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03/05/2024

Conversando con Okanuh

Ricard Pardo


Y tú ¿Cómo lo haces?

—Muero cada día—Respondió Okanuh.

—Los días son un simbolismo de la vida. Amanece un sol en un horizonte y asciende mientras tú te sientes rejuvenecido por el descanso nocturno. Llega un momento en que el astro está en su cenit y comienza a descender. Tu energía ha estado siendo consumida por tu actividad y otras cosas en las que has puesto mucha fuerza y voluntad. En el día como símbolo, del que te hablo, ocurre igual que en la vida entera y real. Después de la tarde llega un ocaso repleto de luces cambiantes y que al mismo tiempo oscurecen y disminuyen de intensidad como disminuye también tu energía. 

¿La vejez?
—Sí, la vejez. Hoy te presento un simbolismo que se refiere a una vida afortunada, lo suficientemente larga como para que, al igual que ocurre en una jornada, los paisajes han transcurrido diversos, las nubes han recorrido el cielo dando momentos de brillo intenso y otros más oscuros o nublados. Y como en este ejemplo de la jornada, ahora la vida ha llegado a este tiempo donde los recuerdos se oscurecen, pero cubriéndose del color de las emociones, al tiempo que el rostro y la frente se llenan de arrugas.
En mi morir diario, sucede parecido. Cuando la luz se desvanece entre sombras y negruras, me recojo. Como sabes, no soy religioso ni creyente ni contemplo fe o esperanza alguna de trascendencia, pero eso no me impide percibir la fuerza en mi interior de un espíritu que no puedo negar y mientras me preparo para la muerte diaria, lo escucho. Es un diálogo hermoso entre él y mi mente, pues hace tiempo me di cuenta de que no eran lo mismo.  Y aunque tienen una voz muy parecida, si me concentro, en meditación, puedo distinguirlos. Él, ese espíritu, escucha mucho más que habla, mientras que la mente parece un pajarillo enjaulado saltando constantemente. No estoy seguro, pero creo que soy yo, el que sin imposiciones, consigo que el pajarillo calle un poco y tambien escuche.

¿Y mueres?

—Simbólicamente sí. Es abandonarse en los brazos del sueño. Dejarse ir. Situarse en un plano diferente, trasladarse a otra realidad. 

¿Y luego cuando despiertas, es como un renacimiento?

—De nuevo simbólicamente sí. Renacer no es un hecho comprobable; es solo una idea y como tal idea puedo plantearme el nuevo presente después de despertar, como una nueva vida y es lo que el simbolismo quiere dar a entender. Un día es una vida. La noche, la permanencia en eso que los budistas llaman el Bardo y el despertar es un nuevo renacer; otra vida. Y muy posiblemente desde los principios de los tiempos esta idea se ha ido convirtiendo en la semilla de las creencias sobre la reencarnación. Y para huir de la ácida realidad del desaparecer, somos capaces de imaginar y desarrollar en cientos de generaciones, escapatorias como los cielos, paraísos, nirvanas, reencarnaciones…
Pero yo solo utilizo la idea del renacer como una especie de ritual litúrgico para afrontar el día.  Tiene la misma sacralidad que la que pueda tener, ver la agenda o escuchar las noticias por la radio mientras desayuno. 

Okanuh, con esto ¿me dices que no crees en la reencarnación?

—Eres muy pesado, hermano. Vivimos en espacios mentales paralelos y, por lo tanto, sabes perfectamente que yo vivo de contemplar las posibilidades y las imposibilidades. No me interesa creer; me interesa conocer y nuestra naturaleza no nos permite conocer todo. Entonces, intenta imitarme. Vive tranquilo. Contempla impasible tu mente y la de los demás. Aprende. 
Posiblemente, lo más parecido a una reencarnación que llegues a vivir sea el despertar de las mañanas. Y si La Vida quiere (no, dios) reencarnarás toda la semana, posiblemente más allá de una semana. 

¿No tienes miedo de estar equivocado?

—Quién, ¿yo o tú?
Creo que quieres que te responda a una pregunta que en realidad, deberías hacerte y tratar de responderte tú mismo. En cualquier caso te diré que tengo el mismo temor de estar errado que el de estar acertado. 

30/04/2024

Historias de un Pub

H(caps)anna además de simpática, cosa apreciable, era muy decidida y descarada; lo cual ya no resultaba tan agradable.  Hacía unas semanas que la conocía. Era nueva en el barrio y le gustaba pasar el final de la tarde en el pub. 

El pub de pomposo nombre (Grail House, la Casa del Grial) tenía mucho más de taberna porteña que de pub escocés, pero por supuesto no faltaba el rincón de los dardos ni el billar de grandes dimensiones donde se jugaban todas las tardes después de las siete, partidas cortas de Snooker .  Así conocí a Hanna. Ella buscaba desesperadamente un "asshole" (gilipollas) que le enseñara el juego de billar, ya que los dardos los tenía prohibidos desde que le clavó accidentalmente  un hermoso dardo al no menos hermoso trasero de la camarera de noche. 
No había mucho gilipollas para escoger. Los jóvenes eran candidatos imposibles. Ellos estaban por la labor de vociferar en la barra, aprovechando los momentos en que no estaban sorbiendo de la jarra de cerveza y si no era esa ocupación, se negaban con el argumento de que tenían pendientes unas partidas de dardos. 
Otras posibilidades apuntaban a Karen, una mujer de unos 110 kilos de peso que presumía de haber hecho el eructo más largo del siglo: seis segundos y treinta centésimas. Según ella, podía haber sido aún más largo, si no se hubiera distraído por culpa de una ventosidad que se le escapó casi al final del esfuerzo. Sinceramente; era mejor "propulsora de vientos corruptos" que jugadora de snooker.

Así se entretenían lsa gentes del barrio y Hanna consiguió finalmente convencerme para que, jugando, le diera unas lecciones básicas de esa modalidad de billar.
La verdad es que no manejaba mal el taco, pero su control de la bola blanca era un jodido desastre. 
No sé si te puedes imaginar lo que supone explicar la mecánica del juego, los valores de las bolas y lo que se puede y lo que no se puede hacer, a una mente dispersa por defecto de nacimiento y nublada por culpa de las "pilsen" (pilsner para más ortodoxia)

—Voy a mear—me dijo con su elegancia característica—No te escapes que te invito a una pinta. 

No sentamos en la mesa justo al lado de Brian. El tipo es de esa especie más paranormal que normal, que se sienta en su rincón, frente a su mesa, con la pinta (la penúltima) medio llena, un cigarro en la boca, mirando hacia las jarras que cuelgan encima de la barra y sin mover ni un pelo de esa barba de dos palmos. Por regla general, siempre acaba despertando de su letargo, gracias a que se quema los labios con el cigarro o se pega una hostia de cuidado en la frente, golpeándose con la jarra en la mesa. Y es que de natural, ya tiene cierta propensión a dormitar y con los tragos acumulados, más.
 
La conversación con Hanna, fue divertida hasta que apareció su descaro.
—¿Qué le pasó a tu mujer; de qué murió?
No sabía si contestar, pero no quise ser antipático. 
 —Fumaba mucho y pilló un cáncer de pulmón que hizo metástasis. En seis meses la enterramos.
No se inmutó y con toda la naturalidad del mundo empezó a explicarme que ella se chupaba cajetilla y media al día, que estaba divorciada, que tenía un hijo, que vivía de la pensión de su marido y de su trabajo de auxiliar de enfermería. 
No llevábamos media hora conversando, cuando de golpe me dice:
— ¿Y no tienes pareja? ¿Cómo es que vives solo?
No recuerdo que le dije, pero solo sé que no fue suficiente para cortar ese rollo que se estaba desplegando. 
—Así, tengo que imaginar que duermes solo ¿verdad?
—No que va, en mi enorme cama, duermo yo y mis circunstancias— le solté con la esperanza de que se cortara un poco y no fuera tan directa. Fracasé.
—Bien; acabo de decidir que yo soy tu más reciente circunstancia—dijo, como si cantara y poniendo cara de Kim Basinger cruzando las ancas... 

Han pasado veintidós días y no dejo de pensar que la camarera con el dardo en el culo fue muy afortunada comparada conmigo. Ese tiempo también me ha ofrecido la posibilidad de descubrir que a Karen le ha salido una seria competidora, en la cuestión de las «propulsiones». 
Creo que me he metido en un lío. Si salgo vivo de esta, cambiaré la cama por una más pequeña.

Entrada del 22 de junio 2022, trasladada desde mi otro blog.(alert-success)

28/04/2024

La caricia

Eran hijas del mismo padre y habían crecido juntas en aquel soleado rincón del jardín, delimitado por blanquecinos cantos rodados que trajimos del riachuelo de la montaña, y repleto de hermosas vecinas, entre las que competían, a fin de ser el centro de atención de abejas y otros seres volantes. 
La cercana mata de hortensia, presumía de sus tonos de diferentes magentas y a sus pies, entre los tallos, se escondían los gatos jugueteando entre ellos. Joaquín, el niño de la casa, había hecho de las plantas su escondite. Así de grande era aquella mata.
Y transcurría el tiempo de su juventud, cuando constantemente se comunicaban entre ellas, de la única forma que les era posible; lanzando al viento su perfume. En esto, la señora hortensia era menos locuaz, más reservada, pero escuchaba atenta las fragancias que le llegaban.
De ese aromático diálogo disfrutábamos todos. Los bonsáis, que siempre parecían estar meditando, se dejaban acariciar por la brisa del mediodía con la que también podían percibir el dulce olor de las rosas. Los gatos, traviesos, siempre alertas y dispuestos a saltar sobre cualquier pajarillo distraído, encontraban su momento para erizar sus bigotes. Incluso Manolo, el pez de colores del estanque, saltaba de vez en cuando como si quisiera husmear en el viento.

Pero ya eran muchas las veces que el señor Sol, las había despertado de su letargo nocturno y ni las fragancias, ni las energías eran ya las mismas. Los silencios aromáticos cada vez estaban más presentes y la vecina hortensia perdía sus pequeños pétalos magentas que ya empezaban a alfombrar el suelo. 
Quizás fue por eso, por lo que la hermana mayor, una tarde con una encendida puesta de sol,  en un esfuerzo casi final, dejó caer un poco,  uno de sus pétalos buscando el contacto de su hermana. Quiso alargarse, ayudada por el viento, hasta poder ofrecerle una leve caricia. Ambas estaban débiles y empezaban a mostrar marchitez.
 
Dicen las ninfas, las  que saben de las lenguas ocultas, que escucharon un susurro que decía: 
—Hemos tenido una buena vida; el jardinero nos respetó. No conoceremos maceta y volveremos a la tierra.




23/04/2024

Tres espíritus


Todo apuntaba a que eran tres espíritus del bosque. Es lo que pensaban los lugareños; que se había materializado en un grupo de árboles a medio camino de lo alto de la loma. Era un bosque repleto, pero el resto de los árboles no eran mágicos como estos tres. Los lugareños aseguraban que en las tardes ventosas, como era natural, se podían ver el follaje y las ramas de todos los árboles, balanceándose mecidas por fuertes ráfagas que en ocasiones ocasionaban roturas que quedaban esparcidas por el bajo bosque. Pero aseguraban que las ramas y las hojas de estos tres, a pesar de las ráfagas, permanecían en una quietud que hacía estremecer a cualquiera. Sin embargo, Kimura, para sus adentros, pensaba —mis vecinos beben demasiado shake—

Preguntaron al monje, cómo era posible, aquella magia. El monje se despojó teatralmente de su capa raída y sucia y se abrazó a uno de los árboles y permaneció con su oído derecho pegado a la corteza. Pasaron más de diez largos minutos hasta que el viejo se movió. La intriga de los que le acompañaban se transformó en frustración cuando, vistiéndose de nuevo aquella capa raída y sucia y rascándose la oreja, simplemente dijo:
No pasa nada; los muertos nunca mueven ni una pestaña. 

La expresión de asombro entre los presentes, recordaba a las de los actores del teatro Kabuki y se incrementó aún más, cuando aquel viejo chamán les propuso una explicación extendida, después de la puesta del sol, en la choza principal de la aldea. Había una condición: Que organizaran una buena cena en la que no debía faltar su shake favorito. 

Kimura era el único soltero del pequeño poblado. Un joven despierto e inteligente que desconfiaba del monje, del cual, tenía el total convencimiento de que era un sinvergüenza que trataba de vivir a costa de los crédulos. Nunca había conseguido una curación destacable y sus rogatorias para la lluvia, jamás ofrecían un resultado satisfactorio. Eso sí; cada mañana, en la puerta de su choza, no faltaba el cesto donde se esperaba que aquellas buenas gentes depositaran presentes, limosnas y viandas apetecibles. 

Cuando Kimura se presentó en la reunión, sudoroso y con el hacha en la mano, todos volvieron a mostrar aquellas caras de asombro como máscaras de teatro

—Tenías razón, monje. Los muertos no mueven ni las pestañas. Por eso, ya que estaban muertos, los he cortado. Ya no hay magia. No he visto espíritu alguno ni nada que se parezca y en cambio, he visto un buen montón de leña para calentar las chozas de los ancianos. Hoy no habrá shake en tu barriga. Quizás mañana, si nos ayudas a recoger la leña.—
Nika, la única soltera de la aldea, a pesar de su timidez, no pudo reprimir unas risitas nerviosas.

El monje, muy inquieto y con rostro desencajado, tratando inútilmente de convencer a alguien, solo atinó a decir:
Pero las hojas no se movían con el viento...
—Ahora tampoco, aunque te aseguro que se movieron con los golpes del hacha—replicó Kimura.


Pequeño relato rescatado y trasladado desde mi otro blog.

21/04/2024

Kiyoshi

Esta es una entrada «trasladada». La publiqué originalmente el 11 de julio, 21 en Wordpress y posteriormente en mi blog Noxeus. Creo que algunas, como esta, están mejor aquí.
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Llevaba unos días dándole vueltas a la cabeza. Y es que Kiyoshi ya transitaba por la tercera de sus edades. El médico le había dicho textualmente —No mires hacia atrás, céntrate en todo aquello que tienes por delante. Céntrate en el camino que estás recorriendo aquí y ahora.

Kiyoshi, siempre se había recreado en su mundo mental. Le gustaba, a sus 78 años, sumergirse en sus recuerdos. A su modo revivía las historias de su vida, sus amores de juventud, la infancia de sus hijos y otros episodios pasados con los que construía sus paisajes mentales fruto de una mezcla de verdades, imaginaciones y deseos que al fin y al cabo es lo que suele hacer la memoria. Pero le hacían feliz.
Ahora, el psicólogo le había aconsejado que se centrara en su momento presente y que no mirara hacia atrás. A él le sonaba a la cantinela zen del aquí y ahora. Según su terapeuta, eso le ayudaría a fijar mejor los eventos de presente en su mente, que ya comenzaba a mostrar signos de una incipiente demencia; nada alarmante (o sí), simplemente propia de la edad (o no).

Kiyoshi, quizás por eso, decidió que debía visitar a su hermana Hiriko y pasar con ella el invierno que se acercaba. Al fin y al cabo, ella también vivía sola y en repetidas ocasiones le había pedido, casi suplicando que por los menos pasaran juntos, las estaciones más duras.


La autopista E17 le llevaría desde Numata hasta Sakado; un pueblo ahora ya absorbido por la metrópolis de Tokio.
El tráfico es intenso en esa autopista, especialmente a las primeras horas de las jornadas y Kiyoshi conduce una furgoneta corta, muy típica de los automóviles populares japoneses. Apenas tienen morro en su parte delantera y por detrás acaban con un portón totalmente vertical.
Todo fue muy rápido. Aquella moto ocupaba el carril e iba demasiado lenta.  Había que adelantarla y eso hizo. Un golpe seco desde detrás lo devolvió al carril y se llevó la moto por delante. Salió rebotado hacia los carriles de la derecha y esta vez el golpe fue definitivo. No excesivamente fuerte, pero suficiente como para que el anciano quedase mal parado.
Al parecer no entendió bien las indicaciones de su médico. En su mente, más afectada de lo que pensábamos, no mirar hacia atrás, incluía haber anulado los retrovisores de su vehículo.
No pasó el invierno con Hiriko; pasó el resto de su vida. No fue mucha. Murieron ambos tres años después. Kiyoshi se durmió en su silla de ruedas un viernes por la tarde. Hiriko le siguió solo 21 días después. Tuvo tiempo de explicar a su única hija, que esos años habían sido los más felices de su vejez.