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13/05/2026

Nuevas estaciones, nueva realidad

Veranos interminables e inviernos menguantes: ¿cómo definimos ahora las estaciones?

Sebastian_Photography/Shutterstock
Autoría del artículo: Enrique Sánchez Sánchez, Universidad de Castilla-La Mancha

Uno de los elementos más visibles del cambio climático antropogénico (causado por el ser humano) es el aumento de la temperatura, que a su vez modifica la forma y extensión de las cuatro estaciones. ¿Las consecuencias? Veranos más largos, que se desplazan hacia la primavera y el otoño, inviernos más cortos, primaveras adelantadas y otoños retrasados.

Estudiar de manera precisa cómo, cuánto, a qué ritmo y con qué intensidad se están produciendo esos cambios y se proyecta que sucedan en el futuro tiene un interés enorme debido a sus numerosas consecuencias. No sólo para los ecosistemas naturales, sino en el consumo y gestión de la energía, el confort de la población o la alteración del ciclo anual y sus efectos.

El concepto o definición de verano o invierno es intuitivo y aparentemente sencillo. Sin embargo, definir y calcular de manera rigurosa y objetiva las estaciones resulta muy complejo; hay muchas sutilezas y matices a tener en cuenta. De hecho, no existe un consenso en la comunidad científica ni en los centros de estudio climático a la hora de determinarlo.

¿Cómo definimos un día de verano?

Existen múltiples formas de aproximarse a la definición de las estaciones, según el enfoque que se utilice. Por un lado está el astronómico o climático: desde la astronomía, se determina con los solsticios y equinocios, o desde la climatología, con periodos fijos de tres meses.

Estas definiciones son, por tanto, invariables. Así, el verano dura astronómicamente desde el 21 de junio al 21 de septiembre (con ligeras variaciones entre años). Y desde el punto de vista climático, corresponde a los meses de junio, julio y agosto.

Por otro lado, está la definición meteorológica o térmica. Determinar si un día concreto, más allá del calendario fijo, corresponde a condiciones de verano, otoño, invierno o primavera podría conseguirse a partir del comportamiento de su temperatura (media, máxima o mínima) diaria.

Así, una definición extendida entre la comunidad científica determina como día de verano aquel en el que la temperatura máxima supera los 25ºC. Este valor es un promedio muy global a nivel planetario. No obstante, resulta lógico que quienes viven en una zona de montaña, desértica o cerca de los polos o del ecuador no estén totalmente de acuerdo con que esa temperatura sea la que defina sus días de estío. Entre otros ejemplos, el servicio meteorológico sueco establece el comienzo de la estación a partir de 10ºC de temperatura media diaria.

Algunos trabajos proponen obtener el valor numérico en cada región a través de su promedio climatológico de temperatura (30-40 años más recientes), aunque no existe una propuesta general para la extensión de la zona y el periodo a emplear. En España, se ha estudiado tanto mediante medias de tres meses como a partir de la media entre junio y septiembre.

Además, está la posibilidad de emplear el percentil 75 de temperatura máxima o mínima o media. Suponiendo que las temperaturas evolucionan como una oscilación suave y homogénea a lo largo del año, dividiéndose en cuatro partes iguales el ciclo anual, ese percentil 75 correspondería al 25 % de los días más cálidos, es decir, los días de verano.

Existe otra propuesta interesante: analizar las estaciones a través de la distribución de frecuencias de la temperatura diaria en el año. Su forma es más o menos simétrica, con un máximo central (suma de días de primavera y otoño) y dos colas (verano e invierno). Los cambios proyectados por el calentamiento global tanto en el valor medio como en el ancho de esa distribución, que se muestran en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), pueden ser útiles para estudiar cambios en las estaciones.

También existen trabajos que estudian las estaciones desde otras perspectivas muy distintas, como la fenológica: según el crecimiento de la vegetación y la floración. Como ejemplo ilustrativo, el cerezo japonés, con más de 1 000 años de datos, permite analizar la evolución estacional de la temperatura en escalas temporales enormes.

Si bien estos estudios son limitados en cuanto a su representatividad para grandes regiones, muestran de manera muy clara la conexión de los ecosistemas naturales y calentamiento global.

¿Cómo están cambiando las estaciones debido al calentamiento global?

Determinar el inicio y fin de una estación se vuelve una tarea más complicada si se tiene en cuenta que el cambio climático antropogénico está transformando los patrones. Múltiples estudios indican cambios muy significativos en la duración y extensión de las estaciones, y en particular del verano: más de un día por año de aumento en las últimas tres décadas en múltiples megaciudades (Sidney, Minneapolis, Tokio); incremento de al menos una semana en la mayor parte del hemisferio norte en las décadas recientes; o en torno a 2,5 días por década en Europa en los últimos 70 años.

Si ponemos el foco en España, los veranos de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se han alargado 7 días por década de media en los últimos 40 años.

Estudiando las proyecciones futuras, los inviernos, definidos a partir de los valores del siglo XX, prácticamente habrán desaparecido en la península ibérica a finales del siglo XXI. A nivel global, cualquiera de las proyecciones de emisiones de gases de efecto invernadero obtienen veranos que duran en torno a 6 meses e inviernos de menos de 2.

El calentamiento global, por tanto, ya ha alterado de manera significativa las estaciones, en particular las más extremas (verano y el invierno). Entre las diferentes líneas de investigación, los expertos se están centrando en varios aspectos:

  • Estudiar de forma más detallada los ritmos de cambio a escala más local.

  • Analizar la sensibilidad de los cambios a los diferentes escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero.

  • Hacer más precisas las diferentes metodologías para estimar las estaciones, su variabilidad y consistencia.

  • Analizar mejor las estaciones como primavera y otoño, para conocer hasta qué punto se van a ver alteradas, acortadas, desplazadas o el paso de condiciones invernales a veraniegas y viceversa pueda ser más brusco.

Sólo profundizando en estos patrones se podrán precisar sus impactos y mejorar las medidas de adaptación en el contexto del cambio climático.The Conversation

Enrique Sánchez Sánchez, es catedrático de Física de la Tierra, Facultad CC Ambientales y Bioquímica, Universidad de Castilla-La ManchaEl artículo fue publicado originalmente en The Conversation

10/02/2026

Veure les orelles de llop

Som més proclimàtics quan hi ha més catàstrofes naturals?

Bilanol/Shutterstock
Article de: Toni Rodon, Universitat Pompeu Fabra

“Això no ho havia vist mai!”. Viure les conseqüències dels desastres climàtics en primera persona o en una zona propera podria incentivar un canvi d'opinió: convèncer que cal actuar o erosionar possibles escepticismes cap al canvi climàtic. És així? Els desastres climàtics canvien realment la nostra manera de pensar?

En algunes parts del món el canvi climàtic ha estat més aviat gradual, mentre que en d'altres s'ha percebut de forma sobtada. Al cap i a la fi, però, l'afectació ha arribat a tots els racons del planeta: segons les xifres recents, el número de desastres climàtics derivats del canvi climàtic s'ha multiplicat per tres d'ençà de l'inici del mil·lenni. Es tracta de fenòmens que s'esdevenen amb particular virulència, fins i tot en zones que ja tenien certa experiència. Per exemple, el número de focs destructius ha crescut a Califòrnia (Estats Units). Les sequeres del Mediterrani, com a casa nostra, son cada cop més habituals i duradores. O el número i intensitat dels huracans és progressivament més elevat. A més de la derivada en pèrdua de vides humanes i destrucció d'habitats, els desastres derivats del canvi climàtic tenen un important cost econòmic, superior als 2.3 trilions de dòlars anuals, segons l'informe d'Avaluació Global sobre la Reducció del Risc de Desastres de l'ONU (GAR).

Huracà Isaac. Imatge subministrada per la NASA. BEST-BACKGROUNDS/Shutterstock

Un cop de realitat per combatre la desinformació

Mentre governs i actors de la societat civil busquen la millor tecla per aturar o mitigar el canvi climàtic antropogènic (és a dir, el derivat de l'activitat humana), hi ha veus que han apuntat que els propis esdeveniments climàtics poden ser part de la solució. I és aquesta visió la que defensa queviure les conseqüències dels desastres climàtics podria portar cap a un canvi d'opinió.

Aquest “despertar” es podria produir a través de diferents mecanismes. Quan un desastre climàtic ocorre, certes persones, fins i tot les més escèptiques, podrien adonar-se que el canvi climàtic no és un fenomen abstracte i que el risc és real i immediat. Els humans vivim en un món d'alta complexitat d'informació i, sobretot quan la informació política és baixa, sovint calen empentes, encara que siguin de conseqüències severes, per formar-se una opinió.

Seguint aquesta lògica, certa recerca produïda fins ara s'ha focalitzat en estudiar la relació que hi ha entre grans esdeveniments climàtics i l'opinió de la ciutadania respecte les polítiques climàtiques que cal realitzar. Per exemple, s'ha estudiat si les persones son més favorables a les polítiques climàtiques després dels efectes dels huracans, les inundacions o les sequeres, posant l'atenció especialment en aquells successos climàtics d'una mida considerable.

Salpebrat de lògica política

Malgrat que els estudis primigenis tendien a trobar que la gent era més favorable a les polítiques climàtiques quan estava exposada a un desastre natural, en els últims anys aquesta conclusió s'ha començat a matisar. Bona part de la contrargumentació teòrica és basa en la idea del raonament dirigit (motivated reasoning). Aquest fenomen es refereix al procés a través del qual filtrem la informació o allò que succeeix al nostre entorn. Així, tots solem filtrar allò que observem fent ús d'eines cognitives que tenim a l'abast, com la nostra ideologia.

Estirant el fil, la comunitat investigadora va començar a alertar que els esdeveniments naturals, fins i tot si les conseqüències que provoquen son severes, rarament s'interpreten des d'un punt de vista escèptic. Per tant, un huracà o un foc destructiu es poden considerar tràgics, però les persones tendim a atribuir culpes i mèrits a qui ho ha de gestionar o arreglar-ne les conseqüències.

Amb aquesta visió en ment, els estudis dels darrers anys, també centrats en estudiar un o pocs esdeveniments, han presentat una imatge més borrosa: si un desastre climàtic provoca un canvi en les actituds ciutadanes, aquest canvi no necessàriament ha de ser molt gran.

Opinió climàtica: qui fa la feina?

Qui té raó? En el marc del projecte ATTClimate vam decidir recuperar la qüestió i prendre un parell de decisions claus: primer, enlloc de focalitzar l'atenció en un o pocs desastres naturals, consideraríem el màxim d'esdeveniments possibles. Concretament, vam utilitzar la base de dades de FEMA (Estats Units) i vam processar tots els desastres naturals potencialment relacionats amb el canvi climàtic (huracans, inundacions, focs, etc. ) des del 2006 al 2022.

Segon, vam centrar els nostres esforços en estudiar la relació entre els desastres naturals i l'opinió climàtica fent servir diferents estratègies metodològiques i empíriques per tal de testar si la relació, en cas d'existir, era robusta.

La conclusió de l'anàlisi és clara: tant quan analitzem les respostes en enquestes de vora 500 000 persones, com quan ens focalitzem en aquelles persones que es desplacen a viure a d'altres llocs amb una freqüència de desastres naturals majors, la seva opinió climàtica no varia. El focus en alguns desastres concrets, el qual ens permet examinar-ne la relació causal, també deriva en el mateix resultat. I un afegit: en termes generals, estar exposats a un desastre climàtic no converteix en més pro o anticlimàtic ni a la gent d'esquerres ni a la gent de dretes.

Aquestes troballes se circumscriuen als Estats Units, país en el qual les dinàmiques podrien ser diferents que a casa nostra. Tanmateix, si els resultats viatgen en d'altres contextos, ens podrien indicar que esperar que els desastres naturals facin la feina en termes d'opinió pública té un recorregut limitat. O, dit d'una altra manera, en tant que el debat climàtic ha entrat en primera fila política, el potencial efecte dels desastres per canviar l'opinió de la gent es pot haver diluït.The Conversation

Toni Rodon, es Professor Associat, Universitat Pompeu FabraPublicat originalment a The Conversation

30/01/2026

Predicciones climatológicas

¿Qué clima nos espera en los próximos meses? Esto dicen las predicciones

Nieve en las azoteas de Madrid el 28 de enero de 2026. Fer99/Shutterstock
Autor del artículo: Andrés Navarro, Universidad de León

Las predicciones estacionales de los grandes centros internacionales, como el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF, por sus siglas en inglés), los Centros Nacionales de Predicción Ambiental estadounidenses (NCEP) y el Servicio Meteorológico Nacional británico (Met Office) proporcionan un marco de referencia fundamental para comprender el comportamiento de variables meteorológicas clave.

Si bien no ofrecen certezas inmutables, estas herramientas dibujan escenarios probabilísticos sobre precipitaciones y temperaturas que permiten identificar tendencias y riesgos con varios meses de antelación.

¿Qué son las predicciones estacionales?

Las predicciones estacionales se fundamentan en la inercia térmica de los océanos –su capacidad para absorber, almacenar y liberar calor lentamente– y su acoplamiento con la atmósfera. Gracias a esta inercia, la temperatura superficial del mar evoluciona mucho más lentamente que la atmósfera, actuando como una señal persistente que permite estimar las tendencias meteorológicas a largo plazo.

Sin embargo, como la atmósfera es un sistema caótico, los meteorólogos necesitan ejecutar múltiples simulaciones con ligeras variaciones para evaluar el grado de certeza que podemos asignar a los resultados. Este proceso despliega un abanico de escenarios posibles, lo que permite cuantificar la incertidumbre: si la mayoría de las ejecuciones coinciden, la predicción es más fiable; de lo contrario, la incertidumbre es alta.

Para visualizar este consenso, la mayoría de los centros utilizan mapas de probabilidad. En lugar de ofrecer un dato único, dividen el clima en tres categorías o terciles: inferior a lo normal, normal y superior a lo normal. El mapa final nos dice dónde han caído la mayoría de las simulaciones de ese abanico.

Así, un color intenso no indica necesariamente una lluvia torrencial, sino una alta confianza (muchos miembros del modelo coincidiendo) en que la estación será más húmeda o seca de lo habitual. Otros productos más específicos, como los del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), ofrecen mapas de anomalías medias que cuantifican la diferencia entre las condiciones previstas respecto a una climatología de referencia.

Despedimos a La Niña

El final de año estuvo marcado por un enfriamiento anormal de las aguas del Pacífico ecuatorial, un fenómeno que se conoce como La Niña. Este forma parte de un ciclo global del clima conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENSO, por su acrónimo en inglés) que cambia irregularmente cada 2-7 años entre fases cálidas (El Niño), frías (La Niña) y neutras.

Aunque 2026 arranca todavía bajo la influencia de La Niña, los informes más recientes del Centro de Predicción Climática de la NOAA apuntan a un cambio de ciclo: existe una alta probabilidad de que el sistema evolucione hacia una fase ENSO-neutral en los próximos meses.

Esto implica que, al desaparecer un patrón climático dominante, los pronósticos estacionales pierden fiabilidad y los factores locales ganan peso en la dinámica atmosférica. Esto da lugar a un escenario meteorológico mucho más volátil y complejo de anticipar. Además, si la transición hacia una fase positiva (El Niño) se produce de manera rápida, podríamos asistir a una reorganización de los patrones globales de precipitación y temperatura para la segunda mitad de 2026.

La señal unívoca de los modelos para la temperatura

Si hay una variable donde los modelos muestran una señal especialmente consistente en la primera mitad de 2026, esa es la temperatura, tanto oceánica como atmosférica. Lejos de ser un resultado excepcional, los mapas refuerzan la tendencia ya observada en los últimos años: el pulso entre la variabilidad natural asociada al Pacífico y el calentamiento global, pulso que sigue decantándose a favor de este último.

Mapa que muestra las anomalías en la temperatura del océano, donde predomina el color rojo
Anomalías de la temperatura de la superficie del mar según el modelo del ECMWF para el período marzo-abril-mayo del 2026. El mapa destaca las regiones con una probabilidad mayor del 40% de situarse en el tercil cálido (rojo) o frío (azul) respecto a la climatología. Climate Change Service, Copernicus, CC BY-SA

Los datos indican que la capacidad de enfriamiento de la fase fría del Pacífico (La Niña) ya no es suficiente para generar anomalías frías persistentes a escala global. Su influencia se limita a mantener la región ecuatorial en valores cercanos al promedio, mientras que en la mayor parte del planeta domina la probabilidad de temperaturas superiores a lo normal.

Los mapas capturan, además, otra señal característica del cambio climático: la presencia de una temperatura anormalmente fría al sur de Groenlandia, conocida como warming hole o agujero de calentamiento, una región donde el calentamiento se ha ralentizado en comparación con el promedio global y que suele asociarse a cambios en la circulación oceánica del Atlántico Norte.

La precipitación, una variable esquiva al consenso

La señal que ofrecen los diferentes centros de predicción sobre el comportamiento de la precipitación para los próximos meses diverge notablemente según la región de interés. No es casualidad: la precipitación es el principal talón de Aquiles de los modelos, especialmente en latitudes medias, donde cualquier pequeño error en la simulación de vientos o temperatura se multiplica al estimar la lluvia.

En este sentido, nos enfrentamos a una clara disparidad en el grado de consenso. Si observamos el pronóstico del sistema C3S de Copernicus –que unifica y promedia la visión de los modelos de distintas instituciones–, la diferencia de nitidez entre la franja tropical y el continente europeo es palpable.

Para las regiones tropicales y América existe un mayor grado de acuerdo: la inercia de La Niña sigue dominando, proyectando precipitaciones por debajo de lo normal en el sur de EE. UU. y anomalías húmedas en el norte de Sudamérica.

De forma paralela, en el Sudeste Asiático los modelos también convergen. Proyectan condiciones más secas en Sumatra y Borneo, un comportamiento que podría interpretarse como consecuencia de la transición hacia una fase ENSO-neutral. Esta señal seca sugiere que el mecanismo de vientos alisios, que habitualmente intensifica las lluvias en el archipiélago malayo durante La Niña, estaría perdiendo intensidad.

Esta claridad de respuesta se desvanece al mirar hacia el norte. En Europa, donde no existe una influencia oceánica tan directa, el consenso desaparece. Mientras algunos modelos individuales apuntan a una primavera más húmeda en ciertas regiones, el promedio multimodelo apenas muestra una señal definida, lo que pone de relieve la dificultad de identificar un patrón común en este continente.

En definitiva, y según los datos de los que disponemos, el arranque de 2026 muestra una señal clara para las temperaturas, que serán más cálidas de lo normal, pero mantiene la incertidumbre sobre las lluvias. Es fundamental recordar que las predicciones estacionales no están diseñadas para anticipar eventos meteorológicos concretos –como una dana o una ola de frío puntual–, sino para definir las condiciones de fondo que favorecen o inhiben este tipo de fenómenos. Por ello, la estrategia más inteligente será tomar estas tendencias como guía general y complementarlas siempre con la predicción meteorológica a corto plazo.The Conversation

Andrés Navarro, Profesor ayudante doctor. Física aplicada, Universidad de León - Publicado originalmente en The Conversation.

12/12/2025

Montañas y cambio climático

El cambio climático y la actividad humana están transformando las montañas en todo el mundo

Lago Enol, en Picos de Europa, en Asturias (España). Chris WM Willemsen/Shutterstock
Artículo escrito por: David Elustondo Valencia, Universidad de Navarra

Las montañas cubren cerca de una cuarta parte de la superficie terrestre. Además de su valor ecológico, sostienen directa o indirectamente a más de la mitad de la población mundial proporcionando servicios fundamentales: abastecen de agua dulce a grandes ciudades y regiones agrícolas, regulan el clima local y regional, almacenan carbono en bosques y turberas, conservan una biodiversidad única y ofrecen recursos esenciales para la cultura, el ocio y el bienestar.

Sin embargo, en las últimas décadas, estos ecosistemas se han convertido en uno de los escenarios donde el cambio climático se manifiesta con mayor intensidad y rapidez. Lejos de ser territorios remotos o inmutables, están experimentando una transformación profunda con consecuencias ecológicas, económicas y sociales de gran alcance.

Territorios vulnerables al cambio climático

Estos territorios son especialmente sensibles al calentamiento global, que en las zonas de montaña supera ampliamente la media global.

Este aumento de temperatura está provocando la pérdida acelerada de nieve y el retroceso de glaciares, con efectos directos sobre la regulación hidrológica.

Muchos de los ríos más importantes del mundo dependen del equilibrio nival y glaciar para mantener sus caudales. La reducción del manto de nieve y el deshielo prematuro están alterando los flujos estacionales de agua, generando una mayor circulación de agua en invierno y menor en verano, cuando aumenta la demanda agrícola y urbana. Por tanto, este desequilibrio no solo afecta a la biodiversidad, sino también al abastecimiento humano, la producción hidroeléctrica y la seguridad alimentaria.

El calentamiento global ejerce además una fuerte presión sobre la biodiversidad de alta montaña, una de las más singulares y frágiles del planeta. Muchas especies se desplazan hacia cotas superiores en busca de temperaturas más frías, pero en los sistemas montañosos ese margen altitudinal es limitado.

En consecuencia, especies adaptadas a ambientes fríos, desde plantas alpinas hasta aves, insectos y anfibios, se encuentran cada vez más acorraladas y, en algunos casos, al borde de la extinción local.

A ello se suman desajustes en los ciclos fisiológicos –los ritmos de funciones biológicas– que generan una creciente asincronía entre especies que dependen unas de otras. Estos cambios repercuten en procesos ecológicos esenciales como la polinización, el control de plagas o el ciclado de nutrientes.

Rana de tonos marrones sobre una superficie rocosa húmeda y con musgo
La rana pineraica (Rana pyrenaica) es una especie endémica de algunas regiones montañosas españolas amenazada por el cambio climático y las actividades humanas, entre otros factores. Benny Trapp/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Impacto de las actividades humanas

A estas presiones se suma una creciente influencia humana. El aumento del turismo, la urbanización de valles, la construcción de infraestructuras y la demanda creciente de agua y energía están transformando aceleradamente los ecosistemas de montaña. Este incremento de usos favorece el desplazamiento de especies nativas y altera el equilibrio ecológico, especialmente en zonas de alta sensibilidad ambiental.

Existe, además, un factor menos visible pero igualmente determinante: el depósito atmosférico de contaminantes, especialmente nitrógeno y fósforo. Aunque a menudo se perciben como espacios aislados, las montañas reciben cantidades crecientes de nutrientes procedentes de actividades humanas situadas a grandes distancias.

En muchos sistemas oligotróficos (es decir, adaptados a niveles muy bajos de nutrientes) como turberas, praderas alpinas, suelos de alta montaña y lagos glaciares, estos aportes superan la cantidad que pueden soportar, alterando la química del agua, favoreciendo proliferaciones algales y desplazando especies nativas adaptadas a ambientes pobres en nutrientes. Como consecuencia, disminuye la capacidad de estos ecosistemas para depurar agua, almacenar carbono o mantener su biodiversidad característica.

Centinelas del cambio global

El impacto del cambio global en las zonas de montaña es, por tanto, claramente multifactorial. El efecto combinado del cambio climático, la disminución de la ganadería extensiva, la contaminación atmosférica y el aumento de la presión constructiva está incrementando la frecuencia e intensidad de eventos extremos e incendios forestales y transformando elementos icónicos del paisaje. Los glaciares desaparecen, las turberas se degradan, los bosques ascienden en altitud o cambian de composición y los lagos de alta cota experimentan alteraciones químicas y biológicas sin precedentes.

Este conjunto de cambios afecta de forma directa a actividades clave para las comunidades locales, como la ganadería extensiva, el turismo, la producción de alimentos y el abastecimiento de agua. La intensificación de la presión humana amplifica estos efectos y acelera la degradación de unos ecosistemas frágiles por naturaleza. De mantenerse esta tendencia, las regiones de montaña se enfrentarán a retos profundos para lograr mantener sus pilares económicos y el modo de vida de sus comunidades.

Por su sensibilidad y su papel estratégico en el funcionamiento del planeta, las montañas se han convertido en centinelas del cambio global. Lo que ocurre en ellas anticipa escenarios climáticos y ecológicos que afectarán a otras regiones en las próximas décadas.

Proteger estos ecosistemas y reforzar su resiliencia es esencial para garantizar los servicios ecosistémicos que sostienen a millones de personas y para preservar un patrimonio natural de valor incalculable. En este contexto, en los próximos años será imprescindible consolidar y ampliar estrategias transfronterizas de mitigación y adaptación en regiones de montaña, siguiendo el ejemplo de iniciativas pioneras en Europa como la Estrategia Pirenaica del Cambio Climático (EPiCC) y el proyecto LIFE Pyrenees4Clima, que impulsa su implementación.The Conversation

Sobre el autor:
David Elustondo Valencia, es Catedrático en Tecnologías del Medioambiente y director científico del Instituto de Biodiversidad y Medio Ambiente, Universidad de Navarra

Publicado originalmente en The Conversation

03/11/2025

Pronosticos atrevidos

El que sigue, sería un pronóstico meteorológico estacional para el próximo invierno (2025 - 2026) para España. Son predicciones a largo plazo (que, lógicamente, siempre tienen un grado de incertidumbre proporcional a lo largo que es). Parece indicar que posiblemente podamos ahorrar algo de calefacción y al tiempo «amortizar» ese paraguas tan chulo que te regalaron. Veremos cuanto hay de cierto en el pronóstico. 
Apunta a lo siguiente:

🌡️ Temperaturas

  • Más cálidas de lo normal:
    Hay una alta probabilidad de que la temperatura media se encuentre en el tercil cálido (más cálida de lo habitual) en toda España, especialmente en el este peninsular y Baleares, según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET).

  • Invierno dinámico:
    A pesar de la tendencia general a ser más cálido, algunos modelos sugieren que el invierno podría ser más inestable y dinámico que los anteriores, con la posibilidad de fases de temperaturas suaves intercaladas con golpes de frío y un posible aumento del frío y la nieve hacia el final del invierno (Febrero-Marzo).

🌧️ Precipitaciones

  • Sin tendencia clara en general: Para la mayor parte de España, no hay una tendencia clara sobre si será más húmedo o más seco de lo normal.

  • Mayor probabilidad de lluvias: Existe una ligera mayor probabilidad de que el trimestre sea más lluvioso de lo normal en el área mediterránea peninsular y Baleares.

  • Menor probabilidad de lluvias: En el extremo suroccidental peninsular, existe una ligera mayor probabilidad de que sea más seco de lo habitual.



Factores influyentes mencionados:

  • La probable presencia de un fenómeno de La Niña débil durante el invierno, que podría influir en los patrones meteorológicos.

  • Las temperaturas inusualmente cálidas del Atlántico.

  • El estado del vórtice polar, que algunos modelos anticipan más débil de lo normal.

En resumen, la predicción actual más consolidada es un invierno con temperaturas probablemente superiores a la media, especialmente en el Mediterráneo, y con un régimen de precipitaciones más incierto, aunque con una ligera inclinación a ser más lluvioso tambien en el Mediterráneo.