Traigo al blog esta entrada que es un corta y pega de la correspondiente del blog de Kirai. Creo que, por lo curioso y poco conocido, puede que os guste.
En Tokio es casi imposible encontrar un edificio de antes de 1945; en otros lugares se ven casos de casas y templos que llevan cien o doscientos años en pie, pero no es fácil. Los terremotos, tsunamis e incendios suelen destruirlo todo.
Lo fascinante es que en ciertos lugares de Nara sí que hay algunas excepciones extraordinarias. La pagoda de cinco niveles del templo Hōryū-ji (Nara) está considerada como el edificio de madera más antiguo del mundo. El secreto de su longevidad se encuentra en una columna central que es flexible cuando azotan los terremotos.
El templo de Hōryū-ji está considerado como la estructura de madera más antigua del mundo.
En la arquitectura tradicional japonesa, la shinbashira 心柱 («columna corazón»), es una columna central que no depende directamente del resto de la estructura. Cuando hay un terremoto, oscila en sentido opuesto al resto de las columnas, ayudando a que el edificio entero se «doble» pero no se caiga. La shinbashira del Hōryū-ji está clavada en el suelo, y en el punto en el que se hunde dicen que están los huesos de un buda. Un análisis dendrológico de la shinbashira del templo de Hōryū-ji calculó que la madera del árbol se cortó en el año 594 d. C.
¿Pero cómo es posible tener una columna que no toca el resto del edificio? En realidad, sí que toca un poco, sobre todo en la última planta, donde se une con el sōrin , el cual es el adorno que se ve desde fuera que se eleva como si fuera una antena.
Explicarlo con palabras es difícil, se entiende mejor con imágenes. A continuación, algunos diagramas para imaginarse la función de la «columna corazón».
En esta foto se puede apreciar el momento en el que están colocando la columna corazón en el centro de un templo que está siendo reconstruido.
Los arquitectos del Tokyo Skytree se inspiraron en las pagodas japonesas. Esta torre moderna también tiene una columna central flexible con pocos puntos de contacto con el resto de la estructura, y esta es vital en caso de terremotos. La Tokyo Skytree tiene 634 metros de altura y es la tercera estructura más alta del mundo.
Diagrama de una pagoda a la izquierda, y la torre Tokyo Skytree a la derecha. En rojo la «columna corazón» de cada estructura
Al leer sobre esta pagoda y el secreto de su «columna corazón» que lleva más de mil años en pie, me he acordado de este pasaje del Tao Te Ching:
Al nacer, el hombre es blando y flexible; al morir, es rígido y duro. Las plantas y los árboles al brotar son tiernos y frágiles; al morir, se secan y se marchitan. Por lo tanto, lo rígido e inflexible pertenece a la muerte, mientras que lo blando y flexible pertenece a la vida». — Tao Te Ching, Capítulo 76
Consejo práctico para las imágenes: Aunque el texto de los portales, periodicos o revistas online, sea de libre republicación, o diga que su contenido está bajo Licencia Creative Commons, comprueba siempre el pie de foto. Si la imagen pertenece a una agencia de pago (como Getty Images o EFE), no la incluyas en tu blog; utiliza en su lugar imágenes de banco libre (Pixabay, Unsplash, Pexels). Si al pie del artículo se hace una mención parecida sobre la pertenencia de derechos, tiene el mismo valor que si se especifica en el pie de la foto.
Francamente, hoy en día con la facilidad que hay de o bien de usar las imágenes de los bancos mencionados, o generar una imagen (relacionable con el tópico), mediante la IA, hay que ser bastante "cazurro" para exponerse a meterse en un marrón.
リカルド Rikarudo
*La solicitud (prompt) empleado para generar la imagen decía: Genera una imagen de una IA con aspecto antropomorfo, fabricando una fotografía en su imaginario estudio. Me encanta el resultado.
La nueva épica juvenil consiste en pedir un 'poke' desde una aplicación mientras se debate en TikTok sobre ansiedad o capitalismo tardío porque enfrentarse a un paquete de macarrones provoca una crisis existencial.
La generación que no sabe freír un huevo ya tiene estudios demoscópicos que la justifican, qué alivio. AECOC acaba de descubrir que millones de jóvenes viven abrazados a la conveniencia, esa palabra elegante que significa exactamente: "No me da la vida ni para pensar qué ceno". Y así hemos llegado al glorioso momento histórico en el que abrir un táper del supermercado produce menos desgaste emocional que pelar una cebolla. El informe explica que el consumidor joven busca "experiencias", "socialización", "evadirse" y "platos listos para consumir". Traducido al castellano: que no tienen un duro, comparten piso con otras tres personas, y salen a cenar fuera porque quedarse en casa significa descubrir que la vida moderna está vacía, y no solo envasada al vacío.
La nueva épica juvenil consiste en pedir un poke desde una aplicación mientras se debate en TikTok sobre la ansiedad, el capitalismo tardío y el autocuidado. Lo mejor es el lenguaje. Nunca se habla de vagancia, dependencia o inutilidad doméstica básica. No. Ahora se llama "reducir la carga mental". El estudio asegura que mucha gente compra comida preparada para evitar el estrés de pensar qué cocinar.
Imagino a nuestros abuelos, que sacaban adelante una casa entera con una olla, un brasero y media barra de pan duro, observando a un veinteañero entrar en crisis existencial frente a un paquete de macarrones. Y mientras tanto la vida entera se convierte en una suscripción mensual: Netflix, Spotify, Glovo, terapia online y gimnasio boutique.
Todo alquilado, todo temporal, todo sin pertenecer realmente a nadie más que al que lo arrenda. Ni la música, ni las películas, ni las casas, ni siquiera las citas. Si dejas de pagar este mes, deja de pertenecerte.
A mí, qué quieren que les diga, me produce cierta mezcla de pena y sarcasmo defensivo. Porque en medio de esta distopía de cartón reciclable y hamburguesas smash, mi hijo Federico, con diez años, ya sabe hacerse unos macarrones carbonara él solo. De verdad. Aunque les eche nata y mi amigo siciliano Luca no dudaría en llamar a sus paisanos de la mafia si se enterara. Hay padres que sueñan con Harvard o Silicon Valley. Yo me conformo con que mi hijo jamás diga "voy a pedir un bowl" y, sobre todo, que nunca necesite llamar a un delivero mientras espera en pijama otra cena tibia en la puerta de una casa que nunca podrá comprarse. A lo mejor no lo estoy haciendo tan mal, y algo tan simple como controlar más botones en la cocina que el del microondas, puede llegar a convertirse en una actitud para su futuro. La que no tienen todos estos jóvenes que necesitan ponerle eufemismos a su realidad y leer estudios que justifican que no saber freír un huevo es una cuestión generacional. Han confundido comodidad con libertad, porque el día que no sabes prepararte ni una cena caliente, dejas de ser un consumidor moderno, para convertirte en alguien completamente dependiente.
Jürgen Habermas, un hito insoslayable en la filosofía y en la teoría social contemporánea, falleció este 14 de marzo a los 96 años. No es tarea fácil compilar en unas pocas líneas la trayectoria de un personaje de su fuste intelectual.
Durante siete décadas en activo Habermas dio cumplidas muestras de ser un pensador original, vigoroso e influyente, probablemente el filósofo germano con mayor proyección internacional de las décadas finales del siglo XX y de las iniciales del XXI. Sus escritos han sido traducidos a más de cuarenta lenguas. Los libros dedicados a analizar y discutir su obra se cuentan por centenares y los artículos en revistas especializadas, por decenas de miles.
Habermas es de esos autores que en su juventud ya produjeron obras cumbres que a otros les hubieran permitido retirarse tranquilamente. Lo sorprendente es que luego mantuviera una sorprendente productividad incluso sobrepasados los ochenta años, preso de un incesante activismo intelectual.
Prácticamente no pasaba año en el que no publicara algún libro, que no pronunciara una conferencia señalada o que no diera alguna entrevista que luego los periódicos más destacados competían por publicarlo.
‘Homo politicus’
El desarrollo de Habermas como homo politicus encuentra sus raíces en su experiencia personal de los primeros años tras el final de la Segunda Guerra Mundial cuando no era más que un adolescente. Su atenta escucha de las transmisiones radiofónicas de lo que sucedía en el juicio de Núremberg y el impacto que sufrió al conocer la inhumanidad de un régimen totalitario y criminal le despertó la conciencia política.
Desde los tiempos de la liberación del suelo alemán efectuada por las tropas aliadas (Habermas evitó siempre hablar de ocupación), esa noción contiene para él connotaciones sumamente positivas: “«Democracia» era para mí la palabra mágica”, afirma en un esclarecedor texto sobre los orígenes biográficos de sus motivaciones políticas e intelectuales. Democracia es, de hecho, el hilo conductor que recorre su monumental obra.
En particular, del manejo que la clase política de la joven República Federal hacían del legado del régimen nazi criminal dedujo con asombrosa anticipación los déficits que se avecinaban en la construcción de formas de vida democráticas en Alemania, déficits que sólo llegaron a ser compartidos masivamente en virtud de las intensas movilizaciones estudiantiles de finales de los años sesenta.
Pero a pesar de toda la distancia crítica que Habermas tomó una y otra vez con respecto a las condiciones sociales y políticas para poder pensar críticamente sobre ellas, siempre se vio a sí mismo como un participante activo en la vida social y política no sólo de su país, sino también, sobre todo a partir de los años ochenta, de Europa.
Nociones de democracia
“Democracia” es ciertamente un término enormemente polisémico que se ha prestado a múltiples interpretaciones a lo largo de la historia.
Entre el amplio abanico de posibilidades, la noción de democracia adoptada por Habermas, en la medida en que considera inseparables las ideas de autonomía política y libertad igualitaria, habría de ser catalogada como una versión fuerte o radical de la misma. El énfasis lo coloca en el refinamiento y extensión del ideal participativo y deliberativo.
Habermas se mostró convencido de que para esto último los ciudadanos tendrán que disponer de mecanismos eficaces para ejercer control e influencia directa y permanente en todos los niveles en que se toman decisiones que afectan a la comunidad humana. Detesta el sesgo burocrático de tantas democracias contemporáneas en que tales decisiones se negocian sin transparencias como compromisos entre poderes fácticos. Su propia filosofía se centró en aclarar las condiciones en las que tanto las cuestiones morales como las políticas pueden ser respondidas de manera racional por las propias partes implicadas, por todas y sin exclusión.
También en España la comprensión habermasiana de la racionalidad práctica y de la democracia ha ejercido una considerable influencia teórica, no tanto – por desgracia – en el plano práctico.
De hecho, y desbordando el marco académico, la obra de Habermas ha contribuido a la configuración del lenguaje político de la España democrática.
Compromiso con la reflexión
Esta ascendencia intelectual fue ratificada públicamente en 2003 con la concesión del Premio Príncipe de Asturias para Ciencias Sociales. Así, en la exposición de motivos de dicha distinción, se afirma literalmente: “El jurado reconoce el compromiso de J. Habermas con la investigación y la reflexión crítica sobre las teorías de la sociedad moderna y los problemas del hombre actual, en busca de soluciones prácticas para el impulso de la democracia presente y futura”.
Esta es buena ocasión para evocar su aportación a la comprensión de las sociedades del capitalismo tardío y del mundo en globalización. Sus lúcidos diagnósticos sociales, sus posiciones públicas sobre cuestiones controvertidas, y sus contribuciones a la filosofía moral y política han hecho de Habermas una referencia insoslayable en el mundo contemporáneo.
Habermas logró tejer a su alrededor un fino entramado de relaciones intelectuales rigurosas y exigentes dentro y fuera de su país, una labor trabada en conversaciones y en lecturas, así como en una rica diversidad de rituales académicos, desde sus proverbiales coloquios hasta la dirección de múltiples tesis doctorales en donde su intervención siempre era una fuente de inspiración y estímulo.
Además de todo ello, Habermas es el brillante ejemplo de un hombre que combina el papel del ciudadano y el del filósofo de una manera sobresaliente. Es a la vez filósofo académico e intelectual comprometido, teórico de la esfera pública y activista en ella. Firme partidario del uso público de la razón, su vida entera es plasmación de ese afán.
Habermas brilló en un mundo donde los intelectuales públicos son una especie en peligro.
La actual escalada de tensión en Oriente Medio no es solo una crisis de seguridad. Es, ante todo, una crisis energética con consecuencias económicas directas para Europa, China y el resto del mundo. Para entender la lógica subyacente hay que mirar al mapa: concretamente, a los 54 kilómetros de anchura mínima del Estrecho de Ormuz.
Ormuz, un cuello de botella para la energía global
Por ese angosto paso marítimo fluye el 21 % del petróleo mundial. Pero la cifra más reveladora es otra: si descontamos el consumo interno de los países productores, Ormuz representa la mitad de todo el crudo que realmente circula por el planeta. El gráfico publicado por Visual Capitalist (con datos de la Agencia Internacional de Energía para el primer trimestre de 2025) sobre el comercio de petróleo a través del Estrecho, por países, ilustra con brutal claridad quién depende de ese cuello de botella y quién no.
En el lado de los productores de petróleo, cinco países del Golfo –Arabia Saudí, Irak, Emiratos, Irán y Kuwait– concentran el 93,6 % de todo el crudo que transita ese paso. En el de los compradores, la dependencia es aún más llamativa: el 89,2 % del petróleo que atraviesa Ormuz tiene como destino Asia. China, con el 37,7 % del total, encabeza la lista con diferencia. India (14,7 %), Corea del Sur (12 %) y Japón (10,9 %) completan un cuadro en el que cualquier perturbación del Estrecho golpea de forma directa y desproporcionada a las economías asiáticas.
Estados Unidos, en cambio, recibe apenas el 2,5 % de esos flujos, reflejo exacto de su autosuficiencia energética y de por qué Washington puede permitirse agitar la región sin pagar el mismo precio que sus rivales económicos.
No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben (todos, porque todo usa energía), se ajusta el consumo a la baja de la energía que escasea y las tecnologías alternativas consiguen abrirse hueco a marchas forzadas. Las grandes disrupciones geopolíticas han actuado históricamente como catalizadores de transformaciones energéticas que en tiempos de paz habrían tardado décadas.
La historia como argumento: las crisis aceleran las transiciones
El carbón europeo no llegaba por el bloqueo atlántico y fue rápidamente sustituido por el petróleo americano. Como consecuencia, América Latina llegó a la era de dominancia del petróleo casi 30 años antes de que lo hiciera Occidente. Las crisis del petróleo de los años setenta tuvieron un efecto análogo en Europa y Japón: aceleraron la diversificación energética, el desarrollo de la energía nuclear civil y los primeros programas serios de eficiencia energética.
En todos esos casos, la amenaza sobre el suministro fue el argumento que desbloqueó inversiones y reformas que la lógica económica cotidiana no había conseguido movilizar. El programa nuclear francés no habría existido sin la crisis del petróleo.
La pregunta no es, por tanto, si la crisis actual acelerará la transición energética. La evidencia histórica sugiere que lo hará. La pregunta es quién estará mejor colocado para aprovecharla.
Europa en la encrucijada
Europa ocupa hoy una posición incómoda. Atrapada entre su dependencia de las importaciones energéticas, con el suministro del gas y el petróleo ruso en cuestión, la presión de sus aliados atlánticos para comprar más petróleo y gas estadounidense y la lentitud de su propia transición –parcialmente bloqueada por la defensa de industrias maduras de combustión–, el continente corre el riesgo de pagar la cuenta de una crisis que no ha diseñado y de la que no extrae beneficio estratégico alguno.
Como señalan Mikel Otero y Ander Goikoetxea, quien no tenga la llave de los pozos ni el control sobre las rutas de suministro solo tiene una salida: desengancharse de los fósiles. Tal vez no debería sorprendernos que África se haya puesto a ello: el primer país del mundo en prohibir la importación de vehículos de combustión fue Etiopía en 2024.
Desde una óptica económica, la aceleración de la transición no es solo una respuesta ecológica o moral. Es la única estrategia que reduce la exposición de Europa a shocks exógenos de precios, refuerza su autonomía industrial y convierte en activo propio lo que hoy es vulnerabilidad estructural. La historia lo avala. La pregunta es si la urgencia llegará antes o después de que el coste sea insoportable.
Mar Rubio Varas, Catedrática de Historia e Instituciones Económicas, (UPNA). Investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE), Universidad Pública de Navarra. Artículo publicado originalmente en The Conversation.
Qui menteix a internet i per què: el perfil dels usuaris que falsegen les seves dades online
Avui, cada clic a internet genera dades. I aquestes dades poden tindre valor. És per això que moltes persones decideixen no dir la veritat quan s'hi registren en sortejos, enquestes o concursos. Un estudi de la Universitat de Barcelona trobà que quasi un 6 % dels usuaris a Espanya ha donat dades falses en aquest tipus de formularis. Aquest comportament és més comú en homes majors i dones joves, però les raons són més complexes del que sembla.
Però què porta algú a registrar-se com “Leo Messi” o a usar el correu d'una altra persona per participar més d'una vegada en un sorteig? En el nostre estudi, combinem intel·ligència artificial amb entrevistes personals per esbrinar-ho. Els motius més comuns són la desconfiança en les empreses, la diversió o el desig de protegir la privacitat.
Tan comú és?
Una empresa espanyola que recopila dades online ens permeté utilitzar la seva base de dades per la nostra investigació. Este fitxer conté la informació proporcionada per més de set milions de residents a Espanya perquè participà, entre 2010 i 2023, en sortejos i concursos en línia.
D'aquesta mostra, el 5,86 % falsificà les seves dades. Per a detectar-ho, utilitzarem ferramentes automàtiques que revisaven noms, codis postals, correus i telèfons. També verificàrem des de què dispositiu o xarxa es connectaven. El més interessant és que, quan vàries persones usen la mateixa connexió a internet, és cinc vegades més probable que alguna d'elles mentisca.
Qui menteix més?
Trobem diferències segons el grup de persones analitzades. Per exemple, els homes majors tendeixen a falsificar noms, cognoms i telèfons. En canvi, les dones joves solen donar correus falsos o telèfons inventats. Açò suggereix que no tots menteixen de la mateixa forma i que els formularis deurien adaptar-se per detectar millor estos enganys.
Què motiva aquestes mentides?
Entrevistem a 37 persones que havien donat dades falses. Les seves respostes mostren que molt a sovint no ho fan amb mala intenció. Algunes persones ho fan per venjança, perquè senten que elles han sigut enganyades abans per les empreses. Altres ho fan per diversió, com un joc. També hi ha qui creu que si s'hi registren vàries vegades, tenen més possibilitats de guanyar. Alguns inclús ho veuen com un repte, se senten més intel·ligents i veuen reforçada la seva autoestima si el sistema no els detecta.
Per què no oculten la seva direcció IP?
A pesar que mentir està mal vist, moltes persones no es preocupen per ocultar la seva direcció IP (el número d'identitat del seu dispositiu). Algunes diuen que canviar-la és incòmode. Altres no saben com fer-ho. I moltes no ho veuen necessari, perquè mai han sofert conseqüències. Açò prova que moltes persones creuen que és difícil detectar l'engany i que no els passarà res per mentir a internet.
Per què és important?
En l'era digital, moltes decisions es basen en les dades que donem a internet. Si aquestes dades són falses, les empreses i organitzacions poden prendre decisions equivocades. Açò afecta des de campanyes de publicitat fins estudis sobre salut o educació. També planteja una pregunta important: com detectar qui menteix sense perjudicar qui enganya sense voler?
Què podem fer?
Este estudi ens recorda que darrere de cada dada hi ha una persona. I que no sempre es menteix per maldat. De vegades es fa per por, altres per diversió o simplement per costum. Si volem una societat digital més honesta no només necessitem millorar el sistema, també necessitem entendre millor el comportament humà.
Este post es un "reblog" desde el espacio de Laura Govela en Substack. (Psicologa sanitaria)(alert-success)
—¡Mira, hay un mono que se lleva un peluche a todas partes! —me dice, acercándome el móvil a la cara.
—Ay, qué bonito. —dije sin mucho entusiasmo, pensando que era otro video de los Therian. Pero después se hizo viral y ya no me quedó más remedio que prestar más atención.
Si no sabes de qué hablo.
Punch es un monito de un zoológico japonés que, al ser rechazado por su madre al nacer, solo encuentra consuelo en un maxipeluche de mono en el que se refugia y busca consuelo en momentos de malestar, como cuando sus iguales se meten con él. La verdad es que, si bien la relación entre el primate y su peluche puede parecer muy tierna, como psicóloga, no me resultaba algo sorprendente o nuevo.
Cuando nos hablaron por primera vez de apego en la carrera, primero lo ilustraron con un experimento en bebés humanos y acto seguido con otro en monos. Dicho experimento se denomina “madres sustitutas” (Harlow, 1958). Separaban a crías de mono de sus madres biológicas al nacer y las criaban en jaulas individuales (mejor que no pienses ahora en los derechos de los animales).
En cada jaula disponían dos “madres” artificiales:
Una madre de alambre duro, que llevaba incorporado un biberón con leche.
Una madre de felpa, suave y acolchada (como el peluche de Punch), que no proporcionaba alimento.
La hipótesis de los investigadores era que los monos serían prácticos y pasarían más tiempo con la madre metálica que proporcionaba comida. Sin embargo, los monos solo se acercaban a la madre de alambre el tiempo imprescindible para saciar su apetito.
El resto del tiempo (una media 17 horas al día) lo pasaban abrazados a la madre de felpa, buscando contacto, calor y sensación de seguridad. Fue interesante comprobar que no era una necesidad básica como la comida aquello que incentivaba más a nuestros primos. Es el contacto y la seguridad emocional percibida.
Winnicott, un psicoanalista de los del diván, introdujo el término de objetos transicionales. Son objetos materiales elegidos por el bebé (como una mantita o un peluche) que le sirven para calmarse y sentirse seguro en ausencia de la madre.
¿Lo interesante?
Que los sistemas de apego y regulación no expiran al crecer, así que los adultos no nos libramos de sus influencias
El peluche que buscamos de adultos
Déjame decirte que todos hemos sido Punch. No porque tengamos problemas con mamá (que también, ejem), sino porque hemos necesitado refugio, contención y sensación de seguridad. El problema es que a veces se acaba buscando en los lugares (o de las maneras) menos oportunas.
Ten en cuenta que tu “peluche” puede adoptar varias formas:
Una pareja a la que nos aferramos incluso cuando no nos respeta demasiado.
Podríamos decir que de adultos buscamos la regulación de una manera más sofisticada. Y aunque pueda ser dolorosa, es un tipo de regulación, al fin y al cabo. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando lo que eliges para regular no solo no lo hace, sino que además te activa? —Pues que entramos en el apasionante y difícil mundo de la regulación adulta.
Lo que nos lleva a lo siguiente…
¿Con qué te regulas cuando te sientes inseguro?
Tu sistema interno intenta ser lo más práctico posible (intenta evitar el dolor). Ante ciertos estados emocionales, y en momentos de tensión, le puede importar bien poco si lo que hace es saludable o no. Porque lo que le interesa es calmarse.
Y cuando lo que tiene a mano no es una relación segura, ni siente que pueda regularse a sí mismo, pues oye, tira por donde puede. Y así, puede aferrarse a una pareja regulinchi, porque la alternativa, su ausencia, activa algo más intolerable.
A veces es el móvil que se consulta compulsivamente cuando se siente soledad, porque la conexión constante puede amortiguar la sensación de desconexión.
Otra es el trabajo, convertido en identidad, porque el rendimiento ofrece sensación de valor y estabilidad.
O, como decíamos antes, la hiperindependencia, esa versión adulta del “no necesito a nadie”, que en realidad protege del miedo a necesitar y no ser sostenido.
No va sobre éxito, validación ni productividad. Va sobre un intento de regulación. De un cuerpo que necesita bajar la tensión y apagar la alarma para aprender a sentirse seguro.
Porque cuando no se ha aprendido a tolerar cierta activación interna sin desregularse, es fácil elegir cualquier peluche que ofrezca alivio inmediato. Aunque el precio sea alto.
Pensar es incómodo, por eso se vuelve raro en un mundo que ansía atajos fáciles.
Hace décadas, el escritor Isaac Asimov puso nombre a algo que hoy sentimos, aunque no siempre sepamos explicarlo. En su ensayo El culto a la ignorancia, escribió para quienes notan que algo no encaja en la forma en que pensamos y opinamos… pero todavía no habían encontrado las palabras para definirlo.
Su idea era cruda: se ha creado un culto a la ignorancia colectiva. Y esto puedes llevarnos a una sociedad con consecuencias fatales…
El culto a la ignorancia
La ignorancia ya no es una falta de conocimiento. Ahora es un refugio emocional.
Durante siglos, no saber fue el punto de partida natural del aprendizaje. Sócrates lo resumió bien: "solo sé que no sé nada". Reconocer la propia ignorancia abría la puerta a comprender mejor el mundo y emprender así un camino hacia la sabiduría.
Hoy ocurre lo contrario. No saber ya no invita a aprender, ahora protege de la incomodidad de descubrir que estabas equivocado, porque rectificar duele. Duele en la autoestima.
El culto a la ignorancia no es el odio al conocimiento, es el miedo a fallar en público. Reconocer que no sabes algo implica aceptar que quizá tu forma de ver el mundo (política, moral, cultural) necesita ajustes. Y eso, en una sociedad obsesionada con exhibirse ante el resto, es demasiado incómodo. No se premia el proceso de quien con humildad aprende y rectifica, lo que se premia es la certeza de quien afirma sin dudar y no cambia de ideas, porque parece saber bien de lo que habla.
Por eso tantas discusiones no son sobre ideas, son sobre quién eres. Solo son dos personas defendiendo posiciones que nunca cambiarán para no reconocer públicamente su error. Lo que defienden son sus identidades, aquellas creencias que les definen y que no cambiarán ni aunque estén equivocadas. Ahí es donde empieza el culto a la ignorancia que Asimov temía...
Igualdad no es equivalencia
Cuando la ignorancia se normaliza, confundimos igualdad con equivalencia. Asimov aquí tiene una visión dura: en democracia todos tenemos derecho a debatir, pero no todas las opiniones valen lo mismo. La idea de que “todas las opiniones valen lo mismo” nace de una buena intención, pero tiene un efecto secundario dañino: mata el deseo de aprender. Porque si mi opinión no trabajada vale igual que la tuya, ¿para qué esforzarme? ¿Para qué leer, estudiar, dudar, incomodarme?
El resultado es un espacio público cada vez más ignorante.
Así sucede la Ley de Gresham en el debate público. Los mensajes que llegan a la ciudadanía se simplifican poco a poco para que hasta la persona más ignorante pueda sentirse cómoda al escucharlo sin tener que hacer el esfuerzo de aprender. La consecuencia es un lenguaje cada vez más pobre y conceptos más simples y errados. Y cuando el lenguaje se empobrece, el pensamiento lo sigue. Solo con lemas, memes y frases cortas no se construyen ideas complejas, ni se pueden tomar decisiones serias, ni se puede debatir de temas de importancia.
Sin palabras precisas no hay matices, sin matices no hay comprensión real.
Un lenguaje pobre limita lo que decimos y limita lo que podemos pensar. Sin embargo, debido a la Ley de Gresham, es lo más simple lo que se propaga más. Por eso el mensaje más viral es hoy es el más simple, el más corto, el más emocional. El que menos te exige pensar. Ahora, la pregunta inevitable: ¿qué pasa si se empieza a recompensar lo simple? Este era el riesgo que Asimov veía. Cuando el debate público se adapta a la ignorancia, en vez de combatirla, y los gobernantes ven que lo más eficaz no es explicar la compleja realidad, sino simplificarla para atraer votantes, estamos en peligro.
Así, poco a poco, dejamos de tener una democracia seria.
Y nos deslizamos hacia una oclocracia.
Del gobierno del pueblo al gobierno de la muchedumbre, justo lo que Asimov temía.
Atreverse a pensar
Aquí aparece la gran paradoja.
Nadie te impide pensar.
Nadie prohíbe ideas.
Nadie quema libros.
Lo que ocurre es mucho más sutil: el entorno hace que pensar no sea necesario.
¿Por qué buscar información por tu cuenta si un algoritmo ya recogió tus datos personales y decidió qué mostrarte? ¿Por qué revisar tus creencias si cada vez que las repites recibes aprobación en redes sociales? ¿Por qué incomodarte en pensar si puedes decirle a la IA que lo haga por ti? Así, poco a poco, dejamos de cuestionar lo que consumimos y pensamos.
El problema no es la tecnología.
El problema es nuestra relación pasiva con ella. Ni Google, ni la inteligencia artificial, ni el acceso ilimitado a información han reemplazado jamás el esfuerzo de comprender. Pero la ilusión de tener respuestas rápidas nos hizo creer que ya no hace falta pensar. Que ya no hace falta pararse a reflexionar y que, como todo va cada vez más rápido, pensar sigue la misma lógica. Pero no.
Pensar hoy es elegir incomodarse voluntariamente.
Detenerse cuando podrías reaccionar.
Escuchar cuando podrías hablar.
Dudar cuando podrías repetir.
Es incómodo, pero liberador, porque una mente que piensa no se deja arrastrar con facilidad y una sociedad que reflexiona es difícil de dirigir en grandes masas de pensamiento único. Parece que la persona más peligrosa ya no es la que protesta.
Imagine un combate épico, pero no en un estadio lleno de luces, sino dentro del cuerpo humano. En un ring diminuto, dos fuerzas se enfrentan en un duelo biológico: la madre y el padre. O, mejor dicho, sus genes. La placenta es el cuadrilátero donde se libra esta lucha silenciosa, y su resultado determinará el destino del futuro bebé.
A pesar de su efímera existencia, la placenta es un órgano multitarea. Su función principal es abastecer al feto con oxígeno y nutrientes, además de producir hormonas que transforman el metabolismo materno para sostener el embarazo. Sin ella, los mamíferos –incluidos los humanos– no podríamos existir. Sin embargo, sigue siendo uno de los órganos más misteriosos y menos comprendidos de nuestro cuerpo.
La placenta proviene del material genético de ambos progenitores, lo que significa que debe equilibrar dos intereses opuestos. Mientras que los genes paternos buscan extraer la mayor cantidad de recursos de la madre para garantizar la mejor nutrición del feto, los genes maternos intentan regular este consumo para no agotar sus propias reservas, asegurando su supervivencia y la posibilidad de futuros embarazos.
Antes de subir al ring, los boxeadores se preparan física y mentalmente. Lo mismo ocurre en la gestación, solo que aquí la preparación comienza incluso antes de la concepción. Diversos estudios han demostrado que la contaminación, una dieta rica en grasas y azúcares, el estrés o la edad de los padres pueden afectar el crecimiento y funcionamiento de la placenta, impactando directamente el desarrollo fetal.
Pero la historia no termina ahí: la microbiota intestinal de la madre y el padre también juegan un papel clave en la salud placentaria. Y si cree que las decisiones de generaciones pasadas no tienen importancia, piénselo dos veces: la epigenética nos muestra que la herencia de nuestros abuelos puede influir en nuestra capacidad reproductiva, afectando incluso a nuestros nietos. En este combate, el pasado también tiene su impacto en el presente.
Primer asalto: la implantación
El primer asalto es clave en cualquier pelea: los boxeadores tantean el terreno y establecen su estrategia. En el embarazo, este momento crucial es la implantación del embrión en el útero.
Aquí entran en juego los trofoblastos, células especializadas de la placenta que deben regular meticulosamente este proceso. Si algo falla, pueden surgir complicaciones como la placenta accreta (la placenta se adhiere de forma anormalmente profunda a la pared del útero), la pérdida embrionaria o la preeclampsia, un peligroso trastorno vinculada a la hipertensión materna.
Para que la implantación se produzca con éxito, resulta esencial que el sistema inmunológico materno no rechace al embrión, que en parte es un “extraño” debido a su carga genética paterna. Se trata de un delicado juego de tolerancia e invasión, donde la placenta debe encontrar el equilibrio perfecto para adherirse lo suficiente sin volverse un peligro para la madre.
El combate en sí: el desarrollo del embarazo
En cada asalto, los boxeadores deben ajustar su estrategia, y lo mismo ocurre en la gestación. En las primeras etapas, la madre acumula reservas energéticas, pero a medida que el feto crece y demanda más nutrientes, su metabolismo debe adaptarse rápidamente. Un desajuste en este equilibrio puede provocar condiciones como la diabetes gestacional, que afecta aproximadamente al 12 % de las mujeres en España.
Investigadores de la Universidad de Cambridge descubrieron un sorprendente mecanismo en ratonas gestantes: cuando se inhabilitaba el gen de impronta paterna Igf2 en las células endocrinas de la placenta, las madres mostraban un metabolismo similar al de las no gestantes. Como consecuencia, los fetos tenían niveles bajos de glucosa y eran más pequeños.
En humanos, una sobreexpresión de ese mismo gen puede generar el efecto contrario, exacerbando los cambios metabólicos en la madre y aumentando el riesgo de diabetes gestacional. Es un juego de equilibrio donde cualquier alteración puede inclinar la balanza de forma peligrosa.
Pero la placenta no solo gestiona los recursos energéticos: también actúa como un escudo protector. Es capaz de filtrar muchos compuestos dañinos que podrían afectar al bebé, como algunas toxinas y patógenos. Sin embargo, no es infalible. Sustancias como el alcohol, la nicotina y ciertos fármacos pueden atravesarla y afectar el desarrollo fetal, lo que refuerza la importancia de los cuidados maternos durante el embarazo.
Después del combate: recuperación y consecuencias
Tras un combate intenso, los boxeadores necesitan tiempo para sanar y recuperar fuerzas. Lo mismo ocurre con la madre después del parto: su cuerpo debe reajustarse, ya sea para la lactancia o para volver a su estado previo. Sin embargo, algunas secuelas pueden permanecer. Los cambios metabólicos y hormonales durante el embarazo pueden dejar cicatrices invisibles, aumentando el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión o depresión postparto.
El bebé tampoco sale ileso de este combate. Si su ambiente intrauterino no fue óptimo, puede enfrentarse a mayores probabilidades de padecer enfermedades como cáncer, esquizofrenia, obesidad o hipertensión en la adultez. Lo que ocurre en esos nueve meses deja huellas que pueden perdurar toda la vida.
La placenta: mucho más que una moda pasajera
En los últimos años, la placenta ha captado la atención mediática, ya sea porque algunas celebridades afirman consumirla con fines rejuvenecedores o porque ciertos grupos la han incorporado en rituales espirituales.
Pero más allá de estas modas, este órgano es un verdadero libro de historia biológica: en sus células se esconde información clave sobre nuestra salud, nuestro pasado y nuestro futuro. Comprender su funcionamiento no solo nos ayudará a prevenir enfermedades en la madre y el bebé, sino que podría transformar el modo en que entendemos la reproducción humana.
Después de todo, en el ring de la vida, la placenta es el árbitro silencioso que decide el destino de cada nuevo ser humano. Quizás sea hora de darle el protagonismo que se merece y desentrañar todos los secretos que esconde en su interior.
En la Antigua Roma, el paterfamilias (cabeza de familia) ejercía, al igual que en la actualidad, la patria potestad sobre los hijos, lo cual le otorgaba una serie de derechos. Así, tenía el derecho a decidir sobre si vivían o morían, el derecho a entregarlos en matrimonio, el derecho a venderlos y el derecho a abandonarlos.
Son diversos los motivos que llevaban a un padre a abandonar a sus hijos, aunque la situación de pobreza, la presencia de enfermedades, malformaciones o discapacidades en los neonatos o el género femenino eran los más relevantes.
No conocemos lugares específicos donde el paterfamilias pudiera depositar a los hijos por lo que, en general, se hacía en espacios públicos o en la columna lactaria –el lugar donde algunos progenitores pobres llevaban a sus hijos para alimentarlos con leche–. Dicho abandono se producía al alba para garantizar su supervivencia y que pudieran ser recogidos por otras personas que podían criarlos como hijos o esclavos –aunque lo más habitual era la explotación física y sexual–.
A partir de las investigaciones realizadas sobre el asunto y del rastreo de fuentes jurídicas que se ocupan de la cuestión, podemos afirmar que, inicialmente, el abandono no supuso la pérdida de la patria potestad. De hecho, en cualquier momento el padre podía reivindicar al hijo abandonado a la persona o familia que lo hubiera recogido.
La dificultad de identificar a los bebés
Esta era una cuestión controvertida, ya que resultaba bastante complejo probar la filiación a menos que se le hubiera realizado algún tipo de marca al bebé, se hubieran dejado dentro de la caja objetos de escaso valor o crepundia para favorecer la reivindicación posterior o que el depósito lo hubieran realizado esclavos y se hubieran mantenido escondidos para conocer y poder identificar, en su caso, a quienes lo hubieran recogido.
En la época previa a Justiniano, el paterfamilias podía recuperar a un hijo abandonado si pagaba una indemnización por los gastos de crianza al nutritor o persona que lo hubiera recogido. Sin embargo, durante su gobierno, esta posibilidad se eliminó, y el abandono supuso la pérdida de la patria potestad, reconociendo al nutritor la posibilidad de decidir si incorporaba al niño a su familia como hijo, o lo mantenía como esclavo.
Al margen de limitar los derechos del padre que expone sobre los hijos abandonados, y al objeto de evitar la continuidad de la práctica, el emperador Constantino (272-337) impuso al fisco y al poder público romano la obligación de garantizar el sustento de las familias pobres y castigó con sanciones civiles como la privación de la patria potestad o penales como reconocer como parricidio a quienes atentaran contra sus propios hijos hijos. Justiniano (482-565), por su parte, extendió esta protección al exigir igualdad de trato para los niños abandonados, garantizando su derecho a ser alimentados, educados y reconocidos como personas libres.
En Estados Unidos hay cunas inteligentes para abandonar recién nacidos
En la actualidad, para garantizar la seguridad y la viabilidad de los recién nacidos ante el deseo de la madre de abandonarlos, se han instalado en algunas ciudades de Estados Unidos en lugares estratégicos las llamadas baby boxes o cunas inteligentes.
Se presentan como auténticas incubadoras, ya que disponen de un sistema acolchado diseñado específicamente para ofrecer un entorno protector que asegura el bienestar del recién nacido e incorpora sensores de temperatura cuya función es mantener condiciones térmicas óptimas que garantizan la supervivencia del bebé.
Igualmente, con el fin de maximizar la seguridad del recién nacido, se ha implementado un sistema de alerta eficiente conforme al que se activa una alarma silenciosa que, al detectar la apertura de la puerta exterior, avisa inmediatamente y de forma directa a las autoridades competentes, permitiendo una intervención rápida y asegurando la protección y asistencia del menor sin comprometer la confidencialidad del proceso.
El antecedente de estos dispositivos los encontramos en los llamados “tornos de expósitos” giratorios instalados en conventos y orfanatos, especialmente a partir del siglo XVIII, que surgieron como una medida para evitar que los niños no deseados o abandonados fueran expuestos al peligro en las calles. Aunque rudimentaria y cuestionable, esta práctica ofrecía una solución más humanitaria que la romana.
Depósito seguro para niños de menos de 30 días
En los Estados Unidos, particularmente en el Estado de Indianapolis, en el año 2016 se establecieron las primeras unidades al amparo de la legislación Indiana. Según la normativa, para poder realizar el depósito es imprescindible que el nacido tenga menos de 30 días, que haya sido dejado de manera voluntaria por el progenitor y que éste no tenga la intención de recuperarlo, asumiéndose la custodia inmediata, sin necesidad de orden judicial, por parte de los servicios médicos de emergencia.
No obstante, también se asumen otras cautelas para determinar si existe alguna denuncia de algún menor desaparecido y de cara también al nombramiento por parte de la autoridad judicial de un tutor o un defensor especial del niño.
Conflicto con el derecho a preservar la identidad
Esta iniciativa también existe en Italia bajo el nombre de Culle per la vita, y en Alemania como Babyklappen. En Polonia, las “ventanas para la vida” o las Okna Życia son gestionadas por Cáritas.
En todos estos ejemplos, los niños son puestos bajo la autoridad del Estado y entran en el sistema de adopción si los padres no los reclaman en un plazo determinado. Además, evitan la criminalización de mujeres en contextos de desesperación, protegiendo la vida de los recién nacidos en momentos críticos.
Sin embargo, algunos expertos destacan que esta práctica vulnera el derecho del niño a conocer su origen biológico, un derecho defendido en la legislación internacional, como se recoge en el artículo 8.1 de la Convención sobre los Derechos del Niño. El artículo establece la obligación de los Estados Parte de “respetar el derecho del niño a preservar su identidad, incluidos la nacionalidad, el nombre y las relaciones familiares…”. Es decir, es más importante que los hijos dados en adopción puedan llegar a conocer a sus padres biológicos que preservar la identidad de estos.
Este derecho es esencial en el debate sobre las baby boxes, ya que si bien los niños abandonados mediante estos sistemas preservan su vida, pueden perder la posibilidad de conocer sus orígenes biológicos.
Por otro lado, se teme que esta práctica pueda fomentar el abandono en lugar de alentar políticas de apoyo social y económico para madres vulnerables. Asimismo, se cuestiona la falta de seguimiento a las madres que, al recurrir a este sistema, pierden la posibilidad de recibir apoyo psicológico o económico.
En cualquier caso es importante tener presente aquellos contextos de extrema vulnerabilidad y desesperación en los que estas babyboxes cumplen una función preventiva crucial, si bien la legislación siempre debe priorizar el interés superior del niño.
La implantación de estos dispositivos en España demandaría una legislación equilibrada que garantice el respeto a otros derechos y promueva alternativas que eviten el abandono anónimo, fomentando la adopción o el acogimiento.
Hace unos días, hablábamos sobre este tema. Sigo con mi cruzada tratando de recordar que en nuestro idioma tenemos dos palabras que nos llevan a confusión y que se usan indiscriminadamente, según mi modesto entender influenciados por las religiones judaico-cristianas: Consciencia y conciencia. Que cada cual se maneje como prefiera. No discutiremos por eso.
Los misterios de la conciencia: un viaje por las grandes preguntas
¿Se ha preguntado alguna vez por qué está aquí, en este preciso momento, leyendo estas palabras? ¿Por qué puede hacerlo y, a la vez, ser consciente de ello? ¿Cómo es posible que nosotros, hechos de la misma materia que todo lo demás, tengamos conciencia? ¿Cómo puede un conjunto de partículas tan diminutas generar tantas preguntas?
Estos interrogantes han fascinado a la humanidad durante siglos. Filósofos, líderes religiosos y científicos de todas las épocas han dedicado incontables horas a desentrañar estos misterios de nuestra existencia. Hoy, el estudio de la conciencia está más vivo que nunca, con científicos desarrollando teorías y modelos para explorar el enigma.
Pero aquí surge una pregunta clave: ¿cómo definimos la conciencia? Aunque pueda parecer sencillo, supone un verdadero desafío.
Una experiencia dífícil de transmitir
Por ejemplo, puedo entender lo que significa estar consciente porque lo vivo, pero explicárselo a alguien o algo sin conciencia puede ser imposible.
En este momento, estoy percibiendo un sinfín de sensaciones y estímulos. Podría describir qué veo en mi ordenador, qué estoy respirando o que tengo un objeto de color verde enfrente, pero ¿cómo explicar el sonido de un teclado a alguien que nunca lo ha oído? ¿Cómo narrar la experiencia de ver a alguien que siempre ha sido ciego, o la sensación de respirar a alguien que no tiene esa capacidad? Estas son cualidades subjetivas de mi experiencia, difíciles de transmitir a quien no las comparte.
Los expertos han establecido una distinción clave entre dos tipos de conciencia: la fenomenológica y la funcional. La primera se refiere a “lo que se siente” al experimentar algo. La primera nos sumerge en el mundo de las experiencias subjetivas, llevándonos a hacernos preguntas del tipo “¿cómo percibes el color rojo?” o explorar pensamientos como los del famoso ensayo ¿Como se siente ser un murciélago?.
En esencia, la conciencia fenomenológica se centra en el aspecto experiencial y nuestra subjetividad, adentrándose profundamente en cómo vivimos y entendemos nuestras propias sensaciones y percepciones.
En contraposición, la conciencia funcional se ocupa de su papel dentro de los procesos cognitivos y los comportamientos de un organismo. Analiza cómo nuestras experiencias subjetivas influyen en nuestra forma de pensar, en la toma de decisiones y en nuestras acciones cotidianas. Esta dimensión es esencialmente pragmática y explora cómo nuestras percepciones y pensamientos interactúan y afectan a nuestro comportamiento diario, facilitando nuestra navegación por el mundo.
Es una diferenciación que no está exenta de debate. Algunos argumentan que ambas facetas de la conciencia están intrínsecamente entrelazadas y no pueden separarse fácilmente, mientras que otros creen que pueden existir de manera independiente.
El experimento del zombi filosófico
Un ejemplo fascinante que ilustra esta discusión es el experimento mental del zombi filosófico: imagine a un humano que parece, actúa y habla como un ser consciente, pero que carece de cualquier forma de conciencia. Este ser no tiene experiencias subjetivas y, a pesar de su apariencia externa, no posee un “mundo interior”. Aunque para algunos es un escenario poco probable, sirve para demostrar que, al menos en la imaginación, se pueden separar las propiedades funcionales y fenomenológicas de la conciencia.
Este debate se alinea directamente con los grandes desafíos en el estudio de la conciencia, conocidos como el problema fácil y el problema difícil. El primero implica entender los aspectos funcionales del cerebro que posibilitan la conciencia, como la percepción y la cognición, mientras que el problema difícil implica elucidar por qué y cómo tenemos experiencias subjetivas y cualitativas.
A pesar de los avances en el estudio de la conciencia, el segundo continúa siendo uno de los misterios más persistentes. Algunos teóricos lo consideran como un rompecabezas insoluble, sugiriendo que quizás nunca seamos capaces de comprender completamente por qué tenemos experiencias subjetivas. Otros van aún más allá, proponiendo que el problema difícil, o incluso la conciencia misma, no son más que ilusiones.
No obstante, desentrañar este misterio, o al menos intentarlo, no disminuye la maravilla de la conciencia. De hecho, la comprensión de sus complejidades puede hacer que la experiencia de la conciencia sea aún más fascinante.
Es una reflexión que resuena con la curiosidad innata del ser humano sobre preguntas fundamentales: ¿por qué estamos vivos? ¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿Por qué existe el universo? Estos interrogantes, que pueden no tener respuestas definitivas, son esenciales para nuestra existencia y reflejan un profundo deseo de entender nuestro lugar en el cosmos.
¿Y si es una pregunta sin respuesta?
En su Crítica de la Razón Pura (1781), Immanuel Kant capturó este dilema al señalar que la razón humana está destinada a afrontar preguntas que no puede ignorar, pero que también están más allá de su capacidad de responder.
Este aspecto de la condición humana inicialmente me causaba temor, la idea de que el problema de la conciencia podría permanecer sin resolver. Sin embargo, con el tiempo, he aprendido a valorar y maravillarme ante estos misterios.
En una era dominada por la inteligencia artificial, donde cada vez más secretos son desvelados, los enigmas que siguen sin resolverse añaden un encanto especial a nuestra experiencia y motivan nuestra curiosidad.
En última instancia, esto representa la frontera final de la ciencia: la búsqueda de respuestas a preguntas que parecen imposibles de resolver. Estos misterios no solo desafían nuestro entendimiento, sino que también enriquecen nuestra experiencia del mundo, manteniendo viva la llama de la exploración y el asombro.
Este artículo fue finalista en la IV edición del certamen de divulgación joven organizado por la Fundación Lilly y The Conversation España.
Hay un extraño silencio en la cara oculta de la Luna
Fotografía de la cara oculta de la Luna, en la que son visibles el Mare Orientale (centro izquierda) y el mare del cráter Apollo (arriba izquierda), tomada por la nave espacial Orión durante la misión Artemis 1
Wikimedia Commons / NASADavid Galadí Enríquez, Universidad de Córdoba
Sobrecoge pensar en la soledad que impera en la cara oculta de la Luna. Quien la habitara podría pasar toda la vida sin saber que muy cerca hay un planeta azul y vivo, acuático y brillante, porque desde allí la Tierra no se ve.
Todos los objetos observables nos muestran sus dos lados, excepto la Luna. A su cara oscura no llegan nuestras señales radioeléctricas y su silencio y aislamiento son una extraña singularidad.
Ninguna de nuestras emisiones de radio o televisión la tocan, porque la masa lunar las bloquea. En toda la esfera de decenas de años luz por la que se están difundiendo hacia la galaxia las noticias de que la Tierra alberga una civilización tecnológica, solo hay un lugar en el que resultaría imposible enterarse de semejante maravilla: la mitad que la Luna oculta, la mitad del astro que, paradójicamente, tenemos más cerca.
Cada misión estadounidense Apolo ponía a dos varones blancos en la cara visible y dejaba a un tercero dando vueltas a la Luna dentro de la nave. Estos últimos astronautas se quedaban aislados del resto de la humanidad durante casi 30 minutos en cada órbita: Collins, Gordon, Roosa, Worden, Mattingly, Evans… robinsones transitorios, las únicas personas de la historia que pueden decir, ellos sí, que han estado solos.
El silencio radioeléctrico que hay en la cara oculta de la Luna convierte ese lugar en un buen candidato para instalar radiotelescopios libres de interferencias. Pero nadie consideró en el pasado la posibilidad de aterrizar allí. Desde luego, no ha ido ningún astronauta, pero incluso enviar una sonda automática sería inútil porque resultaría imposible enviar datos o comunicarse con la Tierra desde esos lugares.
La agencia espacial china tuvo que situar antes de la llegada de Cháng'é 6 unos satélites repetidores que permitieran la comunicación, ubicados algo más allá de la Luna, los relés Quèquiáo 1 y 2. La asombrosa solución ha hecho que la cara oculta de la Luna deje de ser un sitio libre de ondas artificiales. La humanidad ya ha llevado el ruido. Pronto le seguirá la basura.
La Luna, en la mitad que vemos, lleva pintada una cara, esas manchas oscuras que dibujan los mares. Su otra mitad… ¿cómo será la otra mitad?
La lejana Luna, la Luna oscura, se convirtió en un enigma cuando el telescopio reveló que todo gira en el cosmos. Si todo da vueltas, ¿cómo es posible que el balón plateado de la Luna no lo haga también? Si nuestro satélite natural girara, visto desde la Tierra, el panorama de su disco iría cambiando con el paso del tiempo, y no lo hace. Algo muy extraño estaba ocurriendo.
La razón de su cara oculta
La explicación la aportó la mecánica celeste. Así como la Luna ejerce sobre la Tierra mareas que levantan los mares, nuestro planeta actúa sobre la esfera lunar, y lo hace con mareas mucho más intensas. Tanto que, con el tiempo, las mareas terrestres han alargado la Luna en dirección hacia la Tierra y la han forzado a rotar alrededor de su eje en el mismo tiempo que invierte en completar una órbita en torno a nuestro planeta. No es que la Luna no rote, sí que rota, lo que pasa es que lo hace al mismo compás de su giro orbital. Como resultado de esta rotacion sincrónica, desde la Tierra solo vemos una cara de la Luna, congelada, sin giro aparente. En justa correspondencia, al otro lado hay todo un hemisferio invisible, la cara oculta de la Luna.
Todos los objetos del cosmos observable, sin excepción, nos van mostrando sus dos lados con el paso del tiempo. Desde el asteroide más minúsculo hasta el Sol, desde la galaxia más remota a un planeta extrasolar en torno a Próxima Centauri, todo yira, yira de manera que, si se espera el tiempo suficiente y se dispone de un telescopio lo bastante potente, en principio se tendría acceso a todos sus lados. Pero la indiferencia del mundo lunar, que es sordo y es mudo, nos ha gastado esta broma pesada, gentileza de la mecánica celeste: el astro más cercano del cosmos es, a la vez, el único, pero el único de verdad, que nos esconde la mitad de sus secretos.
En principio no tendría por qué haber nada especial en ese lugar. Se supone que los procesos cósmicos han sido semejantes y, durante siglos, se consideró que el lado lunar oculto debería parecerse al visible. Pero ¿qué mayor muestra de progreso que volar más allá de la Luna y descubrir lo que le ocultó a toda la humanidad a lo largo de la historia? Eso se propuso la Unión Soviética en el año 1959 cuando envió un prodigio tecnológico, la sonda espacial Luna 3, a cartografiar lo nunca visto.
La Tierra tiene la culpa
Cundió la consternación: el hemisferio oculto de la Luna resultó muy distinto al visible y carece casi por completo de mares oscuros. No hay una cara pintada al otro lado. Eso sí, desde octubre de 1959 la ciudad de Moscú tiene mar, el Mare Moscoviense, en la cara opuesta de la Luna, y varios de los rasgos más llamativos de ese lado lucen aún nombres soviéticos, como el gran cráter oscuro Tsiolkovski.
No termina de estar claro por qué el otro lado de la Luna es tan distinto al que vemos, pero todas las explicaciones que se manejan se lo achacan a la influencia de la Tierra, un insólito planeta habitado que no se escucha ni se ve desde el lado oscuro de la Luna.