario y un testículo. Antiguamente, esta condición se llamaba “hermafroditismo verdadero”, ahora se habla de DSD ovotesticular.
Otras alteraciones de las gónadas son la disgenesía gonadal mixta y la disgenesía ovárica. En ambos casos, las gónadas se forman durante el desarrollo fetal, pero sus tejidos son atróficos, llevando a la esterilidad. Las personas afectadas suelen presentar genitales ambiguos, en el primer caso, y femeninos en el segundo. Las causas de estas alteraciones no son más claras que un mito griego.
Dentro de las alteraciones de las gónadas se incluyen también condiciones donde el sexo cromosómico y el gonádico/genital son totalmente opuestos. Las personas con síndrome de De la Chapelle tienen un cariotipo XX, pero suelen tener un fenotipo masculino. Normalmente se debe a la inserción del gen SRY en el cromosoma X heredado del padre, que enciende el desarrollo testicular, aunque en muchos casos los testículos son atróficos.
Contrariamente, en el síndrome de Swyer, o disgenesía gonadal completa, los cromosomas sexuales son XY, pero se verifican mutaciones en el gen SRY u otros asociados con el desarrollo testicular que llevan al desarrollo de un fenotipo femenino, con genitales internos y externos femeninos, y útero y gónadas atróficas. En ambos casos, las personas afectadas son estériles.
La fábrica de las hormonas sexuales
¿Qué pasa si en la fábrica de las hormonas, importantes para el desarrollo de gónadas y genitales, hay alteraciones tanto en el proceso de producción como en el producto?
En la hiperplasia suprarrenal congénita, la enzima 21-hidroxilasa no funciona y las glándulas suprarrenales producen más hormonas masculinas (los andrógenos) de lo normal. En la forma no clásica de esta condición, el exceso de andrógenos causa un exceso de vello corporal y menstruaciones irregulares en personas con cromosomas XX. Sin embargo, en la forma clásica, la excesiva exposición del feto a los andrógenos genera genitales ambiguos y virilización.
Otra alteración del proceso de producción se verifica cuando está afectada la enzima 5-alfa reductasa, que convierte la testosterona en dihidrotestosterona (DHT). En muchos casos, la falta de 5-alfa reductasa pasa desapercibida porque el bebé presenta al nacer genitales externos femeninos debidos a la ausencia de DHT. Con la pubertad, la testosterona causa una virilización repentina que desvela la presencia de testículos, genitales internos masculinos y cromosomas XY.
En el caso de que la producción de los andrógenos se haya completado correctamente, el siguiente paso es que las células respondan a su llamada. No obstante, algunas personas son “inmunes” a los andrógenos porque padecen del síndrome de insensibilidad a los andrógenos (SIA). Cuando la “inmunidad” es parcial, en las personas afectadas, con cromosomas XY, se desarrollan los testículos, pero los genitales externos son ambiguos y puede haber agrandamiento de las glándulas mamarias. Si la “inmunidad” es completa, los bebés nacen con genitales externos femeninos. En la adolescencia, crecen mucho en altura, tienen muy poco vello, desarrollan el pecho y tienen un fenotipo considerado femenino, pero no menstrúan, porque tienen testículos y no cuentan con genitales internos, ni con el útero.
Es el caso de la exatleta española María José Martínez-Patiño, que tuvo que abandonar el deporte profesional por someterse a una prueba de verificación de sexo genético para participar a los Juegos Olímpicos de 1988 y descubrir que tenía los cromosomas XY y un SIA completo. Ahora es profesora universitaria y forma parte del Comité de Expertos del Comité Olímpico Internacional en los temas de hiperandrogenismo y transgénero.
Una ventaja física independiente del sexo
Cuando era estudiante, mi profesor de Biología decía que las mujeres más guapas son, en realidad, hombres. Decía también House, del homónimo drama médico televisivo, que “la mujer ideal es un hombre”.
Mucho se ha comentado también sobre Imane Khelif, cuyo parte médico no ha sido publicado y cuya participación en estas Olimpiadas ha cumplido con los reglamentos de elegibilidad establecidos por la Unidad de Boxeo de París 2024. ¿Habrá tenido una ventaja física que la ha favorecido para ganar una medalla? Muy probablemente sí, como muchos deportistas de élite, y que no tiene nada que ver con su sexo cromosómico, gonádico o genital.
Este artículo se centra exclusivamente en el concepto de sexo biológico según el conocimiento científico actual. Es importante destacar que la ciencia está en continua evolución y que el conocimiento científico y médico de hoy en día puede no corresponder con el conocimiento futuro.![]()
Federica Marinaro, Investigadora Postdoctoral en Reproducción Animal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.



